DE ESPALDAS AL MAR (IV)

IV De nostalgia y esperanza










El lunes es fiesta en Barcelona y María y yo, cuando nos hemos saludado esta mañana de sábado,  hemos decidido pegarnos una juerga como las de hace veinte años. Saldremos mañana por la noche sin muchas pretensiones salvo las de beber, bailar, reír y guiñar algún ojo inocentemente si algún personaje nos alegra la vista y nos acelera el corazón. Por eso vamos a darnos el capricho de comprarnos algún trapito con el que presumir y decidimos vernos  en una hora. Hemos desayunado cada una en su casa. Yo una taza de café doble con leche y unas tostadas con aceite y jamón. La ducha me ha reconciliado con el mundo en este día en el que el sol se impone autoritario y mis ojeras no disimulan para nada lo poco que he dormido. Yolanda Ivanova me ha contado esta madrugada, mientras dibujaba mi retrato con mucha atención, que el corazón de la Sra. Paquita está muy débil. Pero cuando le he preguntado si me hablaba de su corazón físico o de la parte que manda en sus sentimientos, ha levantado la vista del dibujo y sonriendo amargamente ha vuelto a desaparecer. Ya no he podido  pegar ojo y hasta que ha sonado el despertador he tenido tiempo de pensar largo y tendido en mi ex, en mis padres, en la Sra. Paquita, en Oriol, en mi novela y en la desidia que a veces irrumpe en mi cabeza, todo en ese orden y todo enredado.
Tras la ducha hemos bajado bien perfumaditas hacia el centro comercial que tenemos a cuatro paradas de metro de casa. Suerte que es temprano y el metro a esas horas apenas va lleno, así hemos podido tirar sin problema de la silla de la Sra. Paquita que estaba muy contenta y cantarina. Las tiendas están medio vacías la mayoría y hasta que no ha pasado un buen rato no ha comenzado a molestar el hormigueo de gente. Familias con niños, bebés gritones, adolescentes impulsivas, parejas altivas y desganadas, carros con compras, pijas con bolsos caros y excesivo colorete en sus inexpresivas caras, tiendas de chuches, de animales, de delicatessen, zapatos, ropas, bolsos, peluquerías, perfumerías, relojerías, ópticas de firmas exclusivas, bares y cafés acogedores, todo para despertar deseo, admiración y necesidades innecesarias y María probándose vestidos invadida por el frenesí, la Sra. Paquita dando, o no, su aprobación mientras yo compro barras de labios, sombras de ojos, pintauñas y anillos y pulseras. La verdad es que hemos acabado agotadas pero riéndonos a muerte de mucha de la fauna humana que nos hemos cruzado en el camino. Esta mañana salimos con ganas de ser malas y de volver a los quince años, lo reconozco, y la verdad que ha sido divertido pero también superficial y efímero, afortunadamente. Después del trajín hemos salido del centro comercial y nos hemos acercado a uno de los muchos bares que hay abiertos en la zona con intención de  explotar el público que se acerca al centro. Hemos encontrado un bar de tapeo con una terraza cuca  rodeada de macetas al estilo andaluz y ya a punto de quedarse sin mesas. Dos cañas bien frescas y un vichy catalán. El camarero, alto y muy moreno le ha guiñado el ojo a la Sra. Paquita cuando nos ha traído las copas y las olivas rellenas y a partir de aquí ésta se ha puesto a llorar desconsolada y no ha parado de repetir que allí estaba Pepe el Romano y que quería hablar con él. Ni María ni yo tenemos ni remota idea de quién es el tal Pepe pero cada vez que el camarero salía a atender las mesas se mascaba la tragedia con los llantos de ella. Al final se ha acercado a nosotras y con su  ligero acento ha intentado consolar a la Sra. Paquita haciendo alguna broma. No es un descubrimiento decir que la vida está llena de sorpresas y que este mundo realmente es un pañuelo. El camarero es el dueño del bar desde hace unos meses y se llama Fernan. Su familia es de Jaén, aunque él ya nació aquí en Barcelona y a su abuelo siempre lo apodaron el Romano, Pepe el Romano.


Cesc está en un congreso internacional de cardiólogos todo el fin de semana y Mariona, su mujer, no quiere hacerse cargo de la yaya Paquita ella sola y en lugar de atenderla en casa, como es su costumbre, ella y Cesc han decidido que su hijo Gerard de dieciocho años sea el que se encargue de cuidar de la yaya en su propia  casa, tal y como hace siempre Oriol, porque ya es hora de que conozca en sus carnes el peso de la responsabilidad y empiece a pensar en alguien más que no sea sí mismo. María ha estado a punto de anular nuestra cita adolescente por miedo a que la Sra. Paquita no estuviera bien atendida pero entre su hija y yo la hemos convencido para que salga. Gerard ya es un adulto, sí, con la testosterona efervescente y todavía pululando por su sangre alguna hormona de inmadurez, sí, pero es la decisión de Cesc la que prevalece sobre otras así que Gerard lleva desde las nueve de la mañana  del domingo amenizando con la música de Manel al vecindario. María se ha empeñado en quedarse al menos hasta el mediodía allí, para poder prepararles la comida y la cena y dejarla acomodada para su siesta. Curiosamente, su hija Melina se ha ofrecido a pasar la tarde-noche con la Sra. Paquita y con Gerard para ayudarle con las tareas y para que de alguna forma su madre se quede un poco más tranquila. María no sabe que bicho le ha picado a su hija pero debe ser un bicho interesante y está encantada de ver pasear a Melina por toda la casa junto a Gerard.


María está espectacular, muy guapa, con el vestido rojo que se ha comprado. Sus pronunciadas curvas dibujan una silueta casi perfecta gracias también a un trasero perfilado con trazos de artista. Está morena y ha recogido su pelo color café, que hace juego con el tono de su piel, en un moño alto y peinado  con descuido adrede. Apenas va maquillada, sus labios de fresa madura. María me saca una cabeza, aún con mis sandalias negras de diez centímetros de tacón. Es una tiarrona de cuarenta y cinco años apetecible y sensual. En lo único que nos parecemos físicamente María y yo es en el color de nuestro pelo y en el brillo de los ojos. Yo he optado por mis tejanos preferidos y una camisa de tirantes de seda negra. Mi pelo, liso y escalado hasta la mitad de mi espalda. Intento ocultar mis numerosas pecas, convidadas sin mi permiso por los primeros rayos de sol, con un maquillaje en consonancia con el color de mi piel, que ilumina  mis mejillas y he marcado mis ojos con  pincel y rímel negro para acentuar más todavía la  espesura de mis pestañas. Mis labios son la sombra del sol en una cereza.










Nos hemos pateado ya varios bares en algunos de los cuales algunas gatas celosas han querido atacar sintiendo peligrar equivocadas sus dulces pájaros de juventud. Me siento como si hubiese montado un circo para creerme feliz y me hubieran crecido de repente todos los enanos, por lo que para soportar un rato más la decepción bebemos cerveza como agua bailando canciones desconocidas junto a adolescentes desenfrenados rodeados de Estrellas, Heineken, whisky con cola, vodka con naranja, y chupitos de ron y tequila en sus entrañas. En el bar  donde hemos decidido  terminar la noche me reencuentro por fin con un pasado que todavía participa de mi ser. Música de los ochenta, grupos de personas con una edad más acorde a la nuestra. Me abandono a la comodidad de lo conocido y continuo contando a María las batallitas de hace años con la seguridad del que juega ya en casa. Ambas, desde las tablas que nos da la experiencia, nos prestamos atención con un oído en la conversación, una mano en nuestra copa y los ojos en un atractivo trío de hombres con los que acabamos pasando nuestra particular fiesta entre risas y una gran complicidad. Khaled, un francés de origen argelino, que pasa unos días en Barcelona, su amigo Pau, catalán recién separado y por el que están esta noche aquí y David, amigo de Pau, casado de hace años y bien casado. Khaled muestra desde el principio un interés, digamos sano, por María. Su táctica e intención es clara desde el principio por lo que María va a dejarse querer hasta el final. Cuando la música se convierte en ruido decidimos marcharnos y nos acompañan a casa Pau y Khaled que han venido juntos en el mismo coche. Mi amiga y el francés suben juntos, sin esperar, con las llaves de mi piso en la mano mientras Pau y yo, al que invito a subir por cortesía, entendemos que no es nuestra noche y seguimos  charlando un largo rato en el coche, de manera improvisada y sin más intención que la de arreglar el mundo con ideas surgidas de una ingenua verborrea  más propia de la borrachera que llevamos, sobre todo yo, que de las ganas por solucionar crisis y problemas mundiales. Intercambiamos teléfonos con la intención de continuar en contacto y nos besamos de forma totalmente natural en los labios.

Tengo ganas de pillar la cama, y como no será la mía, subo en el ascensor pensando en consolarme aspirando el rastro de Oriol en su almohada. Me descalzo nada más entrar para no despertar a la Sra. Paquita y sonrío al imaginar el festival que tendrá montado María con Khaled en mi piso. En el baño hace frío, y siento mientras me desnudo los escalofríos propios que provoca el alcohol en la soledad de la madrugada. Por eso corro ya inquieta y cansada hacia el cuarto de Oriol. Dos cuerpos enamorados yacen en su cama, despojados de cualquier ropa que turbe su sueño. Es una imagen preciosa contemplar como Gerard recoge toda la cintura de Melina con su abrazo, entrecruzadas sus piernas, mientras absorbe el aroma de su pelo negro. Los discos de Oriol tirados por el suelo, la Play de Gerard al borde de la cama a punto de estrellarse en el indiferente suelo que está vestido por la inmensa sábana. El tocadiscos haciendo de mesita con los vasos medio llenos de hielo deshecho y ron añejo. Cierro despacio la puerta y me siento feliz por saber que la cama de Oriol está caliente bajo el peso hermoso de la juventud.
La habitación de Cesc se me aparece de un azul frío y huele a cerrado y a humedad. Abro la ventana para intentar que corra algo de aire pero es imposible porque es de interior, y aunque ahora mismo quiero estar en otra parte, ya no lucho, caigo rendida mientras permito que, esta vez, sea la tibia luz que filtra la vieja ventana la que entorpezca mi descanso.



Entradas populares