Érase que se era

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Érase que se era una muchacha que en un tiempo pasado fue tierna e insegura, ingenua e inocente, con hambre de descubrimiento y ganas de saber. Esa muchacha menuda y graciosa se convirtió, por arte de la experiencia, en una mujer segura de sí misma, fuerte pero con un leve aire de dulce debilidad, tolerante, aprendiendo a evitar cualquier prejuicio superfluo sobre desconocidos o hechos ajenos, pero dura e insensible a situaciones que requieren ternura y comprensión, siempre rodeada de la contrariedad más absoluta respecto a temas que tocaban a fondo su personalidad. El hecho de pertenecer al grupo de personas que practican, a veces muy a su pesar, la contradicción, la catalogó como exigente e insatisfecha en todos, o casi todos, los ámbitos de su vida. ¿Cómo sacar provecho de una situación semejante?.

Aquí empieza la verdadera historia de María y de su ser.


Una mañana cálida de primavera, tras la ducha diaria que la reconciliaba con el mundo y con ella misma, se miraba en el espejo y observaba sus grandes ojos color coca-cola, que la miraban con una curiosidad poco habitual hasta el momento. Recorría con esos ojos cada parte de su cuerpo. Era una mujer corriente, embutida en un cuerpo pequeño pero atractivo y bien formado. Ya alguna arruga asomaba por el contorno de sus ojos, alguna traviesa cana delataba su edad madura. La celulitis habitaba tranquila sobre sus muslos pero sin desarmonizar el conjunto y alguna estría aparecía tímida sobre sus senos. En general, el mirarse en el espejo y examinar su cuerpo era un acto para empezar a aprobarse, como persona y para aceptarse, porque lo que habitaba en su cabeza en esos momentos era un flujo de sensaciones poco habituales que la llamaban a hacer locuras más razonables que todas las que había hecho hasta entonces. Pero no por ser más razonables eran más seguras y prometían más estabilidad a su vida, aunque estaba convencida de lo que iba a hacer. De ahí el hecho de reconocerse, aceptar su cuerpo como nunca antes, para poder dar el paso y comprender que su mente, que tantas veces la había traicionado, ahora se rebelaba como su mejor aliada y la trasladaba a un inmenso paraje donde el escenario era compartido con bellas flores de infinitos colores, un sol radiante que acariciaba su cara y ponía en paz su alma, y un verde intenso que le daba esperanza. María había decidido quererse aunque para ello tuviese que renunciar a muchas cosas.


Tras ese ritual placentero del baño y la aceptación de su cuerpo, se dirigió a la cocina donde el café comenzó a filtrarse por todos los poros y la transportó a una gloria muy terrenal pero satisfactoria. El olor del pan tostándose lentamente y empezando a crujir también la reponía y la animaba. El desayuno era uno de los mejores momentos de su día pero muy pocas veces podía disfrutar de él con tiempo y en soledad, aunque desde ese instante tenía muy claro que formaría parte de su nueva vida y nada ni nadie podría ya reprocharle ese momento egoísta pero tan íntimo que le pertenecía a ella sola.


Estaba excitada y ansiosa, pero muy feliz, en el momento que cogió el teléfono y marcó el número de su trabajo al son de los pálpitos de su corazón. Cuando le comunicó a su jefe que no iba a ir a trabajar ni ése ni ningún día más, aunque la voz le temblaba y la mano que sujetaba el auricular estaba helada y casi muerta por el estrés que le provocaba el eco de sus palabras, el placer que arropaba todo su ser era similar al de un orgasmo, y cuando colgó y vio la realidad del momento respiró aliviada y satisfecha.


En ese momento, cafetera caliente presente como personaje principal en el escenario casi vacío, el documento word que aparecía en blanco en su nuevo portátil, comenzó a llenarse de palabras, de hechos, de sentimientos, de sensaciones que daban pie a sus contradicciones más auténticas y las fusionaba. Sus manos tecleaban como locomotora furiosa con la energía del que nunca se desgasta. Su cabeza se sintió libre de deudas y se explayó como nunca.


Escribir se convirtió en la mejor de las terapias para dejar salir y entrar todos los ángeles y demonios que la habitaban y que la alimentaban y que también la querían.

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