DE ESPALDAS AL MAR (V)

V Pepe “El Romano”






Una ligera brisa entra por el estrecho balcón ayudando a relajar los sentidos ya medio adormecidos por la sobremesa. Oriol ha cocinado hoy una paella de marisco con bastante acierto y hemos tomado casi una botella entera de un Rueda fresco y dulce. El café nos espabila sólo el tiempo justo para que acomodemos a la Sra. Paquita en su mecedora. En televisión la película Los Tarantos la transporta a otros instantes y sabemos que su memoria discurre lúcida por calles cercanas y domingos hermanos a éste que podemos imaginar a través de sus ojos vidriosos y la sonrisa nostálgica que permanece en su cara. Oriol fuma tranquilo acompañando con su vista la pantalla pero con su mente en otros mundos íntimos, secretos para mí. Yo apoyo la cabeza en sus piernas, medio estirada  en el viejo sofá testigo excepcional de tantos hechos y me dejo llevar por las conversaciones y el murmullo de las olas en la película, con los ojos cerrados, abandonándome a lo irreal entre palmas y bulerías mientras el sonido del  “zapateao” de Carmen Amaya me hipnotiza y me embarca en un sueño espeso  con escenarios comunes en un tiempo siempre vivo.

Hace un viento descomunal y las hojas secas que anuncian el otoño revolotean en círculo por toda la avenida que a esas horas ya vive de las  sombras de un sol que duerme entre montañas. Pepe “el romano” apaga su cigarro a la vez que comienza a sacar brillo con brío y energía a los zapatos limpios de ese gordo bigotudo. Sabe que la chica morena y alta no tardará en aparecer por  el café junto a su novio, también alto y moreno y con porte de señorito educado. Cada vez le da más vergüenza que le vea limpiar zapatos ajenos y quiere terminar rápido y desembarazarse de ese gordo para adoptar su postura interesante de transeúnte casual. Desde su llegada a Barcelona junto a sus padres y hermanos ha hecho todo tipo de trabajos para no pasar hambre, aprendiz de soldador en un taller, ayudante de electricista, hasta matarife en un matadero, pero de todos esos trabajos ha sido despedido. Pepe que tiene sus propias normas, más leyes que un romano, de ahí su apodo, no soporta que le den órdenes si éstas son evidentemente absurdas y sólo impera en ellas el porqué yo lo digo. Luchador incansable contra las injusticias que le ha tocado vivir, protector de los débiles entre los débiles, su carácter revolucionario e inconformista le ha aportado todo tipo de inconvenientes, más de un altercado con la autoridad y cero satisfacciones. Pepe es un joven de gran corazón que se esfuerza por huir de la incultura que le rodea y por controlar su impulsividad y la agresividad con la que defiende sus ideas. Es un comunicador nato, encantador de serpientes, pero le pierde su pronto, su excesiva energía a la hora de exponer sus razones. Su sueño es ser abogado para proteger a los de su clase e impedir los abusos a los que son sometidos.

La morena aparece caminando segura, con su moño bien alto y su sonrisa entre guasona y estirada, del brazo de ese señorito que sí es abogado recién licenciado y se llama Lluís Salvat. Es el hijo del reconocido abogado que lleva todos los temas legales de los negocios del Sr. Vives, padre de esa morenaza que le acompaña y del que heredará bienes en cuanto se case con ella, la risueña Paquita. Lo que no sabe Lluís es que los ojos de Paquita y Pepe “el romano”, brillan con la misma intensidad cuando se miran al cruzarse.



Pepe ha llegado exhausto, arrastrando el enorme saco de carbón y las garrafas de agua tirando del pequeño carro como si de un mulo se tratase. Cuando lleguen  sus padres del trabajo y sus hermanos pequeños del colegio habrá encendido ya la lumbre para que la casa se mantenga caliente durante toda la noche. Mientras ellos duermen él irá a encomendarse a la luna y a darle las gracias mientras el rumor del mar le reconforta y le ayuda a imaginar que su suerte ha cambiado. En la playa de Somorrostro se pasa frío y se come poco pero las ilusiones se resguardan y alimentan al amparo de la arena brillante bañada en sal en armonía con el universo. Paquita le quiere, su anillo de recién casada en el bolsillo del caro abrigo, y han sellado su amor bajo la mirada de un cielo estrellado y cómplice de la libertad con que se aman. Adora a esa mujer, tres años mayor que él pero inquieta e infantil, creativa, culta, descarada e indomable para  la sociedad. Es bella y cariñosa a veces y caprichosa y pasional casi siempre y Pepe sabe que junto a ella no hay hambre ni dureza capaz de arrebatarle la felicidad.


El llanto de mal agüero, quejido continuo y agudo de un perro abandonado me despierta de ese sueño intenso y me hace estremecer. Ha oscurecido completamente y me encuentro sola en el comedor de la Sra. Paquita. Estoy inmóvil, apenas puedo ni quiero desperezarme y entre perpleja y perdida entro de nuevo en duermevela escuchando lejano el bajo de Oriol fiel acompañante del silencio roto.


El piso de la Barceloneta que les prestan para amarse todavía permanece en penumbra, las cortinas totalmente echadas absorbiendo el olor a mar que traen los pescadores y se cuela por cualquier resquicio abierto. La habitación es pequeña pero está limpia y es acogedora, su pequeño barco donde reman sin tiempo ni destino conocido. Siempre es mucho mejor que un encuentro improvisado en último momento en la barraca de Pepe o con el oleaje enfurecido bañando ya sus pies en cualquier rincón de la playa. Pepe descansa fumando pensativo mientras Paquita apoya su cabeza en su robusto brazo. Ella tararea contenta una canción moderna a la vez que besuquea la cara morena de Pepe “el romano” pero se sobresalta al ver la hora en su reloj de plata. Tiene que irse corriendo para recoger a Eulàlia que ya debe haber terminado su clase de piano. Mientras se viste apresurada abrochando su larga y ajustada falda gris la puerta de la estancia se abre bruscamente y tres hombres como moles irrumpen entre gritos e insultos. Uno de ellos acorrala a Paquita contra la pared y cuando se asegura que los otros dos tienen bien agarrado a Pepe comienza a abofetearla y darle patadas por todo su delgado cuerpo mientras cae ya casi inconsciente, intentando protegerse con sus manos como pantalla, con un lamento mudo mientras de su piel brotan moratones y la sangre resbala por su nariz. El romano corre peor suerte. Cuando Paquita es arrastrada contra su voluntad para llevársela de allí, roza con su mano temblorosa la cara de Pepe, que permanece inerte, pintada con la sangre encharcada su silueta, en el suelo frío y testigo de la desvergüenza.

Escondido en una esquina de la angosta calle llora desconsolado Lluís Salvat que observa cómo su mujer desfigurada es introducida en el coche que arranca a toda prisa rumbo a una vida que todos entienden como decente. Ni siquiera ha sido valiente para ensuciarse las manos contra el hombre que hace feliz a la mujer que ama.


La historia sabe que el matrimonio Salvat, para evitar el escándalo, se marchó a vivir durante muchos años a la casa que los padres de Paquita tenían en Manresa y donde permanecieron junto a su hija Eulàlia hasta las muerte de Lluís por una infección respiratoria. Con su hija  adolescente Paquita volvió a Barcelona y ambas se acomodaron en el ático de la calle Fusina,  uno de los numerosos  pisos propiedad de la familia Vives. Tras su regreso, Paquita no paró hasta conseguir información de Pepe. Atando cabos y tras muchas preguntas a algunos conocidos de la época averiguó que éste sobrevivió y que vivía con su mujer y sus hijos en un minúsculo piso en el barrio del Polvorín regentando un modesto bar en las faldas de Montjuïc.



Una mañana que tuvo el valor suficiente se dejó caer por el barrio, su corazón latiendo a mil por hora, sus manos temblorosas. Merodeó por los alrededores, paseó, pasó su tiempo pensativa en los bancos del abandonado parque, cercano al bar esperando paciente con el frío vomitando en su nuca a que Pepe cerrara  su negocio, la madrugada ya dueña de las almas nocturnas. Vio cómo bajaba la  persiana ruidosa y se despedía de los últimos clientes con el alcohol bombeando triste sus corazones solitarios, víctimas de la realidad. Observó cómo subía la empinada cuesta que le llevaba hasta su casa con la evidente cojera que le acompañaba desde  aquella paliza brutal de hacía ya tantos años. Quiso gritar su nombre, correr tras él, abrazarle, decirle lo mucho que lo quería y lo echaba de menos pero algo ajeno a ella la paralizaba, inmovilizadas sus piernas por el peso de unas plomizas cadenas  invisibles que la condenaban a no seguir con esa historia. Aquella fue la última vez que vio a Pepe “el romano”, su figura esbelta, intuyendo su tez morena bañada por la oscuridad de la calle apenas iluminada por raquíticas farolas. Adivinó su gesto serio, herido por la crudeza de la vida, pero sin perder magnetismo. Recordó sus profundos ojos negros cuando la miraban con el brillo del deseo y lloró como aquella mujer que se volvió loca de amor una vez, hace ya, mientras los ojos del taxista la buscaban por el retrovisor con la curiosidad del testigo inadvertido.


He escuchado mi nombre, Magalí, y he notado las caricias en mi pelo. Llevo casi seis horas durmiendo y me levanto sudando, con la boca pastosa y la sensación de haber vivido en mis carnes la historia de Pepe “el romano” y de Paquita. Estoy muy nerviosa y le digo Oriol que no pasaré la noche con él. Antes de marcharme, entro en la habitación donde ella duerme. Analizo su cara, sus arrugas, sus rasgos que aún conserva hermosos y escucho la respiración de la que fue asesina de  convencionalismos y que ahora, y desde hace mucho, descansa ignorante y de repente siento cuánto comprendo a esa mujer. Ya en casa, todavía desconcertada, me cambio y preparo un termo ardiendo de té. La noche será larga sin sueño pero me conciencio porque ya no evito ni me asusta la probable compañía de Yolanda Ivanova. Mina ronronea contenta de tenerme cerca aunque yo me comporto con indiferencia, sin prestarle demasiada atención pues lo único que me importa en ese momento es no perder las ideas que brotan de mi cabeza con desazón y recordando las imágenes soñadas no puedo dejar de escribir en ese word que ya no es huérfano pero sí caprichoso.

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