FUERA DE TEMPORADA



MI AMANTE VULGAR


Le enseñé la fotografía de mi móvil, la observó durante varios segundos sin decirme nada y me devolvió el teléfono con una sonrisa. ¿Qué opinas?, le pregunté. A ver, déjame ver de nuevo, me dijo, y volvió a observar en silencio, analizando, vete a saber qué. Me miraba fijamente sin hablar, mientras me devolvía de nuevo el móvil. Es vulgar, dijo con autoridad. Vulgar, menuda perra, pensé. ¿A qué te refieres?, le pregunté. No me lo tomes a mal, no es vulgar en el mal sentido, yo también lo soy, simplemente es demasiado corriente, le falta el plus. El plus, repetí sorprendido, segundos antes que lo dijera de nuevo ella que tras permanecer en silencio, comentó: una mirada, una bonita sonrisa algo que la haga diferente de una mujer corriente. Tiene buenas piernas, le insistí. No lo dudo, comentó ella. ¿Qué te ha dado?, ¿por qué te has fijado en una mujer así?. Cariño, me apresuré a decir, me ha dado cariño. Entonces me callo, contestó, si te ha dado cariño es importante, todos necesitamos cariño.

Bebió el último trago de su cerveza ya caliente y decidimos marcharnos de aquel bar. No quiso darme un beso mientras caminábamos en busca del coche. Nada de besos esta noche, me soltó muy seria, no quiero ser como una mujer enamorada, el miércoles tendremos todo el tiempo del mundo para besarnos.

La dejé en casa y conduje con un importante calentón de huevos hasta la mía.

Me dijo que mi ex, con la que aún por desgracia vivía, era una Barbie y mi nueva amante vulgar. Pero cuanto más hablaba, más la deseaba.

Tenía su gabinete psicológico abierto veinticuatro horas para mí, sin embargo había cerrado por derribo su corazón, y por defecto, su coño, de momento.

La primera vez que hicimos el amor, hacía veinte años, mezclamos los sudores de nuestro esfuerzo y la arena de la playa en la bañera del minúsculo cuarto de baño de mi hermana, con la que compartía temporalmente piso. Pensaba que era demasiado joven para ser tan guarra y mi polla se ponía dura con sólo recordarla, mojada y juguetona.

Habían pasado veinte años y me devolvía hacia mi casa caliente, mojado y con ganas de volverla a ver para estrujarla, manosearla y por qué no, también para amarla.





LA NOCHE DEL COLACAO

Hace un frío terrible y nos hemos mojado hasta la trancas, te dejo subir a casa sólo con una condición. Todas las condiciones que quieras, le dije. No vayas de listo, corazón, me dijo acelerada, nos secamos, nos ponemos cómodos en el sofá y nos tomamos un colacao bien caliente para entrar en calor y después, si quieres quedarte, puedes, pero a dormir. Acepté pensando que era un juego y quería jugar y ganar. El premio era ella. La miraba extasiado en el estrecho ascensor, a la vez que olía la dulzura de su pelo húmedo y el ron en su boca. El rimel corrido, le daba un aspecto oscuro pero tierno a la vez, corrido entre sus ojos, mientras mis huevos y mi polla hacían un esfuerzo por no imaginar cómo sería correrse entre sus pechos.

Me tiró juguetona una toalla enorme para que me secara, mientras ella hacía lo propio y camuflaba su cuerpo en un corto batín azul oscuro. Se lavaba los dientes descalza frente al espejo, mientras yo, apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, veía como su culito se movía al ritmo brusco que marcaba su brazo y el cepillo, y no podía moverme. En el armario encontrarás algo de ropa de mi ex, ponte cómodo, dijo, voy a calentar la leche. ¿Más? Mi sangre hierve rodeando mi polla con sus venas y tú ¿quieres calentar la leche? Pensaba que estaba de broma pero iba muy en serio y yo no podía ni hablar, sólo observaba y obedecía. Un pantalón de chandal gris y una camiseta blanca de manga corta. Todo me quedaba perfecto. Las cucharas, los vasos, el colacao, la leche, la nevera, el microondas, todo un juego de movimientos coordinados, miradas esquivas, sonrisas....Quiero follarte. ¿Cómo? Me preguntó ella guasona. Que quiero follarte, le dije mientras la acercaba a mí levántandola por las axilas. Pues yo quiero dormir, beberme esta enorme taza de colacao y dormir como un bebé. Estoy agotada. La besé. Me has tenido dos semanas castigado sin darme opción a vernos ni para tomar una triste cerveza y charlar y me muero por sentirme atrapado entre tus piernas. La leche se está enfriando, me respondió y se apartó de la celda que había construído con mis brazos. Bébete la leche, me ordenó y dio un trago largo e intenso a su vaso. Me cago en el colacao, en la lluvia, en el batín que sólo cubre hasta su trasero. Quiero comerme sus pies descalzos y lamer sus uñas pintadas de granate. Beberme la mezcla de menta, ron y chocolate que aspiro de su boca. Quiero ponerla boca abajo y moder su culito y hacer que con mis dedos sienta el frío del placer inminente. Quiero comerme su coño, bañado en mi saliva, cubrirlo con mi semen cuando ella me grite que ya no puede más. Tu colacao está frío, me repite amorosa y nos mantenemos callados, sentados frente a frente. Es verdad que la taza ya no humea y ella se cruza de brazos, esperando no sé que. Al final me coge de la mano y me levanta. Rozamos su taza vacía con nuestros movimientos bruscos, y la hacemos chocar con la mía, completamente a rebosar de leche. La cama está fría pero poco a poco entramos en calor. Nos besamos suavemente y me pongo tan contento como un niño con un chupa chups gigante. Pero me dice buenas noches y se gira dándome totalmente la espalda, aunque me obliga a abrazarla por la cintura. Se acomoda bien. Su culo se refriega a gusto con mi polla que está tan dura como una roca de jacaranda, y suspira feliz. Esta noche nada de sexo, me dice y a los pocos segundos ronca como el ogro más feo de una pesadilla infantil. Me quedo frío, como un témpano, como el vaso de colacao que inerte sobrevive en el filo de la mesa de la cocina. Mi tranca se desinfla tras perder la batalla.



Mi ex es una barbie, mi amante, vulgar y tú eres una auténtica zorra, perla del desierto, pienso mientras me abandono al sueño que planea, aún cachondo, entre el calor de nuestros cuerpos.



OTRA DE MEJILLONES

Ha llegado el buen tiempo y parece ser que la princesita ya se siente más cómoda en su piel de lagarta.

Acaba de volver de Formentera con su amiga. Ha vuelto morenita, está guapa la tía. Los ojos más verdes y su melena oscura, más clara por el sol. Me explica que han hecho buenas migas con los dueños de la Fonda Pepe y que las dos últimas noches ha dormido con un alemán, guapo, guapo y matiza y resalta, “he dormido”. Conmigo, sólo duerme en su cama. Nos hemos pateado todos los hoteles de menos de cincuenta euros la noche, de Barcelona y alrededores para follar pero para dormir, siempre su cama. Con el alemán, el tío guapo, también ha dormido, eso parece o eso dice, lo que no sé  si ha follado. Tengo casi cincuenta años y esta mocosa de poco más de cuarenta se queja de que todos sus amantes tienen piso menos yo. Todos separados, como yo, casi todos con hijos, como yo, pero yo soy el único que no tiene piso propio...hasta ahora. Ya por fin alquilé uno cerquita de mis hijos y me chupé toda la mudanza solo junto con un par de buenos amigos mientras la perla del desierto se bañaba en las cristalinas aguas de Formentera y dormía con un alemán, guapo, guapo.

Estamos en Sitges, en una terracita frente al mar y pedimos otra de mejillones y dos cañas más. Los mejillones están para chuparse los dedos, como la princesita, que ha vuelto morena y lo resalta con una camiseta blanca de lino, anchita por la cintura, para disimular la barriga redonda, jugosa, tierna que alberga las tapitas del bar y las cervezas de los fines de semana. Comentamos la última cazuela de mejillones que nos metimos entre pecho y espalda en Barcelona, antes de marcharse de vacaciones, pero los mejores, los del Bar Ángel, al lado de la Estación de Francia. Lástima que no tengan terraza en ese bar. Nos reimos, me enseña alguna foto, muchas ya me las pasó por whatssap y bebemos y bebemos y nos besamos y le digo que la he echado de menos y que no me hable del alemán guapo, aunque ella habla y habla por los codos ligerita su lengua ya por el alcohol. Nos vamos a la playa y nos rebozamos en la arena mientras nos merendamos a besos. Son casi las siete de la tarde y el sol todavía muestra sus garras quemándonos la piel. Hoy no hay hotel que valga, ni cama para dormir, ni colacao que reconforte. Hoy la llevo a mi piso y quiero follármela con las mismas ganas de un adolescente. Mientras pago el peaje de Sitges, me mete las manos entre el bañador y empieza a comerse mi polla salada. No recuerdo como hemos llegado a casa, mi nueva casa, para follar, para dormir, para vivir. No he subido a ninguna de mis amigas antes, como un amante Penélope la he esperado a ella, que no es una barbie, ni es vulgar. Que sabe a chocolate y a mejillones y huele a mar y a veces a cerveza y algunas a ron añejo. Sólo miente cuando dice la verdad y sólo dice la verdad cuando miente. Por eso me gusta y me la pone dura y dejo que ronque entre mis brazos y que baile descalza cuando el frío aprieta para calentar luego sus pies contra mi cuerpo ardiendo.



Con el buen tiempo, la piel de la lagarta brilla más y deja secar al sol, su mal humor y sus caprichos y escurridiza como es, consciente de que lo bueno terminará, me sonríe y me hace partícipe de su alegría pasajera . Hoy hemos hecho el amor como salvajes, quitando la arena pegajosa en la ducha que estreno con ella. Como hace veinte años, he pensado en lo guarra que es y lo mucho que me gusta y me he follado su culito en el sofá del ikea que compré pensando sólo en esto. Se ha quedado frita en dos minutos, nada más hacer estremecer con mi lengua ese coño limpio y sonrosado.



¿Qué hora es, corazón? Me pregunta desorientada. Son las diez de la noche pasadas, le contesto mientras beso su pelo enredado ¿Nos pegamos una ducha rápida y bajamos al Bar de la Sonia, a hacer unos pinchos? Tengo un hambre, me apetecen unos pulpos a la gallega...y, ¿me dejas en casa, para dormir?



Me cago en la perla, en los pulpos y en el alemán de Formentera, que no tiene la culpa pero tiene que recibir. Pero por qué cojones no se puede quedar a dormir en casa, ¡¡en mi casa!! ¡¡ya tengo casa!!



Pero yo quiero hacerte el amor otra vez, le digo cariñoso aunque la estrujo fuerte contra mi pecho con ganas de matarla. Bueno, picamos algo, tomamos una copa, subimos a hacer el amor y luego me llevas a casa a dormir, estoy muerta. ¿ No te gusta esta cama? Le pregunto ya en un tono carente de paciencia y comprensión. Me gusta esta cama, contesta. Y entonces ¿por qué no puedes quedarte a dormir aquí? Puedo, pero no quiero y se separa de mi abrazo al tiempo que me contesta y me mira con los ojillos de la niña que sabe que ha hecho algo mal y que recibirá una tunda por su actitud pero a la que luego abrazaré como un padre protector. No puedo con ella. Me he enamorado de una princesa que juega a ser rana, de una viuda negra del amor. Es una delicatessen que al final me resulta indigesta. Esta noche voy a buscar un remedio a la idiotez, a su capricho y a mi flojera. Se quedará a dormir en mi cama y follaremos entre sus sábanas cuando nos apeteza. Y dormiremos en su cama y follaremos entre mis sábanas cuando nos apetezca también. Puede que me salga más caro el remedio que la enfermedad, curaré mi ardor de estómago pero le produciré una urticaria, seguro. En cualquier caso, ya buscaremos remedio para lo que pueda venir pero esta noche, a la perla perdida, la princesita, la señora capricho, la niña mimada de mis ojos, voy a decirle que la quiero.













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