CAPÍTULO VIII DE ESPALDAS AL MAR

VIII El baile


“Un baile... Dios mío, Dios mío, ¿sería posible que hubiera, a dos
pasos de ella, una cosa espléndida que ella imaginaba vagamente
como una mezcla confusa de música frenética, perfumes
embriagadores, trajes deslumbrantes y palabras de amor
cuchicheadas en un gabinete apartado, oscuro y fresco como una
alcoba... y que ella estuviera acostada, como todas las noches, a las
nueve, como un bebé...?”*

Con voz pausada y ojos brillantes Yolanda lee plácidamente recostada en el viejo sillón, espectador mudo del transitar de nuestros días y noches,  la novela de Irene Nemirovsky mientras Mina dormita cerca de sus delgados pies. Yo apenas puedo contener ya el sueño pero la curiosidad se empeña en no cerrarme los ojos, intentando adivinar los secretos que guarda la joven silueta de una Yolanda Ivanova que me sonríe cada vez que levanta la vista del desgastado libro para descansar, mientras el largo mechón que escapa a su pelo recogido se cuela insolente por encima de sus gafas. Yolanda se ha convertido en una más y puebla mi piso, su piso, con la misma familiaridad que Mina o que mi vecina María. Cuando no la veo por las noches la echo de menos sin saber por qué. Le he pedido que me cuente su historia justo antes de que mis ojos sucumban al encanto de Morfeo. Me duermo escuchando su tono, cálido y elegante sin distinguir ya a qué mujer pertenece

Anochece y el frío empieza a calar por sus blancos pies, a pesar de que anda apresurada por el largo puente que cruza el río Dniéper hasta llegar a casa. Al abrir la puerta su madre la recibe nerviosa, la cara retorcida al ver el aspecto desaliñado de su hija, pero enseguida le da la espalda, tras mandarle que se cambie antes de que la vea su padre, para seguir dando órdenes al servicio  sobre la disposición de la mesa. Desde la enorme ventana de su habitación puede ver las cúpulas doradas del Monasterio de las cuevas pero la rutina de las vistas y la rabia que siente por dentro le impiden admirar la belleza del maravilloso momento con el sol naranja ya caído. Se desnuda deprisa y enfadada. El grueso libro en su mesilla de noche y la música de cualquier grupo inglés hubieran hecho una noche infinitamente más placentera pero hoy en su casa la compañía será tan aburrida como la música y respetará sumisa a los rancios personajes que poblarán el ilustre salón. Tendrá que mostrar sus mejores modales sonriendo a padres apestando a caro vino y refinado tabaco, madres estiradas e infelices e hijos e hijas machistas, todos podridos por el dinero y la educación que les protege. Pero lo peor de todo, tendrá que soportar la frialdad y represión de su madre y la severidad de un padre al que apenas ve y tristemente no necesita. Siente pena por ella misma pero más por sus padres y por el círculo de hipócritas que los rodean. Yolanda se retoca el maquillaje sabiendo que su futuro está muy cerca, por eso vuelve a abrazar a su dulzura, sus ojos irradian vida como nunca y esta noche no defraudará a nadie, culta, atenta y tan preciosa como las calles empedradas del bonito barrio que la ha visto hacerse mujer en Kiev

Desde que Enrique la recogió en el aeropuerto de Barcelona han pasado muchas cosas pero ninguna ni remotamente parecida a lo que había idealizado. Su amigo Alexei los puso en contacto hace ya muchos meses y fue un flechazo instantáneo. Yolanda, apoyada en la almohada de la frecuentada cama, recuerda las risas junto a su amiga Anastasia en el anticuado bar de Alexei, al otro lado del río,  mientras fumaban sin parar planeando su suerte en España. Su  joven amigo desgarbado fue el intermediario entre la agencia y ellas. Enrique sería el marido y amante perfecto, el hombre moreno, abierto de mente, culto y con ganas de hacer feliz a una mujer sin gritos ni órdenes ni abuso de poder. Primero fueron fotos, después citas a través de Messenger ya en solitario. Prepararon todo en muy poco tiempo. Ella sólo se encargó de soñar y enamorarse, Alexei de todo el papeleo para que el matrimonio llegase a buen puerto, Enrique de dibujarle una ilusión a la altura de su belleza e inteligencia. Hoy, en la oscura habitación, Yolanda llora avergonzada como la niña que nunca dejaron ser. No ha vuelto a ver a Enrique, sólo recuerda su mano firme sacándola del coche y abandonándola como una perra en el lujoso sótano que le hace de casa y cómo lo saludaban respetuosamente llamándolo Rojo,  mientras la arrastraba por el inmenso pasillo. No han servido sus llantos y súplicas ante los hombres que la custodian junto a otras muchas mujeres de su tierra y otras tierras y sí han servido los palos, moratones y violaciones  para acallarla y hacerla cada vez más pequeña e insignificante. Aunque no añora a sus padres ya no siente desprecio por ellos y muchas veces anhela e imagina escuchar  la música clásica que sonaba majestuosa en el despacho de su padre en las grises tardes del invierno ucraniano. Así escapa del ruido que se ha instalado en su cabeza mientras recuerda ese olor a tabaco impregnado en su aliento e incluso, a veces, su potente y escasa risa. El último cliente olía como él, su voz grave la ha hecho estremecerse sin remedio. Ha entrado como potro salvaje, rebelde, ebrio e inhumano. Y de repente, como quien vuela bajo para sentir la caricia de la tierra profunda ha comenzado a amarla, a mimarla, tras sentir a la mujer y no a la puta. Con sus grandes manos ha acariciado el cuerpo de Yolanda como torpe adolescente para no sentir la humillación de ser monstruo en vez de hombre

Yolanda Ivanova lee y suena lejana junto a la melodía de Los cuentos de Hoffmann  

A toda prisa, como si acudiera a una cita amorosa, arrojó a un lado la bata y empezó a vestirse: se puso las medias, los zapatos y el vestido, con esa habilidad especial de aquéllas que se las han arreglado sin doncella toda su vida. Las joyas... Tenía un cofre lleno. Kampf decía que eran la inversión más segura. Se puso el gran collar de perlas de dos vueltas, todos sus anillos, brazaletes de diamantes que le envolvían los brazos desde la muñeca hasta el codo; después fijó al cuerpo del vestido un gran dije adornado con zafiros, rubíes y  esmeraldas. Brillaba, centelleaba como un relicario. Retrocedió unos pasos, se miró con una sonrisa feliz... ¡La vida comenzaba al fin!...¿Quién sabe si esa misma noche?” *

Y la escucho entremezclada con el timbre de mi puerta, que no para de sonar. Percibo las manos desesperadas de no sé quién despegando y pegando firmemente el dedo en el sucio metal haciendo rechinar mis oídos con el molesto sonido. Quiero abrir los ojos pero no puedo. Siento a Yolanda en el sillón, la oigo recitar y a la vez la veo en una oscura habitación y la escucho llorar. Pero mis párpados no reaccionan y el timbre se mezcla con su voz una y otra vez y con la música y con las rudas palabras del hombre que hay detrás de la puerta y que siento desesperado, como desesperado está aquél que mira a Yolanda como un indefenso niño, yéndose sin querer irse,  mientras cierra la puerta de la pequeña jaula que ahora es cobijo de Yolanda

No sé qué hora es pero aún no es de día porque al incorporarme de un salto buceo en la oscuridad tropezando con todo a mi paso, y al vaivén de la sublime melodía de Offebanch me dirijo a abrir con la liviana camiseta que viste mi cuerpo, mientras me pongo el batín que acabará por cubrir los deseos ajenos.
Tras la puerta, me encuentro con Oriol que hace explosionar mi corazón abalanzándose  y abrazándome con toda la energía contenida de una bomba nuclear

*Textos extraídos de la novela El baile de Irene Nemirovsky








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