DE ESPALDAS AL MAR (III)

III La Maga Li y La Muerte

"Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."

(Rayuela, Julio Cortázar)






Desde hace varios años firmo todos mis escritos como La Maga Li, incluso es mi nombre en la página de facebook. Me enamoré del personaje de La Maga en el libro de Cortázar, Rayuela, y quise hacerle un homenaje haciendo un juego de palabras aprovechando mi nombre y mi fisonomía. Dicen que tengo los ojos tan rasgados que parezco china, sobre todo cuando sonrío, por eso lo de Li y en Catalunya solemos poner un artículo, generalmente, delante de los nombres propios: Hoy he quedado con la Eva María. Magalí es mi nombre, en honor a una tía mía que murió a los pocos meses de nacer. Nunca me hizo gracia esa historia, pensaba, de pequeña, que llevar el nombre de una muerta me traería mala suerte de por vida. Con los años y reflexionando sobre el asunto, llegué a la obvia conclusión de que todos, absolutamente todos los humanos llevamos nombres de personas muertas y que incluso, hasta en el inicio de los tiempos, los hombres prehistóricos que nunca articularon más que sonidos para comunicarse ya tenían un nombre inscrito en su alma compartido por los siglos de los siglos con sus antepasados. Me sentí más segura sin esa exclusividad  y empecé a reconciliarme con mi nombre, que me abocaba a la extinción carnal y ordinaria como al resto de seres. Yo quería ser una más, porque en realidad era una más y comencé a disfrutar de ese nombre, el mío, de otras, sonoro, musical, lleno de vida, cuando lo escuchaba en boca de mis amigos. Mamá, me voy a casa de la Magalí. La rara Magalí, la distinta Magalí, pero al fin y al cabo, la efímera Magalí. A pesar de todos mis esfuerzos, durante  mi adolescencia y gran parte de mi madurez, por gustar a todos y todas mis compañías, soy consciente que a nivel de relaciones, digamos amorosas, muchos hombres habrán querido cambiarme el rol de maga por el de bruja pero no queda tan adecuado, para mí y según mi criterio, un nombre así a nivel sonoro y visual. La Bruja Li, podría ser la protagonista de cualquier cuento infantil, con manzana envenenada como la de los primeros mortales con nombre nuevo y primero, sin sombra acechante de mortalidad todavía, Adán y Eva. Pero La Maga Li, nos transporta a mundos mágicos, aún por explotar, con hadas, gnomos y Alicias perdidas, únicas e irrepetibles, indispensables para la abundante imaginación de un determinado foro de personas, una maga capaz de plantarle cara a la muerte, vivir y revivir por siempre jamás. Por eso me gusta mi nombre y por todo esto tiene origen mi apodo.

La Maga Li no se puede quejar ni hablar de mala suerte. Algunos de sus relatos han sido publicados en revistas y libros digitales y se han quedado a las puertas de conseguir algún premio literario de ésos para aficionados. Cada crítica por un desconocido, amigo o  lector casual, de los que dicen yo sólo pasaba por aquí y la casualidad me llevó a leerte, es recibido por ella como una fiesta. Me leen, ¡me leen! Y si ya gusta lo que escribe es un orgasmo para el alma de difícil descripción. Además de su blog personal escribe algún que otro artículo para revistas digitales, pero ya como Magalí Torres. La Maga Li no es periodista pero escribe muy bien, según le dicen y cede su talento a su alter ego. Dónde más éxito y respuestas tiene es en uno de los blogs que administra su amigo Ricard y en el que se comentan temas de actualidad y reflexiones sobre la vida, la propia y la ajena: Anatomía de lo cotidiano.

Esta tarde, cotilleando noticias y reflexiones anteriores en el blog de Anatomía de lo cotidiano mientras buscaba ideas de las que hablar, he dado con un artículo publicado hace ya más de tres años y que yo, aunque conozco por supuesto la noticia y los hechos, desconocía porque aún no colaboraba con la revista. Fechado un seis de mayo de 2009, varios días después de los acontecimientos, Elena Juárez titulaba así su artículo: ¿Crimen o suicidio? En una primera parte de su escrito desgranaba el significado de las dos palabras mencionando alguna de las acepciones que aparecen en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española.  Crimen: Acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien. Suicidio: Acción que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza. En su disertación hacía alusión a otros términos relacionados con el suceso, asesinato, homicidio, tentativa, alevosía, sin llegar a ninguna conclusión sobre lo ocurrido. En la segunda parte, Elena, utilizando el juego de palabras mencionaba y relacionaba la obra de Dostoievski, Crimen y Castigo con los hechos acontecidos aquella primavera en la calle Fusina, dándole un toque literario y misterioso a la narración de su noticia. Pero, francamente, ¿qué tienen en común Jairo Daniel Pekarovich con Rodion Raskolnicov, el protagonista principal de la novela?





Esa tarde llena de guiños de sol entre nubes juguetonas y escurridizas, Yolanda Ivanova regó las flores rojas y radiantes que asomaban numerosas por el balcón de su ático. Sus labios, también de un rojo explosivo disimulando su amarga sonrisa y su vestido negro de gala. Jairo Daniel   preparaba las maletas para su largo viaje, inquieto pero seguro. Yolanda, dejando pasar las horas mecía su cuerpo en la majestuosa mecedora, mientras observaba el ligero movimiento de sus flores en contacto con el aire salado y dejaba que Jairo Daniel se encargase de todo. La música de la Sinfonía nº uno de Malher sonaba tímida por toda la estancia. A las ocho menos cuarto de aquella tarde primaveral, todo en perfecto orden, Jairo Daniel invitó cariñosamente a la mesa a Yolanda, ayudándola a incorporarse y acomodándola suavemente como si de una princesa se tratase. Yolanda estaba excesivamente delgada y el moño negro con el que vestía su cabeza alargaba su cara y pronunciaba sus pómulos maquillados de un marrón terroso y que a la luz de las velas demostraban su tez dura aunque amable.

Encima de la cama, las maletas listas.

La cena, a base de verduras y hortalizas crudas, bañadas en abundante aceite de oliva y poca sal, tal como gustaba a Yolanda. Salmón ahumado, marisco fresco y una botella de vino blanco bien frío completaban el menú. Hablaron amistosos toda la velada, cruzaron miradas, se tocaron las manos, las sonrisas tristes se hicieron cómplices y compartieron el tiramisú casero que enloquecía a Yolanda, junto a la bandeja de fresas con nata que dejaron a medias, ya exhaustos de placer.

Yolanda Ivanova no  quiso bailar, tras la cena, con Jairo Daniel Pekarovich el vals que sonaba en ese momento de Tchaikovsky, La Bella Durmiente, pero sí se dejó acariciar y besar suavemente mientras  él la desvestía y a la vez plegaba amorosamente su ropa, dejándola reposar al lado de las maletas inertes encima de la cama, ya para siempre fría. La bañera, paciente, con el agua  caliente y de pura espuma blanca con aroma  mezcla a vainilla y flor de azahar. Las copas de cava helado a cada lado de la bañera, junto a las velas resplandecientes. Cuando Yolanda se durmió, terminada su copa de cava, Jairo Daniel, con la templanza del maestro de asesinos, las manos expertas, rebanó las muñecas de muñeca de porcelana, dejando caer a los lados y fuera de la bañera sus brazos chorreando ya, gota a gota, su sangre como río nuevo que brota de las entrañas de la oscura alma. No rodaron sus lágrimas hasta pasados unos minutos y mientras miraba la dulce cara ladeada y aún hermosa de la que ya era muerte, con la misma frialdad acabó con su vida, sus manos morenas teñidas de un rojo que se vuelve casi ocre en contacto con el agua de la enorme pila donde Yolanda Ivanova y Jairo Daniel Pekarovich vaciaron sus vidas.

A los dos días, Juanita, la mujer que limpiaba el ático dos veces por semana, encontró los cuerpos inmóviles y apagados y no reclamados por nadie todavía. Junto a las maletas, un sobre y una nota que decía: No queremos seguir viviendo de espaldas al mar.

















Entradas populares