CAPÍTULO VII DE ESPALDAS AL MAR

INTENTA NO RESPIRAR

Bajo la ducha la vida se ve clara y no confusa y las lágrimas ya no mojan ni desdibujan mi rostro. La lluvia que limpia las tripas viejas de mi ciudad se funde con la danza relajante, clásica y repetitiva de mi aseo diario que pretende sacar brillo a mi alma caprichosa. Llueve con las ganas del asesino compulsivo pero el cielo no es gris porque la luz que entra por la ventana me hace sentir bien. Ya no estoy triste.

Odio conducir pero he quedado con Ricard para comer en la otra punta de la ciudad y no quiero llegar ni tarde ni empapada, por eso hoy mis zapatos no deshacen mis pasos en el sucio suelo del metro. Hace tanto que no lo veo que no se me hace desagradable ni el sonido chirriante del limpiaparabrisas en el deslucido cristal, ni los semáforos inoportunos, ni los comentarios groseros de los impertinentes taxistas.

Con Ricard todo es fácil, es la dulzura personificada, te mira todo el rato con su sonrisa inacabable y te quieres enamorar de él con la graciosa inocencia del adolescente impetuoso. Es un caballero y un gamberro, un amante sin tregua de la vida. Yo quiero perderme diligente en su optimismo y envolverme en su abrazo eternamente. Con él no me siento desorientada ni aturdida ni tengo que mostrarle mi careta, él me la arranca  con sigilo mientras yo me he rendido, hace mucho y sin saberlo, apuntando decidida con flechas que caen como un baile de plumas. Inocente.

A pesar de la nube quejosa y permanente, desde el restaurante donde hemos comido hay unas vistas espectaculares de Barcelona. El declive inesperado del día hace que las distinguidas  farolas luzcan antes de tiempo, plácidas e impecables, implacables, seguras, perpetuas, favoreciendo un juego de fugaces estrellas en el cielo de la mágica montaña del Tibidabo. Maquillaje perfecto de esa ciudad imperfecta donde Ricard me explica entusiasmado los proyectos que tiene para mí, para mí junto a él. Juego con el hielo en mi boca tras el último sorbo de mi segundo Baileys mientras miro embobada su boca y me fascina tanto que intento conquistarlo con mi ingenua mirada de mujer miope. Sé que él me mira con las ganas del que besa por impulso pero siente el vértigo del amante que se cree inmaduro y no merecedero. Yo estoy bebiendo demasiado y me prohíbo mentalmente caer en más tentación que la de sonreír  mientras Ricard observa mis mejillas perfectamente iluminadas y la chispa pululante de mis ojos

Descubro su mano cálida acariciando con descuido uno de mis pezones y escucho su respiración tranquila mientras observo entre penumbras la cara de Mina que intenta llamar la atención con su penetrante mirada fija. Es de día pues un efímero rayo  se cuela por la ventana partiendo en dos la cara de mi gata enojada. Me giro y observo el rostro de Ricard que duerme como el bebé que por fin ha ganado la batalla a su recién estrenado diente. No puedo creer que haya sucedido, me siento avergonzada y realmente perdida. Me gusta mucho Ricard pero además de ser mi jefe está enamorado de otra mujer y yo no he parado hasta meterlo en mi cama. Me levanto silenciosa y refresco mi boca con agua bien fría antes de esconderme bajo la aliada lluvia  de mi ducha. Con rabia intento recordar en qué momento rompí mi promesa de no beber más y de evitar seguir seduciendo a Ricard cuando oigo su voz ronca y adivino tras el cristal templado su silueta y sus dedos corriendo la mampara. Observo su sexo, con mis ojos empapados y limpios, hermoso como pocos, reclamando mi atención. Nos besamos conteniendo el aliento hasta extenuarnos y sin mediar palabra hace girar mi cuerpo, mis pechos rozan la húmeda pared de piedra mientras sus manos expertas buscan mi sexo penetrándome por detrás con el suyo que dirige con la furia del preso recién liberado, duro y exigente. Y gemimos y escuchamos el agua caer, rompiendo únicamente el silencio de nuestros gritos internos.

Cuando escucho la puerta cerrarse me arrodillo derrotada dejando rodar el agua sobre mí sin intención de moverme ¿Con cuántos hombres he compartido el calor de mi cama en el último año sin más intención que no sentir la claustrofóbica angustia ante la vida? Intento no pensar en eso, intento no respirar pero el parpadeo de mi portátil que veo a través de la puerta entreabierta me hace reaccionar. El documento Word quiere absorber con angustia las ideas amontonadas en mi cabeza durante mucho tiempo y escribo, escribo, escribo con la pasión del condenado a muerte irremediablemente.




Las luces brillan borrosas, amarillentas y rojas, lejanas, y se reflejan en sus ojos vidriosos y grandes. Sonríe orgulloso y sigue bebiendo intentando con torpeza seguir el ritmo de la música que suena alta y poderosa pero está tan feliz que el ritmo es lo de menos. Baila rodeado de mujeres hermosas que buscan amante ocasional sin más pretensión que la de pasar un buen rato y dar un buen chute de autoestima a su ego tóxico y apagado. Sus socios han desaparecido hace rato y sólo tiene controlado al pez gordo con el que acaban de firmar el contrato más importante de sus carreras. Desde que llegó a Barcelona con su familia todo ha sido meteórico, hacia arriba y la nube en la que vive todavía no está lo suficientemente llena como para estallar y deshacerse de su peso de oro. La corbata le aprieta, Jairo Daniel Pekarovich está exhausto pero aún tiene gas para un cubata más así que le dice que sí con la cabeza al pez gordo estirado que le ofrece  una copa con la mano que le queda libre. La otra está desaparecida en el estrecho vestido de la rubia risueña que le mordisquea el cuello. Al cabo de un rato, el pez gordo se  acerca medio borracho ya y le susurra algo al oído. Jairo Daniel no entiende muy bien la propuesta pero asiente también tambaleante mirando el reloj sin ver la hora. Fuera del antro donde estaban hace un frío agradable que le ayuda a recuperar una visión más serena de lo que le rodea aunque tampoco recordará nunca como acabó en el taxi con el pez gordo y a los pocos minutos en otro antro, mucho más oscuro, menos ruidoso y menos poblado ya a esas horas. El vaso se  calienta entre las manos, su boca es puro alcohol y su mente una marea en la que pensamientos que caen como bombas se encargan de atormentarle. Le sudan las manos y se le acelera el corazón mientras se pregunta sin remordimientos con cuántas mujeres se ha acostado desde que abandonó Buenos Aires hace unos años. Pero insiste una y otra vez en sentirse bien mientras apoyado en la barra se observa observando cómo los pocos clientes que van quedando desaparecen por segundos acompañados por mujeres, que aún parecen todas bellas a esas horas.




Jairo Daniel no recuerda cómo subió las escaleras, ni cómo llegó a la habitación. Todo es un sueño en forma de imágenes difusas mientras se desnuda embobado perdiendo el equilibrio al lado de la cama, su cama, donde descansa su mujer. No puede dormir porque aparece en su cabeza, una y otra vez, el triste perfil de la joven ucraniana con la que acaba de hacer el amor. Su pelo castaño cubriendo sus hombros desnudos y suaves. La imagen en la que lo recoge cuidadosamente formando un moño despeinado para no molestarle mientras trabaja, mientras le chupa, ávida sin cariño, su sexo ávido de cariño. El olor a dulce mandarina impregnado en ese pelo mientras su nariz la recorre y la siente con los ojos cerrados. Sus pezones erectos y perfectos dibujando al detalle el sujetador de fino encaje, rozándole salvaje. La mirada perdida de ella, el sonido de su adiós al girarse dándole la espalda, mientras él cierra la puerta sin querer irse. El dinero muerto en la mesita vacía de la negra habitación dónde sólo lucen, además de su alma, los ojos pardos y los labios morados y carnosos de Yolanda Ivanova.



Son las dos de la mañana y no he parado de escribir lo que el aire que entra por el balcón me deja caer al oído, entre visiones y flashes de una Yolanda juguetona. No he pensado más en Ricard, no he pensado en Oriol, no he pensado en Fernan. Paquita y María sólo me han saludado a primera hora de la mañana por la galería y han respetado mi silencio durante todo el día. Me quedo adormilada, tras tomar la última infusión de la tetera, vestida entre las desordenadas sábanas que todavía guardan un tenue olor a sexo mientras Mina me ofrece su calor y compañía acurrucada entre mis brazos, y por fin descanso

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