DE ESPALDAS AL MAR (VI)

VI Naúfragos





No ha parado de llover en toda la noche, una lluvia fina de ritmo elegante y pausado, preludio de un otoño que se dejará querer, caballeroso mitigador del sofocante verano. He tenido tiempo de pensar en nada observando largo rato el baile nostálgico de las camufladas nubes entre  la oscuridad de la noche y la suya propia y relajarme con el sonido de las millares de gotas al chocar contra el asfalto, desde la penumbra de ese rinconcito de mi piso, dónde suelo leer los libros que conquistan mi vigilia. Mi cómodo sillón prestado, mi lámpara mini, ideal para enfocar sólo lo interesante, mis gafas cómplices, viejas ya y pasadas de no sé qué moda. Todo ubicado en el mismo lugar donde Yolanda Ivanova veía crecer sus flores en primavera y morir en el crudo invierno, dónde lloraba en la soledad del que extraña ser visto, sentido, entendido. Yo no veo flores en mi balcón, viste desnudo el frío hierro forjado de la barandilla antigua, esperando un amante que la delate y la aparte del cómodo pasar de su vida. Mi atención es casi siempre para la luna y cuándo ésta  está ausente sólo diviso y observo desde esa altura las terrazas de los bloques vecinos, las cuerdas de la ropa y la ropa  tendida, las macetas con pensamientos, peonías o violetas que otros miman y alguna vez que otra la silueta de algún insomne mientras fuma ávido el que siempre dice será el último cigarrillo del día, a pesar de ser casi siempre las dos, las tres, las cuatro de la mañana. Y el cielo inmenso aplastando con su grandeza nuestras insultantes cabezas. Junto a Yolanda Ivanova he intentado llorar para sacar de mí sin violencia la pena que a veces asalta lo más incierto de mi alma. Pero ni una lágrima ha rozado mi mejilla ni ha bañado con su sal mi corazón para sanar cualquier herida y esta mañana, a pesar de que el sol ha ganado impetuoso la batalla a la lluvia, ando bastante desosegada.

En casa de la Sra. Paquita, está Charo “la andaluza”, una peluquera sevillana de unos sesenta y pocos años que como cada fin de mes ha venido a arreglarle el pelo para que lo luzca negro y brillante como cuando tenía veinte años. Charo “la andaluza” es amiga de toda la vida de la Sra. Paquita. Siempre ha peinado a amigas y vecinas en la pequeña peluquería clandestina que tiene instalada en una de las habitaciones de su casa. Peina por placer pues su marido tiene un buen trabajo y de joven sólo lo hacía como una pequeña ayuda a la economía mientras los niños crecían. Cobra siempre un importe simbólico y desde que la Sra. Paquita está imposibilitada en la silla de ruedas viene a casa y le pinta  y peina el pelo gratis. María y yo, que me he unido a la fiesta, le pagamos siempre diez euros, nos haga lo que nos haga y siempre quedamos tan contentas. María ha notado mi mala cara nada más aparecer, al igual que Charo y no se han sorprendido cuando les he vuelto a contar lo mal que he dormido. Mi noche es un sin parar de sueños que vivo en primera persona, que siento y que sufro. Mientras escuchamos un cd con los cien mejores boleros de la historia, por lo menos eso dice su portada, para alegrar el rostro de la Sra. Paquita, y nos dejamos acariciar el pelo por la mano experta de la andaluza, les relato el intenso sueño que tuve poniendo cara y cuerpo a la, de momento, supuesta historia de Pepe “el romano” y la una vez joven Sra. Paquita. El sueño nos ha llevado a recordar el día que ella creyó ver a Pepe en el bar de Diagonal Mar. Charo conoce algo la historia, por lo menos bastante más que María y yo que no teníamos ni idea, y nos asegura que Pepe “el romano” existió a la vez que nos confirma que Fernan, el dueño del bar, es su nieto. Hacemos tanto café que seríamos capaces de mantener despierta sin pestañear de por vida a la mismísima Bella Durmiente y escuchamos atentas a Charo mientras la Sra. Paquita se entretiene ya hablando amorosamente con alguien de la tele.

Nos cuenta la andaluza que recuerda desde pequeña cómo en su casa siempre se habló de esta historia ya que su tía Carmela fue la que durante mucho tiempo les prestó una de las habitaciones de su casa, ésa en la que los amantes fueron agredidos por sorpresa y separados para siempre. Carmela los conocía bien a ambos, a Pepe “el romano” mucho antes que a la Sra. Paquita, y los llegó a apreciar y querer casi como una madre. Años después del suceso, a su llegada a Barcelona, Charo  vivió durante algunos años en el piso de su tía en la Barceloneta y en concreto había dormido junto a sus padres y hermanos en la misma habitación que tantas tardes y noches había sido testigo de esas maravillosas citas prohibidas y recuerda, mientras charla, la figura esbelta de Pepe en las muchas ocasiones en las que venía a visitar a su tía, a veces solo, cuando charlaban durante horas y horas, sentados alrededor de la mesita cercana al gran balcón, la espesa nube de humo de los cigarros haciéndolos prisioneros y riendo con la pena del que añora siempre. A veces con la familia algún domingo caluroso en los que no subía a casa pero se sentaba en el bar de enfrente y se bebía su cerveza mientras sus hijos chillaban y se peleaban al jugar y a su mujer se le llenaba la cara de una rabia envenenada al observar como Pepe se abstraía al buscar con sus ojos los ojos de aquella mujer que un día caminó junto a él por esas calles estrechas y sucias del húmedo pero popular barrio pesquero. Charo nos explica, absorbiendo el segundo café ardiente,  que hace unas dos semanas que Pepe “el romano” ha muerto. El padre de Fernan, con el que mantiene contacto y es el único hijo de Pepe que vive en Barcelona pues los demás se volvieron a Jaén tras la separación de sus padres, así se lo ha hecho saber hace apenas unos días y le ha contado que Fernan, muy unido a su abuelo está bastante afectado. De Fernan no sabe mucho, lo poco que le ha referido el padre del mismo, que está casado con dos hijas pequeñas y que desde hace poco regenta el bar que ya conocemos.

Cuando Charo “la andaluza” se marcha María y yo alucinamos con la historia. Mi sueño, que no sabemos cuán lejos o cerca está de la verdad pero que fue tan profundo como la realidad, y la coincidencia de sentarnos en aquel bar de entre todos los que hay en la zona y conocer, sin saber, al nieto de Pepe, del que presumimos guarda un parecido considerable con su abuelo a tenor de la reacción de la Sra. Paquita, me activa. Tras una larga sobremesa de especulaciones me vuelvo para mi piso. No tengo ganas de hacer nada. La andaluza ha revolucionado mi cabeza. Pienso en Pepe muerto, pálido el rostro  hoy, ese Pepe “el romano” que se metió en mis entrañas y llamó a mi puerta aquella extraña tarde de no hace mucho. Pienso en Fernan recordando con cuanto cariño consoló a la Sra. Paquita desconociendo que lo hacía con la mujer que probablemente más amó y más deseó su abuelo y siento la curiosidad de indagar más, de saber si Fernan tiene alguna remota idea y sabe de la existencia de Paquita y la relación que mantuvo con su abuelo. Me ducho con la urgencia del que llega tarde pero me maquillo para distraer a mis ojeras con la meticulosidad del profesional. Camiseta de rayas marineras de tirantes, vaqueros ajustados, botines por si la lluvia me sorprende y americana estrecha azul marino para que el frío no sienta la necesidad de incordiar. Mi pelo recogido en un moño alto y mi enorme bolso, que vacío de lo prescindible para hacerlo más llevadero, completan mi fachada. Adiós Mina, vuelvo en un rato, necesito despejarme y tras el portazo, el silencio sólo es interrumpido de nuevo por el aullido endeble de mi consentida gata y el ruido chirrioso del ascensor al caer.

Paseo por las calles aún mojadas disfrutando del paisaje y la buena temperatura me permite caminar con la americana en la mano. Cómo agradezco vivir junto a la playa, cómo disfruto de ese olor único y genuino que sólo sienten las personas que han mamado mar toda su vida. La brisa es fresca y agradable y me dejo acariciar por sus vaivenes, con esa mezcla de sensaciones saladas que invaden mi paladar y mi garganta. Mi mente divaga compartiendo paseo con enamorados y solitarios que admiran como yo la grandeza del mundo llevados quizás por una nostalgia pasajera. Poco a poco, al tiempo que la noche se apodera de la luz, llego al lugar donde un hombre mira sin atención una televisión enorme que deja ver en su pantalla un telediario que podría ser el de ayer o el de hace veinte años pues parece que nada nuevo se ha movido bajo el sol. Sólo hay dos mesas ocupadas, en ambas dos parejas que bien podrían ser de amigos o de futuros desenamorados. Me siento en la barra y sólo entonces el camarero reacciona y cambiando de canal se gira hacia mí con una sonrisa y unos ojos enormes que parecen reconocerme sin ubicarme. Es guapo y muy alto, con unos ojos tan verdes y oscuros como su pelo, que crece desordenado y ondulado. La cerveza que me sirve está tan fría que hasta Fernan ha notado el escalofrío que  recorre mi desnudo cuello al tomar el primer sorbo, hecho que aprovecha para empezar a hablarme. Cuando nos damos cuenta estamos solos. Rubén, el cocinero, y las dos parejas hace rato que se han marchado como fantasmas y en lugar de la tele nos acompaña una música que suena entre jazz y bossanova. Yo me siento como la sirenita en el fondo del mar y Fernan debe sentir algo parecido pues insiste en invitarme a cenar algo mientras baja la persiana de su acogedor bar.

No sé muy bien por qué le he dicho que sí y no sé si él estará pensando lo mismo que yo pero lo cierto es que dentro de lo extraño de la situación nos encontramos a gusto, se palpa en el ambiente. Fernan va cortando algo de jamón y preparando un poco de pan con tomate, mientras comentamos la anécdota de la Sra. Paquita el día que nos vimos por primera vez. Me confiesa que se quedó un poco tocado por la situación pues reconoce que su abuelo le había contado su historia de amor y sabía que Paquita era el nombre de esa mujer que siempre llevó en su cabeza y se sintió inquieto al pensar en la posibilidad de que fuera ella la morena que enloqueció a su abuelo aunque no le quiso dar importancia hasta dos días después, cuando su abuelo Pepe murió de forma repentina. Hacía más de dos semanas de esto y aún seguía dándole vueltas a nuestro encuentro e incluso se había planteado buscar a la Sra. Paquita porque ya no sospechaba que esa mujer era el amor de su abuelo.

Parece ser que mi visita instintiva se lo reafirma y le ha puesto tan melancólico como feliz.

Hemos abierto otra botella de vino tinto y seguimos la charla en la penumbra del bar. No se oye ni un ruido del exterior, sólo nuestras voces que son casi susurros a pesar de que la música de fondo hace mucho que la dejamos de escuchar. Fernan me cuenta que tiene dos hijas gemelas preciosas de cuatro años, Marta y Sofía y que lleva como puede eso de ser padre, pues las ganas de serlo no garantizan que sea un trabajo plácido. Apenas me habla de su mujer, quiere pasarla por alto y ambos lo notamos. Yo no incido en ese tema aunque siento una curiosidad espantosa por descubrir tanto su  vida como esa historia de Pepe “el romano” y Paquita que él conoce bien por boca de su abuelo.

Poco a poco la botella se acaba, al tiempo que las palabras, y sin pensarlo nos estamos besando como si fuéramos dos adultos rotos de dolor, con la premura y la avidez del que convive mucho tiempo con la melancolía y necesita huir de sus fieles ataduras. Así hacemos el amor, liberando con cada caricia la parte de la tristeza que tanto nos pesa y al acabar, negando cualquier reflexión que vulnere nuestra paz, nos vestimos en silencio pero tan cómplices que la sensación ahoga por evidente. Conscientes de la complejidad que conlleva esta nueva situación hemos decidido que vamos a volver a vernos. No me ha contado casi nada de su abuelo Pepe, sólo por eso, simplemente por eso, deseamos vernos y explorarnos otra vez.





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