29 mayo 2013

DE ESPALDAS AL MAR (V) Borrador

¿Leíste el capítulo I? Pues aquí tienes otro bocado...En septiembre de 2020, su publicación.

V Pepe “El Romano”






Una ligera brisa entra por el estrecho balcón ayudando a relajar los sentidos ya medio adormecidos por la sobremesa. Oriol ha cocinado hoy una paella de marisco con bastante acierto y hemos tomado casi una botella entera de un Rueda fresco y dulce. El café nos espabila sólo el tiempo justo para que acomodemos a la Sra. Paquita en su mecedora. En televisión la película Los Tarantos la transporta a otros instantes y sabemos que su memoria discurre lúcida por calles cercanas y domingos hermanos a éste que podemos imaginar a través de sus ojos vidriosos y la sonrisa nostálgica que permanece en su cara. Oriol fuma tranquilo acompañando con su vista la pantalla pero con su mente en otros mundos íntimos, secretos para mí. Yo apoyo la cabeza en sus piernas, medio estirada  en el viejo sofá testigo excepcional de tantos hechos y me dejo llevar por las conversaciones y el murmullo de las olas en la película, con los ojos cerrados, abandonándome a lo irreal entre palmas y bulerías mientras el sonido del  “zapateao” de Carmen Amaya me hipnotiza y me embarca en un sueño espeso  con escenarios comunes en un tiempo siempre vivo.

Hace un viento descomunal y las hojas secas que anuncian el otoño revolotean en círculo por toda la avenida que a esas horas ya vive de las  sombras de un sol que duerme entre montañas. Pepe “el romano” apaga su cigarro a la vez que comienza a sacar brillo con brío y energía a los zapatos limpios de ese gordo bigotudo. Sabe que la chica morena y alta no tardará en aparecer por  el café junto a su novio, también alto y moreno y con porte de señorito educado. Cada vez le da más vergüenza que le vea limpiar zapatos ajenos y quiere terminar rápido y desembarazarse de ese gordo para adoptar su postura interesante de transeúnte casual. Desde su llegada a Barcelona junto a sus padres y hermanos ha hecho todo tipo de trabajos para no pasar hambre, aprendiz de soldador en un taller, ayudante de electricista, hasta matarife en un matadero, pero de todos esos trabajos ha sido despedido. Pepe que tiene sus propias normas, más leyes que un romano, de ahí su apodo, no soporta que le den órdenes si éstas son evidentemente absurdas y sólo impera en ellas el porqué yo lo digo. Luchador incansable contra las injusticias que le ha tocado vivir, protector de los débiles entre los débiles, su carácter revolucionario e inconformista le ha aportado todo tipo de inconvenientes, más de un altercado con la autoridad y cero satisfacciones. Pepe es un joven de gran corazón que se esfuerza por huir de la incultura que le rodea y por controlar su impulsividad y la agresividad con la que defiende sus ideas. Es un comunicador nato, encantador de serpientes, pero le pierde su pronto, su excesiva energía a la hora de exponer sus razones. Su sueño es ser abogado para proteger a los de su clase e impedir los abusos a los que son sometidos.

La morena aparece caminando segura, con su moño bien alto y su sonrisa entre guasona y estirada, del brazo de ese señorito que sí es abogado recién licenciado y se llama Lluís Salvat. Es el hijo del reconocido abogado que lleva todos los temas legales de los negocios del Sr. Vives, padre de esa morenaza que le acompaña y del que heredará bienes en cuanto se case con ella, la risueña Paquita. Lo que no sabe Lluís es que los ojos de Paquita y Pepe “el romano”, brillan con la misma intensidad cuando se miran al cruzarse.



Pepe ha llegado exhausto, arrastrando el enorme saco de carbón y las garrafas de agua tirando del pequeño carro como si de un mulo se tratase. Cuando lleguen  sus padres del trabajo y sus hermanos pequeños del colegio habrá encendido ya la lumbre para que la casa se mantenga caliente durante toda la noche. Mientras ellos duermen él irá a encomendarse a la luna y a darle las gracias mientras el rumor del mar le reconforta y le ayuda a imaginar que su suerte ha cambiado. En la playa de Somorrostro se pasa frío y se come poco pero las ilusiones se resguardan y alimentan al amparo de la arena brillante bañada en sal en armonía con el universo. Paquita le quiere, su anillo de recién casada en el bolsillo del caro abrigo, y han sellado su amor bajo la mirada de un cielo estrellado y cómplice de la libertad con que se aman. Adora a esa mujer, tres años mayor que él pero inquieta e infantil, creativa, culta, descarada e indomable para  la sociedad. Es bella y cariñosa a veces y caprichosa y pasional casi siempre y Pepe sabe que junto a ella no hay hambre ni dureza capaz de arrebatarle la felicidad.


El llanto de mal agüero, quejido continuo y agudo de un perro abandonado me despierta de ese sueño intenso y me hace estremecer. Ha oscurecido completamente y me encuentro sola en el comedor de la Sra. Paquita. Estoy inmóvil, apenas puedo ni quiero desperezarme y entre perpleja y perdida entro de nuevo en duermevela escuchando lejano el bajo de Oriol fiel acompañante del silencio roto.


El piso de la Barceloneta que les prestan para amarse todavía permanece en penumbra, las cortinas totalmente echadas absorbiendo el olor a mar que traen los pescadores y se cuela por cualquier resquicio abierto. La habitación es pequeña pero está limpia y es acogedora, su pequeño barco donde reman sin tiempo ni destino conocido. Siempre es mucho mejor que un encuentro improvisado en último momento en la barraca de Pepe o con el oleaje enfurecido bañando ya sus pies en cualquier rincón de la playa. Pepe descansa fumando pensativo mientras Paquita apoya su cabeza en su robusto brazo. Ella tararea contenta una canción moderna a la vez que besuquea la cara morena de Pepe “el romano” pero se sobresalta al ver la hora en su reloj de plata. Tiene que irse corriendo para recoger a Eulàlia que ya debe haber terminado su clase de piano. Mientras se viste apresurada abrochando su larga y ajustada falda gris la puerta de la estancia se abre bruscamente y tres hombres como moles irrumpen entre gritos e insultos. Uno de ellos acorrala a Paquita contra la pared y cuando se asegura que los otros dos tienen bien agarrado a Pepe comienza a abofetearla y darle patadas por todo su delgado cuerpo mientras cae ya casi inconsciente, intentando protegerse con sus manos como pantalla, con un lamento mudo mientras de su piel brotan moratones y la sangre resbala por su nariz. El romano corre peor suerte. Cuando Paquita es arrastrada contra su voluntad para llevársela de allí, roza con su mano temblorosa la cara de Pepe, que permanece inerte, pintada con la sangre encharcada su silueta, en el suelo frío y testigo de la desvergüenza.

Escondido en una esquina de la angosta calle llora desconsolado Lluís Salvat que observa cómo su mujer desfigurada es introducida en el coche que arranca a toda prisa rumbo a una vida que todos entienden como decente. Ni siquiera ha sido valiente para ensuciarse las manos contra el hombre que hace feliz a la mujer que ama.


La historia sabe que el matrimonio Salvat, para evitar el escándalo, se marchó a vivir durante muchos años a la casa que los padres de Paquita tenían en Manresa y donde permanecieron junto a su hija Eulàlia hasta las muerte de Lluís por una infección respiratoria. Con su hija  adolescente Paquita volvió a Barcelona y ambas se acomodaron en el ático de la calle Fusina,  uno de los numerosos  pisos propiedad de la familia Vives. Tras su regreso, Paquita no paró hasta conseguir información de Pepe. Atando cabos y tras muchas preguntas a algunos conocidos de la época averiguó que éste sobrevivió y que vivía con su mujer y sus hijos en un minúsculo piso en el barrio del Polvorín regentando un modesto bar en las faldas de Montjuïc.



Una mañana que tuvo el valor suficiente se dejó caer por el barrio, su corazón latiendo a mil por hora, sus manos temblorosas. Merodeó por los alrededores, paseó, pasó su tiempo pensativa en los bancos del abandonado parque, cercano al bar esperando paciente con el frío vomitando en su nuca a que Pepe cerrara  su negocio, la madrugada ya dueña de las almas nocturnas. Vio cómo bajaba la  persiana ruidosa y se despedía de los últimos clientes con el alcohol bombeando triste sus corazones solitarios, víctimas de la realidad. Observó cómo subía la empinada cuesta que le llevaba hasta su casa con la evidente cojera que le acompañaba desde  aquella paliza brutal de hacía ya tantos años. Quiso gritar su nombre, correr tras él, abrazarle, decirle lo mucho que lo quería y lo echaba de menos pero algo ajeno a ella la paralizaba, inmovilizadas sus piernas por el peso de unas plomizas cadenas  invisibles que la condenaban a no seguir con esa historia. Aquella fue la última vez que vio a Pepe “el romano”, su figura esbelta, intuyendo su tez morena bañada por la oscuridad de la calle apenas iluminada por raquíticas farolas. Adivinó su gesto serio, herido por la crudeza de la vida, pero sin perder magnetismo. Recordó sus profundos ojos negros cuando la miraban con el brillo del deseo y lloró como aquella mujer que se volvió loca de amor una vez, hace ya, mientras los ojos del taxista la buscaban por el retrovisor con la curiosidad del testigo inadvertido.


He escuchado mi nombre, Magalí, y he notado las caricias en mi pelo. Llevo casi seis horas durmiendo y me levanto sudando, con la boca pastosa y la sensación de haber vivido en mis carnes la historia de Pepe “el romano” y de Paquita. Estoy muy nerviosa y le digo Oriol que no pasaré la noche con él. Antes de marcharme, entro en la habitación donde ella duerme. Analizo su cara, sus arrugas, sus rasgos que aún conserva hermosos y escucho la respiración de la que fue asesina de  convencionalismos y que ahora, y desde hace mucho, descansa ignorante y de repente siento cuánto comprendo a esa mujer. Ya en casa, todavía desconcertada, me cambio y preparo un termo ardiendo de té. La noche será larga sin sueño pero me conciencio porque ya no evito ni me asusta la probable compañía de Yolanda Ivanova. Mina ronronea contenta de tenerme cerca aunque yo me comporto con indiferencia, sin prestarle demasiada atención pues lo único que me importa en ese momento es no perder las ideas que brotan de mi cabeza con desazón y recordando las imágenes soñadas no puedo dejar de escribir en ese word que ya no es huérfano pero sí caprichoso.

24 abril 2013

DE ESPALDAS AL MAR. Borrador capítulo I


RENACIMIENTO


El té está demasiado caliente todavía, humea y consigue empañarme los cristales de las gafas, que retiro con mis manos mientras froto mis ojos cansados ya y somnolientos. Son cerca de las dos de la madrugada y la blancura del documento word que tengo delante molesta tanto como mi dolor de cuello. La ligera cortina se mueve al ritmo que marca la constante brisa que entra por el balcón al que viste, en armonía con el ruido de los coches que todavía pasean por la calle y algún que otro grupo de jóvenes escandalosos. Me paro en seco, al notar una corriente de aire muy frío que ha bañado, a su paso, mi espalda casi desnuda y que me hace estremecer agitando mi corazón por unos segundos interminables. No quiero girarme, me entra el pánico, pero lo supero y poniéndome de nueva las gafas en su sitio volteo mi silla y casi sin pensarlo me veo observando mi cama. A los pies de la misma, sentada, Yolanda Ivanova, me sonríe observándome simpática tras sus gafas de pasta negra. Cierro los ojos apretándolos con fuerza y vuelvo a abrirlos para descubrir que en el lugar donde Yolanda Ivanova estaba sentada, ahora se encuentra mi gata Mina que justo se despereza levantándose lentamente y arqueando su espalda tanto que casi podría rozar el alto techo. No quiero pensar mal, no quiero sentir miedo, sólo estoy algo cansada. Las palabras no salen fluidas de mi mente y mi word permanece vacío. Eso es lo que me pasa, estoy estresada, no ha sido un buen día y decido meterme en la cama, sin recoger mi mesa de trabajo ni tomarme el té. Duermo con la luz de la mesita de noche encendida y con un ojo abierto observando a cada momento los escasos movimientos de Mina, que descansa tranquila. Pero duermo.

Las obras del mercado me despiertan mucho antes que la luz transversal que entra por el balcón abierto y las ventanas. Todo está en su sitio, menos mi gata. Son cerca de las ocho de la mañana, tengo sueño pero un hambre feroz, así que me levanto directa a la cocina, haciendo parada en mi portátil. Mi facebook con un millón de comentarios y avisos. Mi blog sin nuevos visitantes. Recojo la taza de té y enciendo la cafetera mientras llamo a Mina. Es un martes más de una semana que seguramente no será rutinaria aunque sí espero que mucho más productiva que las últimas.

María asoma por la ventana del patio de luces, dónde tenemos los tendederos para la ropa y que nos sirve de punto de encuentro por las mañanas para saludarnos y cotillear. Me llama gritando mi nombre, Magaliiiiiii, con su acento brasileño, y me propone desayunar con ella y la Sra. Paquita, a lo que me niego pues eso significa también comer, merendar y depende de cómo hasta cenar y entonces mi novela se muere de asco esperando que mis dedos consigan imprimir alguna palabra que le dé algo de vida. María Creuza es una brasileña alta y morena, bastante culona que cuida de la Sra. Paquita desde hace más de diez años. Es bastante guapa y risueña y se vanagloria de llamarse igual que la cantante. Tiene una hija, Melina, de dieciséis años que vive con ella y con su hermana Manuella y otro hijo de diecinueve años, Joao,  que vive con su padre en Río y al que no ve desde que emigró a Barcelona. A Melina tampoco la ve muy a menudo. La chiquilla está teniendo una edad del pavo desastrosa, está arisca y normalmente los domingos y lunes, que es cuando libra María de casa de la Sra. Paquita, Melina está desaparecida, aunque en momentos en los que los bajones adolescentes se apoderan de ella, visita a su madre y alegra las tardes y alguna noche, también a la Sra. Paquita, que aprovecha para contarle el momento en que bailó con Antonio Machín en una fiesta de la época, siendo apenas una adolescente y todas las batallas de juventud que ahora recuerda como si fuera ayer.

María me cuenta que el domingo por la tarde estuvo en el Samba Brasil y que estaba "petao" de brasileños, aunque Emilio no pasó a saludarla, pero se ríe burlona, recordando que a pesar de eso, público no le faltó, y no me extraña. María, me meto dentro que tengo que hacer, le digo después de más de diez minutos de cháchara. No le cuento todavía lo de Yolanda Ivanova, porque entonces no desayuno hasta las doce y porque además, no quiero darle importancia a lo que pasó anoche.


Mi blog personal está caduco desde que me puse a escribir mi novela. Bueno, desde que me puse a escribir mi novela, que es mía y no de nadie más ahora que sólo la leo yo mientras la escribo y desde que me quedé en paro y decidí darle un cambio radical a mi vida. Hacía nueve meses de mi separación cuando me quedé sin trabajo. Seguía compartiendo el piso con mi ex hasta poder poner en orden muchos temas económicos que nos ataban. Por suerte, yo trabajaba en una multinacional que me indemnizó muy por encima de lo que me hubiese correspondido y eso me permitió tomar decisiones que en otra situación me hubieran resultado imposibles. Me trasladé a este ático de la calle Fusina de Barcelona, que por motivos que más tarde relataré, se alquilaba a un precio muy por debajo de lo que se acostumbra en la zona. Desde mi balcón puedo ver el mercado del Born y disfrutar de un barrio lleno de vida a escasos minutos de la playa. La idea es escribir de una vez por todas mi primera novela. No me gustan los plazos, pero me he marcado tenerla lista antes de un año, y ya llevo casi diez meses empapándome de vida en este ático y la novela se pierde entre la marea de mis emociones. Sea como sea, es mi año sabático antes de volver al mundo laboral, aunque no lo he abandonado del todo pues desde hace casi dos meses colaboro con mi nuevo amigo, Ricard en la elaboración de entrevistas a cantantes, actores, escultores, escritores y cualquier artista emergente de los muchos que siempre afloran por la ciudad y alrededores para diversas revistas digitales y blogs. Me lo paso realmente pipa. Aunque Ricard a través de su empresa "Ric- Art"  me da trabajo a cuenta gotas, estoy motivada y dispuesta a hacerlo realmente bien y poner todo mi arte en el trabajo. La verdad es que este chico es un encanto. Lo he conocido a través de Oriol, uno de los nietos de la Sra. Paquita. Está enamorado como un bobo de una monada de fotógrafa, aunque yo no le veo la gracia, que se hace llamar Francesca, que le da una de cal y otra de arena y desde que nos conocemos me cuenta cómo la bonita fotógrafa le da esperanzas para seguir, porque su meta es llegar a enamorarla, a pesar de que es consciente que la mayoría de las veces  Francesca lo trata como a un perro. Yo a este chico le quiero con locura, porque es dulce y extremadamente inteligente y creativo. Intercambiamos nuestros relatos y nos los criticamos y elogiamos unas veces entre cafés, otras entre entretenidas cenas con buen vino y como jefe es un tío comprensivo y muy abierto.
Mi blog personal está caduco pero lo reviso cada día. El último relato que escribí para él ha tenido muy pocos visitantes pero esta tarde me ha sorprendido leer un comentario de un usuario desconocido y me he reído con ganas porque ha clavado, tal cual yo lo sentí  al crearlo, al personaje masculino. 
Pero me he cansado de leer y de pensar y la noche se está apoderando por momentos del día y me noto muy inquieta. Me voy a ver a María y a la Sra. Paquita que acaban de cenar para charlar un rato con ellas y jugar a la brisca como hacemos normalmente por las tardes y así olvidarme e intentar ignorar que lo que me lleva a visitar a estas horas a mis vecinas es el miedo a girarme de repente y poder encontrarme otra vez, sin pedirlo, con Yolanda Ivanova.

¿Qué hace que un bonito ático en pleno y cotizado barrio del Born se alquile por casi menos de la mitad de lo que pagan el resto de vecinos?
Mi piso tiene cerca de setenta y cinco metros cuadrados sin contar el pequeño balcón. Sus antiguos dueños, Jairo Daniel Pekarovich, un adinerado judío argentino de cuarenta y cinco años y Yolanda Ivanova, una ucraniana de veintisiete, que sabía cuatro idiomas, tiraron todas sus paredes y lo convirtieron en un loft espacioso y luminoso. El suelo de toda la instancia, de un parqué oscuro. Los techos altos, de un blanco radiante. Una decoración minimalista y fresca, con toques sofisticados. Una cocina americana totalmente equipada. Cuando abres la puerta, te encuentras frente al balcón. A mano derecha, la habitación de matrimonio, a mano izquierda la cuidada cocina y unos pasos por detrás y en paralelo el cuarto de baño con bañera de hidromasaje antes de que yo entrara a vivir. El baño, es la única estancia del ático con paredes para preservar un poco la intimidad.


Mi amiga Ana, de la inmobiliaria, me convenció para que fuera a visitarlo. El barrio me encantaba y si estaba decidida a ser valiente en mi nueva vida no veía el porqué no podía vivir en ese ático. Me enamoré al instante del lugar. Lo único que pedí a Ana era poder alquilarlo vacío, sin ningún mueble y que cambiaran la bañera por una ducha. Ana vaciló ante esta petición ya que suponía una pequeña reforma pero después de más de dos años intentando sin éxito alquilarlo aceptó sin demora. He convertido este ático en una guarida imprescindible para mí. Casi todos los trastos que he aportado son de mi piso anterior y de segunda mano. Le he dado un aire moderno pero a la vez bohemio, mezclando todo tipo de estilos pero con gusto. Todos los amigos que me visitan quedan admirados, dicen que mi personalidad está impresa en cada rincón. Hasta Mina ha dejado de ser una gata estirada y compleja porque ha encontrado un lugar confortable y a una dueña mucho más segura que hace unos meses. Enfrente del gigante y viejo portón y separados por un chirrioso ascensor está el ático de la Sra. Paquita y mi querida María. Nos hemos adoptado mutuamente. Es increíble el feeling que puedes llegar a tener con personas desconocidas y completamente diferentes a ti. A la Sra. Paquita le perdono que de vez en cuando me ponga el "Devórame otra vez" a toda leche y a María, el ser tan bruja, me conoce mejor que mi madre.



03 marzo 2013

FUERA DE TEMPORADA



MI AMANTE VULGAR


Le enseñé la fotografía de mi móvil, la observó durante varios segundos sin decirme nada y me devolvió el teléfono con una sonrisa. ¿Qué opinas?, le pregunté. A ver, déjame ver de nuevo, me dijo, y volvió a observar en silencio, analizando, vete a saber qué. Me miraba fijamente sin hablar, mientras me devolvía de nuevo el móvil. Es vulgar, dijo con autoridad. Vulgar, menuda perra, pensé. ¿A qué te refieres?, le pregunté. No me lo tomes a mal, no es vulgar en el mal sentido, yo también lo soy, simplemente es demasiado corriente, le falta el plus. El plus, repetí sorprendido, segundos antes que lo dijera de nuevo ella, que tras permanecer en silencio, comentó: una mirada, una bonita sonrisa algo que la haga diferente de una mujer corriente. Tiene buenas piernas, le insistí. No lo dudo, comentó ella. ¿Qué te ha dado?, ¿por qué te has fijado en una mujer así?. Cariño, me apresuré a decir, me ha dado cariño. Entonces me callo, contestó, si te ha dado cariño es importante, todos necesitamos cariño.

Bebió el último trago de su cerveza ya caliente y decidimos marcharnos de aquel bar. No quiso darme un beso mientras caminábamos en busca del coche. Nada de besos esta noche, me soltó muy seria, no quiero ser como una mujer enamorada, el miércoles tendremos todo el tiempo del mundo para besarnos.

La dejé en casa y conduje con un importante calentón de huevos hasta la mía.

Me dijo que mi ex, con la que aún por desgracia vivía, era una Barbie y mi nueva amante vulgar. Pero cuanto más hablaba, más la deseaba.

Tenía su gabinete psicológico abierto veinticuatro horas para mí, sin embargo había cerrado por derribo su corazón, y por defecto, su coño, de momento.

La primera vez que hicimos el amor, hacía veinte años, mezclamos los sudores de nuestro esfuerzo y la arena de la playa en la bañera del minúsculo cuarto de baño de mi hermana, con la que compartía temporalmente piso. Pensaba que era demasiado joven para ser tan guarra y mi polla se ponía dura con sólo recordarla, mojada y juguetona.

Habían pasado veinte años y me devolvía hacia mi casa caliente, mojado y con ganas de volverla a ver para estrujarla, manosearla y por qué no, también para amarla.





LA NOCHE DEL COLACAO

Hace un frío terrible y nos hemos mojado hasta la trancas, te dejo subir a casa sólo con una condición. Todas las condiciones que quieras, le dije. No vayas de listo, corazón, me dijo acelerada, nos secamos, nos ponemos cómodos en el sofá y nos tomamos un colacao bien caliente para entrar en calor y después, si quieres quedarte, puedes, pero a dormir. Acepté pensando que era un juego y quería jugar y ganar. El premio era ella. La miraba extasiado en el estrecho ascensor, a la vez que olía la dulzura de su pelo húmedo y el ron en su boca. El rímel corrido, le daba un aspecto oscuro pero tierno a la vez, corrido entre sus ojos, mientras mis huevos y mi polla hacían un esfuerzo por no imaginar cómo sería correrse entre sus pechos.

Me tiró juguetona una toalla enorme para que me secara, mientras ella hacía lo propio y camuflaba su cuerpo en un corto batín azul oscuro. Se lavaba los dientes descalza frente al espejo, mientras yo, apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, veía como su culito se movía al ritmo brusco que marcaba su brazo y el cepillo, y no podía moverme. En el armario encontrarás algo de ropa de mi ex, ponte cómodo, dijo, voy a calentar la leche. ¿Más? Mi sangre hierve rodeando mi polla con sus venas y tú ¿quieres calentar la leche? Pensaba que estaba de broma pero iba muy en serio y yo no podía ni hablar, sólo observaba y obedecía. Un pantalón de chandal gris y una camiseta blanca de manga corta. Todo me quedaba perfecto. Las cucharas, los vasos, el colacao, la leche, la nevera, el microondas, todo un juego de movimientos coordinados, miradas esquivas, sonrisas....Quiero follarte. ¿Cómo? Me preguntó ella guasona. Que quiero follarte, le dije mientras la acercaba a mí levántandola por las axilas. Pues yo quiero dormir, beberme esta enorme taza de colacao y dormir como un bebé. Estoy agotada. La besé. Me has tenido dos semanas castigado sin darme opción a vernos ni para tomar una triste cerveza y charlar y me muero por sentirme atrapado entre tus piernas, le dije. La leche se está enfriando, me respondió y se apartó de la celda que había construído con mis brazos. Bébete la leche, me ordenó y dio un trago largo e intenso a su vaso. Me cago en el colacao, en la lluvia, en el batín que sólo cubre hasta su trasero. Quiero comerme sus pies descalzos y lamer sus uñas pintadas de granate. Beberme la mezcla de menta, ron y chocolate que aspiro de su boca. Quiero ponerla boca abajo y moder su culito y hacer que con mis dedos sienta el frío del placer inminente. Quiero comerme su coño, bañado en mi saliva, cubrirlo con mi semen cuando ella me grite que ya no puede más. Tu colacao está frío, me repite amorosa y nos mantenemos callados, sentados frente a frente. Es verdad que la taza ya no humea y ella se cruza de brazos, esperando no sé que. Al final me coge de la mano y me levanta. Rozamos su taza vacía con nuestros movimientos bruscos, y la hacemos chocar con la mía, completamente a rebosar de leche. La cama está fría pero poco a poco entramos en calor. Nos besamos suavemente y me pongo tan contento como un niño con un chupa chups gigante. Pero me dice buenas noches y se gira dándome totalmente la espalda, aunque me obliga a abrazarla por la cintura. Se acomoda bien. Su culo se refriega a gusto con mi polla que está tan dura como una roca de jacaranda, y suspira feliz. Esta noche nada de sexo, me dice y a los pocos segundos ronca como el ogro más feo de una pesadilla infantil. Me quedo frío, como un témpano, como el vaso de colacao que inerte sobrevive en el filo de la mesa de la cocina. Mi tranca se desinfla tras perder la batalla.



Mi ex es una barbie, mi amante, vulgar, y tú eres una auténtica zorra, perla del desierto, pienso mientras me abandono al sueño que planea, aún cachondo, entre el calor de nuestros cuerpos.



OTRA DE MEJILLONES

Ha llegado el buen tiempo y parece ser que la princesita ya se siente más cómoda en su piel de lagarta.

Acaba de volver de Formentera con su amiga. Ha vuelto morenita, está guapa la tía. Los ojos más verdes y su melena oscura, más clara por el sol. Me explica que han hecho buenas migas con los dueños de la Fonda Pepe y que las dos últimas noches ha dormido con un alemán, guapo, guapo y matiza y resalta, “he dormido”. Conmigo, sólo duerme en su cama. Nos hemos pateado todos los hoteles de menos de cincuenta euros la noche de Barcelona y alrededores para follar pero para dormir, siempre su cama. Con el alemán, el tío guapo, también ha dormido, eso parece o eso dice, lo que no sé  si ha follado. Tengo casi cincuenta años y esta mocosa de poco más de cuarenta se queja de que todos sus amantes tienen piso menos yo. Todos separados, como yo, casi todos con hijos, como yo, pero yo soy el único que no tiene piso propio...hasta ahora. Ya por fin alquilé uno cerquita de mis hijos y me chupé toda la mudanza solo junto con un par de buenos amigos mientras la perla del desierto se bañaba en las cristalinas aguas de Formentera y dormía con un alemán, guapo, guapo.

Estamos en Sitges, en una terracita frente al mar y pedimos otra de mejillones y dos cañas más. Los mejillones están para chuparse los dedos, como la princesita, que ha vuelto morena y lo resalta con una camiseta blanca de lino, anchita por la cintura, para disimular la barriga redonda, jugosa, tierna que alberga las tapitas del bar y las cervezas de los fines de semana. Comentamos la última cazuela de mejillones que nos metimos entre pecho y espalda en Barcelona, antes de marcharse de vacaciones, pero los mejores, los del Bar Ángel, al lado de la Estación de Francia. Lástima que no tengan terraza en ese bar. Nos reímos, me enseña alguna foto, muchas ya me las pasó por whatssap y bebemos y bebemos y nos besamos y le digo que la he echado de menos y que no me hable del alemán guapo, aunque ella habla y habla por los codos ligerita su lengua ya por el alcohol. Nos vamos a la playa y nos rebozamos en la arena mientras nos merendamos a besos. Son casi las siete de la tarde y el sol todavía muestra sus garras quemándonos la piel. Hoy no hay hotel que valga, ni cama para dormir, ni colacao que reconforte. Hoy la llevo a mi piso y quiero follármela con las mismas ganas de un adolescente. Mientras pago el peaje de Sitges, me mete las manos entre el bañador y empieza a comerse mi polla salada. No recuerdo como hemos llegado a casa, mi nueva casa, para follar, para dormir, para vivir. No he subido a ninguna de mis amigas antes, como un amante Penélope la he esperado a ella, que no es una barbie, ni es vulgar. Que sabe a chocolate y a mejillones y huele a mar y a veces a cerveza y algunas a ron añejo. Sólo miente cuando dice la verdad y sólo dice la verdad cuando miente. Por eso me gusta y me la pone dura y dejo que ronque entre mis brazos y que baile descalza cuando el frío aprieta para calentar luego sus pies contra mi cuerpo ardiendo.



Con el buen tiempo, la piel de la lagarta brilla más y deja secar al sol, su mal humor y sus caprichos y escurridiza como es, consciente de que lo bueno terminará, me sonríe y me hace partícipe de su alegría pasajera . Hoy hemos hecho el amor como salvajes, quitando la arena pegajosa en la ducha que estreno con ella. Como hace veinte años, he pensado en lo guarra que es y lo mucho que me gusta y me he follado su culito en el sofá del ikea que compré pensando sólo en esto. Se ha quedado frita en dos minutos, nada más hacer estremecer con mi lengua ese coño limpio y sonrosado.



¿Qué hora es, corazón? Me pregunta desorientada. Son las diez de la noche pasadas, le contesto mientras beso su pelo enredado ¿Nos pegamos una ducha rápida y bajamos al Bar de la Sonia, a hacer unos pinchos? Tengo un hambre, me apetecen unos pulpos a la gallega...y, ¿me dejas en casa, para dormir?



Me cago en la perla, en los pulpos y en el alemán de Formentera, que no tiene la culpa pero tiene que recibir. Pero por qué cojones no se puede quedar a dormir en casa, ¡¡en mi casa!! ¡¡ya tengo casa!!



Pero yo quiero hacerte el amor otra vez, le digo cariñoso aunque la estrujo fuerte contra mi pecho con ganas de matarla. Bueno, picamos algo, tomamos una copa, subimos a hacer el amor y luego me llevas a casa a dormir, estoy muerta. ¿ No te gusta esta cama? le pregunto ya en un tono carente de paciencia y comprensión. Me gusta esta cama, contesta. Y entonces ¿por qué no puedes quedarte a dormir aquí? Puedo, pero no quiero y se separa de mi abrazo al tiempo que me contesta y me mira con los ojillos de la niña que sabe que ha hecho algo mal y que recibirá una tunda por su actitud pero a la que luego abrazaré como un padre protector. No puedo con ella. Me he enamorado de una princesa que juega a ser rana, de una viuda negra del amor. Es una delicatessen que al final me resulta indigesta. Esta noche voy a buscar un remedio a la idiotez, a su capricho y a mi flojera. Se quedará a dormir en mi cama y follaremos entre sus sábanas cuando nos apetezca. Y dormiremos en su cama y follaremos entre mis sábanas cuando nos apetezca también. Puede que me salga más caro el remedio que la enfermedad, curaré mi ardor de estómago pero le produciré una urticaria, seguro. En cualquier caso, ya buscaremos remedio para lo que pueda venir pero esta noche, a la perla perdida, la princesita, la señora capricho, la niña mimada de mis ojos, voy a decirle que la quiero.













Aquella tarde

Sabíamos que igual no íbamos a tener más oportunidades. Como que era tiempo de tenerlas todas. Corrimos entre las piedras uno de...