LO QUE DURA UN INSTANTE



Totalmente desnuda se recostó de costado tocándole dulcemente la mejilla y compartiendo su aliento. Los ojos grandes y negros que la miraban, enfermos y nostálgicos, escupían lágrimas de agradecimiento pero su boca sellada por los recuerdos, callaba. Ella deslizó su mano rozando lentamente el brazo, la mano aún caliente, las costillas, las nalgas, el sexo, ahora débil y escondido. Volvió a subir por la barriga firme, los pechos, el torso limpio y terso de hombre que hacía mucho la amó, el cuello, la nuez, los labios, ya secos y paralizados  y acarició su pelo castaño sin dejar de mirarlo. Susurró convencida un te quiero sonoro para habitar y compartir el silencio de la alcoba, pero no obtuvo respuesta ya. La vida de él, caprichosa y serena sobrevivió el momento resistiendo lo que dura un instante.

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