DE ESPALDAS AL MAR (II)





II Oriol 

Llevo dos noches apenas sin dormir, acostándome a las tantas por culpa de las tremendas tertulias que tengo con María. No puedo estar en casa, no avanzo en nada y por las noches, al ver que el día se ha convertido en enemigo de mi imaginación, me entra el nerviosismo y necesito compañía. María siempre me abre la puerta con una sonrisa y me planta dos besos gigantes aunque no haga ni tres horas que nos hayamos tomado un café las tres juntas en alguna terraza del paseo. La Sra. Paquita se duerme a mitad de la segunda partida de la brisca y tras acostarla María y yo empezamos a arreglar nuestros particulares mundos, inventándonos cómo solucionar nuestros problemas, muchos de ellos ficticios y que no dejan de ser los mismos que para la mayoría de mortales, de amor y dinero. Nunca somos prácticas abordando los temas, somos las dos igual de enrevesadas y filósofas de la utopía aunque nos gusta perdernos en ese bosque de sensaciones que habita en nuestras cabezas. Pero esta noche nos hemos pasado. Hemos dejado pasear nuestras almas bañadas en vino y al acabar la segunda botella yo ya llevaba un pedo descomunal. Cuando he abierto la pesada puerta de mi casa, Mina me ha ignorado totalmente y ha seguido dormitando como si no hubiera entrado nadie. Mañana me dolerá la cabeza y mucho y no conseguiré dormir, pienso mientras me descalzo intentando no hacer ruido, como si un marido esperase en la cama a la adúltera  y tuviera que disimular mi borrachera y me tomo una pastilla de ésas que matan antes a un muerto que revivir a un enfermo. A las cinco de la mañana no he conseguido pegar ojo y mi cabeza me da vueltas sin parar. Creo que voy a vomitar y me levanto con la urgencia del borracho desubicado. Antes de llegar al lavabo ya he vomitado y sigo haciéndolo sin parar arrodillada  en la taza del váter. Me retiran el pelo de la cara, me la acarician con cariño, mientras lloro al ver el detestable escenario que estoy dejando. Levanto la vista al tiempo que intento reincorporarme pero vuelvo a caer aterrorizada y me acurruco en el espacio que hay entre el váter y el lavamanos. Yolanda Ivanova me tiende la mano para ayudar a levantarme pero yo no reacciono pues el miedo  me tiene paralizada. Ella se inclina hacia mí y con su acento y su agradable rostro me dice que me levante, sin miedo. Siento hasta su aliento, pero mi cuerpo, como única muestra de que es mortal, sólo tirita y no soy capaz de controlar los espasmos. Dejo de ver a Yolanda Ivanova, aunque la siento lo que hace que siga apoyada en la pared, deseando que pase el frío y que salga otra vez el sol.


Oriol ha llegado a casa de su yaya pasadas las 9 de la mañana. María ya lleva un buen rato esperándolo aunque no le importa, Oriol le cae bien y le perdona todas sus tardanzas. Es un niño mimado de cuarenta y cuatro años, soltero, cuyo complejo de Peter Pan le hace casi tan atractivo como su bigote castaño y su pelo larguísimo. La Sra. Paquita adora a sus dos nietos pero por Oriol siente verdadera devoción y el domingo que le toca guardia con ella siempre, siempre, tiene ganas de cantar y bailar. Oriol ha llegado y la música de Thin Lizzy ha empezado a sonar por el patio de luces, animando a todos los vecinos dormilones y resucitando a la Sra. Paquita que soporta esa música, divertida. Yo hace un buen rato que estoy por fin despierta, después de estar casis dos días sufriendo de reseca, y he desayunado con María. Pssf, pssf, oigo como silva Oriol por el patio de luces y asomo mi cabeza entusiasmada  y contenta. Ya estoy aquí, minena, me dice mientras me guiña un ojo y yo le saludo con la mejor de mis sonrisas. Llevamos varios meses enrollados sin ningún tipo de compromiso. Sólo nos vemos, y no siempre, los domingos y lunes que libra María y que alterna con su hermano Cesc. Por no decir que ni siquiera hemos intercambiado los teléfonos móviles y que sólo nos comunicamos, de vez en cuando por email o por el facebook. Estar quince días sin tocarlo, aunque a veces le necesite, es un alivio y un aliciente y creo que a su espíritu indomable también le place y sé que le llena este tipo de relación. Tengo que reconocer, que mis noches lo echan cada vez más de menos, sobre todo desde que me visita Yolanda Ivanova y mis palabras ya no brotan con mucha fluidez delante de mi ordenador. Oriol irradia casi toda la energía del universo y su optimismo ha contagiado las ramas ya secas del árbol de mi vida y ha hecho crecer las sanas. María me lo presentó una fría mañana del invierno en que me mudé. Llevaba yo cerca de tres meses en la calle Fusina y sólo conocía su risa, con la que animaba a la Sra. Paquita, y su música. Por si le falta algo a la yaya Paquita que no encuentres en casa, avisa a  la Magalí, que ella seguro te ayudará, le dijo María.  Me dio un apretón enorme al abrazarme y dos besos en las mejillas que nos electrizó a los dos. La química fue inmediata pero no los besos ni el sexo, pues tras conocernos empezamos a comportarnos como dos tímidos adolescentes y no fue hasta una tarde en que le ayudaba a cambiar a su yaya Paquita para que los dos fuesen a dar un paseo por el barrio, y tras escuchar los argumentos de la Sra. Paquita sobre la buena pareja que hacíamos, que nos enrollamos por primera vez. Acababa de acostar a su yaya y yo me estaba preparando un termo gigante de té para enfrentarme a una noche de trabajo cuando me lo encontré apoyado en el quicio de mi puerta, con un cigarro en la boca  y una botella de vino entre sus manos. Desde entonces no nos hemos separados, unidos por un vínculo en el que somos confidentes el uno del otro y llenamos algunas de nuestras madrugadas con dosis de buen sexo y un mucho de ternura.

Oriol Bertomeu es actor y tiene un blog personal, como yo. Dejó de trabajar como controlador aéreo hace más de dos años porque decía que se aburría y se aburría, es verdad. Le encantaba el ambiente del aeropuerto, el colegueo con los compañeros, el estrés de la pista al unísono con el de los viajeros, pero se cansaba de esa rutina controlada y encontraba vacías la mayoría de las vidas -e incluso la suya-, con las que compartía sus horas de trabajo, y algunos días eran muchas. Poniéndose en contra a su hermano Cesc, pero como siempre con el apoyo de su yaya Paquita, se despidió de su trabajo. A pesar de que estaba muy bien pagado Oriol nunca ahorró nada y aun así sobrevive. No tiene más gastos que los que sus vicios le comportan que, por cierto, son muchos y ahora sólo vive de las intervenciones que hace de vez en cuando en anuncios para la televisión y poniendo su voz en algunos doblajes, sobre todo de documentales. No le importa el dinero y dice que es feliz. Toca el bajo con un grupillo de aficionados al rock y comparte también su tiempo con otro grupo de teatro amateur con el que saca parte de la creatividad que lleva dentro y no le angustia, para nada,  el futuro. Me gusta porque se evapora  y es difícil de alcanzar incluso para un alma como yo. Lo deseo  porque no puedo tenerlo cuando quiero  y la espera se convierte en un anhelo que por hacerse realidad con poca frecuencia no atosiga como la costumbre y llena plenamente los espacios y distancias. Es intenso como el mejor café y como el mejor café se ha quedado impregnado, con vehemencia,  en el paladar de mi existencia. Y no necesito más.

Esta noche, que se ha vuelto impertinente por su sofocante calor, Oriol me ha empapado con su frescura y por eso hemos podido dormir agarrados pero libres como dos gatos sin celo y mis miedos me han dado una tregua, y se han ido a descansar distraídos junto a la escasa brisa que juguetea en el balcón.




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