DE ESPALDAS AL MAR (I)

I.
RENACIMIENTO







El té está demasiado caliente todavía, humea y consigue empañarme los cristales de las gafas, que retiro con mis manos mientras froto mis ojos cansados ya y somnolientos. Son cerca de las dos de la madrugada y la blancura del documento word que tengo delante molesta tanto como mi dolor de cuello. La ligera cortina se mueve al ritmo que marca la constante brisa que entra por el balcón al que viste, en armonía con el ruido de los coches que todavía pasean por la calle y algún que otro grupo de jóvenes escandalosos. Me paro en seco, al notar una corriente de aire muy frío que ha bañado, a su paso, mi espalda casi desnuda y que me hace estremecer agitando mi corazón por unos segundos interminables. No quiero girarme, me entra el pánico, pero lo supero y poniéndome de nueva las gafas en su sitio volteo mi silla y casi sin pensarlo me veo observando mi cama. A los pies de la misma, sentada, Yolanda Ivanova, me sonríe observándome simpática tras sus gafas de pasta negra. Cierro los ojos apretándolos con fuerza y vuelvo a abrirlos para descubrir que en el lugar donde Yolanda Ivanova estaba sentada, ahora se encuentra mi gata Mina que justo se despereza levantándose lentamente y arqueando su espalda tanto que casi podría rozar el alto techo. No quiero pensar mal, no quiero sentir miedo, sólo estoy algo cansada. Las palabras no salen fluidas de mi mente y mi word permanece vacío. Eso es lo que me pasa, estoy estresada, no ha sido un buen día y decido meterme en la cama, sin recoger mi mesa de trabajo ni tomarme el té. Duermo con la luz de la mesita de noche encendida y con un ojo abierto observando a cada momento los escasos movimientos de Mina, que descansa tranquila. Pero duermo.

Las obras del mercado me despiertan mucho antes que la luz transversal que entra por el balcón abierto y las ventanas. Todo está en su sitio, menos mi gata. Son cerca de las ocho de la mañana, tengo sueño pero un hambre feroz, así que me levanto directa a la cocina, haciendo parada en mi portátil. Mi facebook con un millón de comentarios y avisos. Mi blog sin nuevos visitantes. Recojo la taza de té y enciendo la cafetera mientras llamo a Mina. Es un martes más de una semana que seguramente no será rutinaria aunque sí espero que mucho más productiva que las últimas.

María asoma por la ventana del patio de luces, dónde tenemos los tendederos para la ropa y que nos sirve de punto de encuentro por las mañanas para saludarnos y cotillear. Me llama gritando mi nombre, Magaliiiiiii, con su acento brasileño, y me propone desayunar con ella y la Sra. Paquita, a lo que me niego pues eso significa también comer, merendar y depende de cómo hasta cenar y entonces mi novela se muere de asco esperando que mis dedos consigan imprimir alguna palabra que le dé algo de vida. María Creuza es una brasileña alta y morena, bastante culona que cuida de la Sra. Paquita desde hace más de diez años. Es bastante guapa y risueña y se vanagloria de llamarse igual que la cantante. Tiene una hija, Melina, de dieciséis años que vive con ella y con su hermana Manuella y otro hijo de diecinueve años, Joao,  que vive con su padre en Río y al que no ve desde que emigró a Barcelona. A Melina tampoco la ve muy a menudo. La chiquilla está teniendo una edad del pavo desastrosa, está arisca y normalmente los domingos y lunes, que es cuando libra María de casa de la Sra. Paquita, Melina está desaparecida, aunque en momentos en los que los bajones adolescentes se apoderan de ella, visita a su madre y alegra las tardes y alguna noche, también a la Sra. Paquita, que aprovecha para contarle el momento en que bailó con Antonio Machín en una fiesta de la época, siendo apenas una adolescente y todas las batallas de juventud que ahora recuerda como si fuera ayer.

María me cuenta que el domingo por la tarde estuvo en el Samba Brasil y que estaba "petao" de brasileños, aunque Emilio no pasó a saludarla, pero se ríe burlona, recordando que a pesar de eso, público no le faltó, y no me extraña. María, me meto dentro que tengo que hacer, le digo después de más de diez minutos de cháchara. No le cuento todavía lo de Yolanda Ivanova, porque entonces no desayuno hasta las doce y porque además, no quiero darle importancia a lo que pasó anoche.


Mi blog personal está caduco desde que me puse a escribir mi novela. Bueno, desde que me puse a escribir mi novela, que es mía y no de nadie más ahora que sólo la leo yo mientras la escribo y desde que me quedé en paro y decidí darle un cambio radical a mi vida. Hacía nueve meses de mi separación cuando me quedé sin trabajo. Seguía compartiendo el piso con mi ex hasta poder poner en orden muchos temas económicos que nos ataban. Por suerte, yo trabajaba en una multinacional que me indemnizó muy por encima de lo que me hubiese correspondido y eso me permitió tomar decisiones que en otra situación me hubieran resultado imposibles. Me trasladé a este ático de la calle Fusina de Barcelona, que por motivos que más tarde relataré, se alquilaba a un precio muy por debajo de lo que se acostumbra en la zona. Desde mi balcón puedo ver el mercado del Born y disfrutar de un barrio lleno de vida a escasos minutos de la playa. La idea es escribir de una vez por todas mi primera novela. No me gustan los plazos, pero me he marcado tenerla lista antes de un año, y ya llevo casi diez meses empapándome de vida en este ático y la novela se pierde entre la marea de mis emociones. Sea como sea, es mi año sabático antes de volver al mundo laboral, aunque no lo he abandonado del todo pues desde hace casi dos meses colaboro con mi nuevo amigo, Ricard en la elaboración de entrevistas a cantantes, actores, escultores, escritores y cualquier artista emergente de los muchos que siempre afloran por la ciudad y alrededores para diversas revistas digitales y blogs. Me lo paso realmente pipa. Aunque Ricard a través de su empresa "Ric- Art"  me da trabajo a cuenta gotas, estoy motivada y dispuesta a hacerlo realmente bien y poner todo mi arte en el trabajo. La verdad es que este chico es un encanto. Lo he conocido a través de Oriol, uno de los nietos de la Sra. Paquita. Está enamorado como un bobo de una monada de fotógrafa, aunque yo no le veo la gracia, que se hace llamar Francesca, que le da una de cal y otra de arena y desde que nos conocemos me cuenta cómo la bonita fotógrafa le da esperanzas para seguir, porque su meta es llegar a enamorarla, a pesar de que es consciente que la mayoría de las veces  Francesca lo trata como a un perro. Yo a este chico le quiero con locura, porque es dulce y extremadamente inteligente y creativo. Intercambiamos nuestros relatos y nos los criticamos y elogiamos unas veces entre cafés, otras entre entretenidas cenas con buen vino y como jefe es un tío comprensivo y muy abierto.
Mi blog personal está caduco pero lo reviso cada día. El último relato que escribí para él ha tenido muy pocos visitantes pero esta tarde me ha sorprendido leer un comentario de un usuario desconocido y me he reído con ganas porque ha clavado, tal cual yo lo sentí  al crearlo, al personaje masculino. 
Pero me he cansado de leer y de pensar y la noche se está apoderando por momentos del día y me noto muy inquieta. Me voy a ver a María y a la Sra. Paquita que acaban de cenar para charlar un rato con ellas y jugar a la brisca como hacemos normalmente por las tardes y así olvidarme e intentar ignorar que lo que me lleva a visitar a estas horas a mis vecinas es el miedo a girarme de repente y poder encontrarme otra vez, sin pedirlo, con Yolanda Ivanova.

¿Qué hace que un bonito ático en pleno y cotizado barrio del Born se alquile por casi menos de la mitad de lo que pagan el resto de vecinos?
Mi piso tiene cerca de setenta y cinco metros cuadrados sin contar el pequeño balcón. Sus antiguos dueños, Jairo Daniel Pekarovich, un adinerado judío argentino de cuarenta y cinco años y Yolanda Ivanova, una ucraniana de veintisiete, que sabía cuatro idiomas, tiraron todas sus paredes y lo convirtieron en un loft espacioso y luminoso. El suelo de toda la instancia, de un parqué oscuro. Los techos altos, de un blanco radiante. Una decoración minimalista y fresca, con toques sofisticados. Una cocina americana totalmente equipada. Cuando abres la puerta, te encuentras frente al balcón. A mano derecha, la habitación de matrimonio, a mano izquierda la cuidada cocina y unos pasos por detrás y en paralelo el cuarto de baño con bañera de hidromasaje antes de que yo entrara a vivir. El baño, es la única estancia del ático con paredes para preservar un poco la intimidad.


Mi amiga Ana, de la inmobiliaria, me convenció para que fuera a visitarlo. El barrio me encantaba y si estaba decidida a ser valiente en mi nueva vida no veía el porqué no podía vivir en ese ático. Me enamoré al instante del lugar. Lo único que pedí a Ana era poder alquilarlo vacío, sin ningún mueble y que cambiaran la bañera por una ducha. Ana vaciló ante esta petición ya que suponía una pequeña reforma pero después de más de dos años intentando sin éxito alquilarlo aceptó sin demora. He convertido este ático en una guarida imprescindible para mí. Casi todos los trastos que he aportado son de mi piso anterior y de segunda mano. Le he dado un aire moderno pero a la vez bohemio, mezclando todo tipo de estilos pero con gusto. Todos los amigos que me visitan quedan admirados, dicen que mi personalidad está impresa en cada rincón. Hasta Mina ha dejado de ser una gata estirada y compleja porque ha encontrado un lugar confortable y a una dueña mucho más segura que hace unos meses. Enfrente del gigante y viejo portón y separados por un chirrioso ascensor está el ático de la Sra. Paquita y mi querida María. Nos hemos adoptado mutuamente. Es increíble el feeling que puedes llegar a tener con personas desconocidas y completamente diferentes a ti. A la Sra. Paquita le perdono que de vez en cuando me ponga el "Devórame otra vez" a toda leche y a María, el ser tan bruja, me conoce mejor que mi madre.

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