Cerrando la puerta

Cerrando la puerta


El camarero me increpa y desafía, insultándome sabedor de que su provocación no me dejará impasible y de que su deseo sigue mandando a pesar de mi rechazo. Su barba sin afeitar de varios días le hace tan atractivo que sus kilos de más pasan desapercibidos a la vez que la chispa que viste sus ojos negros se proyecta detrás de la barra con la misma intensidad que sus palabras. Yo no me amedranto y le replico con la fuerza del paciente y del indiferente, a la vez que controlo los pasos de mi amigo que ya se dirige a él sin pensárselo dos veces. Pido la cuenta, por la que me pide más de treinta euros mientras me amenaza para que no volvamos. Le tiro los billetes en el mostrador y con mucho esfuerzo cuelgo de mis hombros a mi amigo quien se tambalea tropezando a cada paso que damos, arrastrando esos pies que un día imagino fueron muy hermosos. En la calle el impacto de la luz del sol en nuestras caras nos abofetea y nos acoge cínicamente con el intenso calor que desprende a pesar de que las hojas han caído hace algún tiempo. Por momentos la luz es tan blanca que duele y el calor pesa en mi cabeza. Intento adivinar dónde nos encontramos. Las calles son angostas pero apenas pobladas a esas horas, que calculo ronda el mediodía. Estamos rodeados de solitarias tiendas rústicas y restaurantes pintados con bonitos colores en tonos verde sapo, rosa fucsia y azul mar y a pesar de la situación, perdidos, desorientados y cansados como estamos me dispongo a disfrutar de ese paisaje para apartar de mi mente el azul oscuro del vacío y echarme a las espaldas sin dolor el peso apagado del cuerpo vacilante de mi amigo.

Lo dejo recostado en un viejo árbol que da cobijo en la puerta del blanco apartamento mientras busco las llaves. Él agacha la cabeza, los ojos achinados, su boca hinchada y amoratada escupe sangre rosa regando el tronco del tosco árbol sin piedad y yo por fin abro la puerta dejando que la corriente acaricie mi nariz con el aroma del jazmín que todavía luce en el pequeño patio interior. Lo ayudo a entrar agarrándolo del fuerte brazo que se deja llevar por la inercia y observo cómo a pesar del pelo casi blanco que puebla su cabeza su mirada sigue siendo la de aquel adolescente que probablemente besaba a las chicas por sorpresa dejándolas encandiladas. Se acuesta en el sofá, sus chanclas en el suelo dejan ya sus pies venosos y morenos desnudos. Me gusta mi amigo y no sé ni su nombre, ni su edad, ni recuerdo por qué hablé con él o él conmigo.

A mí también me duele la cabeza, he bebido demasiado. Cuando una quiere alejarse de sí misma, bebe, por lo menos yo bebo y cuanto más lo hago más unida estoy a mí a través de la pena. Ya no tengo edad para beber y es probable que no sea mucho más joven que mi amigo, aunque no tenga canas en el pelo pero sí en el alma. Decidí arrancarlas una a una y nacieron a miles, como una plaga  de viejas sombrías empapando mi corazón, que me ahogan retorciendo con fuerza mis entrañas y me cansan porque no tienen el brillo de la felicidad. Hago café en la minúscula cocina, mi amigo se ha dormido y cierro la puerta del patio para que el aire no haga de las suyas en lo ajeno. Pienso en el camarero y recuerdo la intensidad de sus ojos negros. Miro a mi amigo y siento la ternura de un dragón de cuentos bueno pero despierto y recuerdo que en este apartamento prestado, hace dos días hacía el amor mientras lloraba y lloraba mientras hacía el amor con otro amigo al que quería pero que ya no quiero. Por eso hoy bebía para olvidar el lejano lazo que me une a mí misma y a los demás.

Me dice que se llama Marcos y yo sonrío incapaz de decirle mi nombre. Mi amigo Marcos se levanta precipitadamente y corre hacia el lavabo que instintivamente encuentra al final del estrecho pasillo. Vuelve tenso y tiene fiebre y no toma café y apenas sonríe, sólo lo suficiente para marcar en su cara las arrugas que me den pistas sobre su edad. Le cedo la cama que no es mía pero que guarda mi calor, lo ayudo a desnudarse y busco algo de abrigo para taparle porque tirita y suda mientras aprieta sus dientes blancos y perfectos tapando la oscuridad de lo que lleva dentro mientras la noche empieza a mostrar la suya sin avergonzarse, paseándose lujuriosa a la luz del jazmín ante la luna. Yo no puedo cenar y sí puedo pensar, y mucho, en lo que es mi vida en ese instante presente. Cualquier persona que presuma de sentido común juraría que es una mierda pero a pesar de la soledad que acompaña a mi dolor de cabeza y de mi poco apetito me siento bien por primera vez en mucho tiempo y no sé por qué, tampoco quiero. Duermo en el sofá y sueño que estoy en el bar con el camarero que me besa de la misma forma que soñé que haría hace unas horas a la vez que me hacía la ofendida. Me muevo, me muevo mucho y me gusta lo que siento y cómo me siento. Es de día y apoyado en el quicio de la puerta de la cocina Marcos tiene una  erección y me desea

Han pasado siete días y mi amigo Marcos cocina en silencio mientras yo preparo mi maleta de vuelta. Fuma y bebe vino que acabamos de comprar en el supermercado que hay a varios kilómetros. Yo me acerco y bebo de su copa mientras canturreo y él sonríe y se rasca pensativo su frente con los dedos que sujetan el cigarro. Se pone guapo e interesante cuando no habla y a pesar de sus largos silencios sé que está casado, me confesó que pegó al marido de su amante, que tiene hijos casi adolescentes, habitantes extraños de su cotidianidad y un trabajo donde no trabaja pero en el que gana mucho dinero, aunque eso no le importa. Me contó que huye por el endeble puente que le mantiene atado a su rutina, esa absurda brújula que ya no tiene norte. Tiene casi cincuenta y un cuerpo y una vida con la que sueñan los aún ingenuos veinteañeros. Pero él no quiere nada, sólo escapa de lo que no reconoce desde hace mucho tiempo y en su huida cocina para mí y me lee por las noches para que me duerma con su voz perdida en sus infiernos. Me recoge los cabellos oscuros detrás de las orejas cuando gritamos en silencio por las tardes sentados frente a frente en el sofá y ahora que me marcho llorará como el hombre que descalzó sus pies sobre una cama que no conocía

La maleta está en el coche y se mueve ligera al ritmo del motor que ruge viejo cual locomotora. Marcos espera dentro y finalmente lo apaga. A media manzana en la calle empinada está el bar. Cuando entro dos clientes sentados en la barra se giran para verme y enseguida sus vistas se vuelven a fijar en sus vasos ya medio vacíos. Me siento en una esquina y pido una cerveza mientras la joven camarera me reconoce examinándome incrédula. Al tiempo que me sirve la cerveza el camarero sale de la cocina y me mira sin verme para volver a mirarme fijamente y apoya sus manos en la barra sin hablar, sus ojos fuego brillan aún más que la tarde que lo conocí. Pego un largo trago y siento de todo por mi cuerpo menos el gélido sabor de la cerveza. Pregunta si mi amigo está aquí, le contesto que es obvio que no porque si no estaría partiéndole la cara ¿A qué has venido? me pregunta. Se ha recostado y está tan cerca de mí que su aliento se mezcla con el mío y de repente susurramos. No sé de lo que hablamos, creo que no hablamos. Me ha dejado hipnotizada con sus ojos y su barba de varios días y me acerco más y le beso largamente en la boca con mis labios rojos dejándome llevar. Me gusta. El camarero no dice nada y sale de la barra sentándose a mi lado. Me marcho, le digo al sentir de nuevo su roce y no hace nada por retenerme, sólo observa mudo mis gestos girando todo su cuerpo hacia la calle

La cruda temperatura se hace notar y en mi maleta encuentro rápido la chaquetilla gris, de momentos grises metalizados, esos momentos que a pesar de lo oscuro y del desánimo que me hace compañía brillan para iluminarme desde el abrazo de la confianza. El mar está en calma y la humedad de la arena empieza a calar mi ropa, pero no me importa todavía, la brisa es limpia y me hace sentir cómoda. Hace rato que oí cómo rugía el viejo Vitara de Marcos, tan enfurecido como él al despedirse. No voy a volver a casa y tampoco quiero volver a ver a mi enigmático amigo ni al perturbador camarero por un tiempo. El billete de avión disimula su existencia entre las olas mansas, azules y blancas, esparcido sin rumbo y hecho añicos como algunas partes de mi alma. Tengo que pensar dónde dormir pero será dentro de un rato, cuando la humedad moleste, cuando la esperanza llame y me despierte de golpe cerrando la puerta e invitándome a correr despacio. De momento, viajo sola visualizando los caminos que quiero recorrer mientras mi único deseo es vivir sin esperar nada






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