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Capítulo XII Siempre hay un corazón que rescatar

Siempre hay un corazón que rescatar








Me agarraba fuertemente la mano y sólo la soltaba al contar hasta tres, y corríamos sin una meta clara riendo a carcajadas cuando me alcanzaba y me hacía cosquillas con su barbilla al apretarme firme contra él. Entonces nos sentábamos exhaustos en el primer banco vacío que veíamos del parque, sacábamos las pipas y comíamos en silencio mientras observábamos a la gente pasar. Me encantaba cuando me guiñaba un ojo y seguía destripando con sus dientes la salada cáscara. De vez en cuando nos acompañaba mi hermana y entonces el silencio se convertía en cháchara con alguna historia mágica de las que ella se inventaba para sorprender a mi abuelo. Pero casi siempre íbamos solos. A esas horas de la tarde el lugar era un trajín continuo de pasos rápidos, madres con niños llorones y estudiantes adolescentes y escandalosos. Nosotros sólo mirábamos ese ir y venir de la vida sin más pretensión que la de pasar el rato justo antes de la cena. Cuando terminábamos nues…

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