Descenso al paraíso





Apoyado en la pared del falsamente señorial edificio espero, con la calma nerviosa que se respira previa a la tormenta, a que llegue mi ex mujer para entrar juntos a la reunión de urgencia a la que nos ha convocado la dirección del colegio de Sofía, mi pequeña de 10 años. El cigarro me sobra, desde las 7 de la mañana que encendí el primero, mis pulmones me piden una tregua. Pero supongo que es una de las formas más útiles de enmascarar la incertidumbre. El colegio, en pie desde principios del siglo pasado, está situado en un lugar idílico, rodeado de árboles y un enorme jardín que ya quisiera más de un vecino de la zona. No en vano pagamos un pastón todos los meses, parece que queramos ocultarle la realidad de este mundo cenizo de claros y sombras. Parece no, es así. Queremos intencionadamente dibujarle un mundo irreal en la cabeza, aunque soy consciente que el dibujo desteñirá muy pronto. Alicia aparece acalorada, demasiado maquillada, como siempre, aunque con esos aires de víctima incomprendida, mujer de delicada porcelana rota en proceso continuo de restauración. Muy guapa y muy infeliz como para volver a atraerme ni un segundo. Ni me saluda, pasa por delante de mí con su cara de asesina de pasiones dejando su caro perfume impregnado en mis narices. Apuro la calada con una rabia inesperada y estrello el cigarrillo contra el suelo siguiéndola hasta ponerme a su altura. Mi ex golpea delicadamente la puerta del despacho como si quisiera con ese ligero roce hacer que lo que tengan que decirnos parezca una nimiedad, y los dos carraspeamos al unísono. Cuando abrimos la puerta, en la esquina y cabizbaja veo a mi pequeña sentada en una silla moderna y fría, como la habitación. Sus pies apenas rozan el suelo. Al levantar la vista, sus ojos son cristal oscuro casi negro y sus mejillas y párpados rojo natural, de haber llorado.
Nos aconsejan, por no decir obligan, un psicólogo para una niña que está descubriendo su sexualidad y no lo voy a permitir.
Alicia coge fuertemente de la muñeca a Sofía  arrastrándola al caminar y sólo tiene miradas de odio hacia mí cuando pasa por mi lado. Sofía se gira y me suplica, Papi. Y se me parte el alma. Alicia, le grito obligándola a parar en seco aunque continua dándome la espalda, recuerda, el viernes a las seis en punto en casa. Prosigue a paso rápido sin contestarme. El viernes tendrá cualquier excusa para traerme a la niña mucho más tarde de lo que corresponde
Cuando llego a casa, de repente y sin venir a cuento, me acuerdo de mi abuela y de Pilar y siento como me sonrojo. Cojo una cerveza y pongo el portátil en marcha. Quiero ver algo de porno y desconectar de todo lo que ha sucedido hoy, no voy a darle importancia. Pero no encuentro nada que me valga la pena, pienso que no es el día ni buena idea, y mirando mi última conversación de whatsapp, a punto estoy de escribirle un mensaje a Teresa, pero llego a la conclusión de que tampoco eso me valdrá la pena. Después de más de una semana dándole largas no tengo ganas de reproches antes y después de echar un polvo. Busco a Pilar en el Facebook y observo su foto embobado sin darme cuenta, pero me canso rápido. Fumo mirando a la nada, con las piernas estiradas y apoyadas en la mesita que está llena con varias botellas de cerveza vacías y un cúmulo de cigarrillos a medio terminar. Mañana María, mi asistenta, pondrá el grito en el cielo aunque me enseñará los dientes en son de paz cuando nos crucemos en la puerta justo antes de que yo salga a trabajar.

Pilar. Tengo sus ojos negros, como su ropa, clavados en mi retina. El verano que la conocí en casa de mi abuela tenía yo 13 años recién cumplidos. Mi abuela era viuda desde hacía casi 30 y llevaba sola el peso del gran cortijo que tenía a las afueras de Granada desde que sus dos únicos hijos se marcharan de casa, mi padre a Barcelona con 18 años y mi tío Antonio, un año antes a Madrid. Pilar era mi prima, no de sangre, pero mi prima. Su madre, Carmen, había sido la maestra del pueblo hasta que un vecino, en una noche de mal beber la violó y le hizo la hija que tengo yo ahora en mi pensamiento. Mi tío Antonio bastantes años más joven que Carmen pero enamorado de ella, se envalentonó y le pidió matrimonio al poco de nacer Pilar. Lo que empezó siendo una broma para mi abuela se convirtió en una pesadilla y poco antes de que Pilar cumpliera un año Antonio y Carmen se marcharon con ella a Madrid, hecho que mi abuela sólo al final de sus días fue capaz de entender. Hasta ese verano del 83 mi prima no había pisado la casa de su abuela, sí sus hermanos Paco y Luis que coincidían conmigo todos los veranos durante tres o cuatro semanas.  Este verano mi prima lo pasaba en el cortijo como castigo por su mal comportamiento y en un intento de alejarla de las malas compañías. Mi abuela tenía facilidad para odiar a todas las mujeres de su familia, incluida mi madre y  me explicaba que tenía una razón importante y un rencor para sentirlo con todas. Así que, como carcelaria de una adolescente rebelde era la mejor opción. Sabía cómo joder la vida de quien no bailaba a su son y a Pilar le tenía ganas a falta de poder despellejar a su madre. Tenía fama de sargento y de mostrar muy mal carácter. Mucho de cierto había pero yo sentía delirio por ella. Conmigo era cariñosa y siempre me consentía. Si me pegaba una bronca desmesurada luego me hacía galletas para aliviar mi dolor y me acariciaba el pelo con su mano cálida y llena de vida. Aún recuerdo el olor de su horno y el de sus dedos acariciando mi barbilla. Con mis primos era más arisca y aunque a su manera también los adoraba cuando ellos volvían para Madrid y yo sentía un pequeño vacío en mi estómago por la añoranza, poco me duraba ya que mi abuela se encargaba de hacerme saber quién era su nieto preferido.
El verano que conocí a Pilar fue el último verano que pasamos en el pueblo. El cortijo estaba en venta y mi abuela estaba harta de aguantar tanta responsabilidad con sus trabajadores, que aunque agradecidos, siempre esgrimían una queja por la menor tontería. Un piso en el nuevo barrio de Joaquina Eguaras esperaba a que mi cansada abuela empezara a vivir sin cargas a sus 58 años. Cuando no hubo cortijo, nada ni ningún verano volvió a ser lo mismo y poco a poco la relación con mi familia de Madrid se fue enfriando aunque nunca dejé de tener contacto con mis primos Paco y Luis. Ni mucho menos con mi abuela.
Las vacaciones del 83, Pilar nos despertaba cada mañana con su música traída de la capital con grupos españoles que despuntaban en esos momentos en que el punk estaba en plena efervescencia y cada mañana mi abuela le gritaba que bajara la maldita música y que ayudara con el desayuno. Siempre la misma rutina. En el fondo, a mi abuela le caía bien Pilar y le costaba maltratarla como hubiera querido. A mí también me caía bien, su cara angelical de 19 años contrastando con sus  ojos rasgados de mujer fatal, profundamente maquillados, su despeinado pelo negro brillando todavía cuando el sol se apagaba y su tieso flequillo pintado de lila. Sus mallas oscuras y viejas, agujereadas y sus camisetas unas veces anchas, otras ajustadas insinuando sus redondeados pechos de niña buena. Había en su mirada un fuego que yo todavía no comprendía pero que me asustaba tanto como me atraía. Ella casi nunca bajaba al pueblo ni se relacionaba con ninguna adolescente del lugar. Se producían un repelús mutuo y la miraban como un bicho raro. Suerte que en el pueblo respetaban a la abuela y sólo podían conformarse con criticar a su nieta a sus espaldas, movidas, seguramente, por algo de envidia. Mi prima salía de noche, como los gatos, con dos catalanes como yo, de su misma edad, que venían a visitar a sus abuelos cada verano, Fran y Miquel y que ya tonteaban con ciertos hábitos oscuros. A veces, cuando la abuela dormía la siesta, Pilar los metía en su habitación, ponían música con discreción y el olor de la maría llenaba por completo el pasillo donde nosotros teníamos las habitaciones. Nunca supe por qué la abuela nunca descubrió ese pastel o por qué se hacía la tonta. Paco, Luis y yo nos perdíamos por la montaña junto con otro grupito de turistas después de espantar y de reírnos de las gallinas y los cerdos de la abuela. Todo estaba rodeado de sus árboles frutales, limoneros, melocotoneros, higueras, olivos. Llevábamos tirachinas y cazábamos gatos salvajes o recogíamos alcaparras cuando estábamos tranquilos. Y cuando nos cansábamos nos reuníamos en la plaza con el resto de niños del pueblo y armábamos la de dios haciéndonos los chulos. Los más mayores nos provocaban y salíamos a hostias día sí, día también, siempre recibíamos los de fuera. Una tarde me peleé con mis primos, no recuerdo el motivo y decidí pasar la tarde en casa, estaba tan furioso que hubiera quemado con mis manos cualquier cosa que se hubiera interpuesto en mi camino. Bastante antes de llegar ya se oía la música de mi prima Pilar a toda leche. Probablemente sonara Siniestro Total, Los Suaves, Barricada, a saber. La música vibraba con mi enfado y entré por el ancho portón como una fiera. Mi abuela estaba en Granada esa tarde. Al pasar por la habitación de Pilar su puerta estaba medio abierta y la vi recostada en la cama en bragas y sujetador. Nunca había visto ropa interior negra ni la silueta de un cuerpo de mujer tan bonito estirado. Pilar fumaba y al notar mi presencia levantó su cabeza, yo agaché la mía y salí corriendo pasillo adelante. Pero Pilar me llamó, David, David y salió a la puerta para que la oyera. David, qué te pasa. Ven, quédate un rato conmigo. Me di la vuelta y la miré sin decir nada. Ven, pasa, repitió y entré en su cuarto mientras me miraba. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en la cama, haciéndome un gesto con la mano para que me sentara a su lado. Yo obedecí. Estaba mudo. Qué te pasa David ¿nunca has visto una mujer en sujetador y bragas? Yo seguía sin hablar. Se levantó y bajó el volumen de la música. Su habitación estaba desordenada, su cama sin hacer, las persianas medio bajadas para evitar la fuerza del sol. La piel de Pilar brillaba, el calor a esa hora era insoportable. Cogió una silla llena de ropa y la tiró toda por el suelo. Se sentó enfrente de mí y cruzó sus piernas mientras fumaba. Yo estaba en un barco en plena marea, por lo menos eso indicaba mi cabeza. David, ¿vas a contarme qué te ha pasado? ¿No tienes confianza con tu prima? No ha pasado nada, contesté malhumorado ¿Quieres? Y alargó su brazo para ofrecerme su cigarro. Negué con la cabeza. Vamos, no te va a pasar nada, ya eres  casi un hombre. Y el humo del cigarro rodeaba mi cara, mi cuello, aprisionaba mi alma. Lo cogí nervioso entre mis dedos e inhalé tan fuerte que tosí hasta casi vomitar. Pilar se reía a carcajadas mientras mis ojos lloraban. Siguió fumando y me ofrecía cada dos por tres una calada mientras me hablaba, soy incapaz de recordar de qué. Acércate David, me dijo y yo supe que tenía que levantarme instintivamente. Cogió mi mano indefensa y la acercó a su corazón que latía despacio como las agujas del viejo despertador del cuarto de mi abuela. Estaba mojada y sonreía mientras me miraba. Yo notaba como un calor intenso subía de mis pies a la coronilla en forma de ola gigante. Pilar fue girando mi mano hasta sus pechos vestidos con ese sostén que los hacía puntiagudos. Parecían el fruto de un limonero recién madurado. Sus pezones se endurecían por momentos al unísono con mi sexo. Yo cerré los ojos y me dejé llevar mientras Pilar dirigía mi mano hacia sus bragas y me dejaba acariciar su sexo por encima de ellas. Movía de arriba a abajo mi pequeña mano y me decía David, así, así. Está muy bien. La boquilla del cigarro en su boca entreabierta, sus ojos semicerrados, los míos observando tal belleza a la par que mi sexo crecía y empezaba a apretar y a sobresalir demasiado por mi pantalón corto. En el espejo, el reflejo de su pelo enredado y de su espalda y  mi tremenda cara de niño idiota. Aparté el cigarro de sus labios e intenté besarla impulsivamente. Pilar se separó y soltó mi mano. No, cariño, me dijo. Los besos para otro día. Se levantó de golpe y se puso una ligera camiseta de tirantes azul que tenía encima de la cama. Paró el radio casette a la vez que me ordenaba de nuevo que me sentara. Yo era un zombie, un personaje completamente dependiente de esa hermosura, intentando controlar mi erección y de golpe completamente enamorado. Empezó a rebobinar, durante unos segundos hasta que encontró la canción que quería enseñarme. David, ¿tú puedes traducirme? Empezó a sonar Ciutat podrida de La Banda Trapera del Río, un grupo local barcelonés que yo por aquél entonces no conocía todavía. Fran me ha grabado este grupo y me encanta, pero esta canción no la entiendo, me dijo. Empecé a escuchar la letra

¡Ciutat podrida!
Ciutat podrida...
Ens portes la nit i la por,
ara que ets adormida
els carrers són plens de foc.

Vull sortir d'aquest infern
on els crits
dels perduts s'obliden,
on és pressoner
L'esclat del vent
i la llibertat no camina.

Ciutat podrida...
Ens portes la nit i la por,
ara que ets adormida
els carrers són plens de foc.
Aquest és el moment
en el que ha mort la vida.
No m'importa el ponent.
Puc caminar sense guia.

Ciutat podrida...
ens portes la nit i la por,
ara que ets adormida
els carrers són plens de foc.

Ciutat podrida...
Ciutat podrida...
Ciutat podrida...
Ciutat podrida...

“Ciudad podrida, nos traes la noche y el miedo” Mientras yo traducía Pilar saltaba al ritmo de la música moviéndose como ida por toda la habitación, “este es el momento en el que ha muerto la vida, no me importa el poniente”….Ella gemía con los ojos cerrados y daba vueltas tropezándose con todo a su alrededor, “quiero salir de este infierno, dónde los gritos de los perdidos se olvidan”
De repente la  puerta principal se cerró de un portazo, había llegado la abuela. Pilar se apresuró a bajar la música  y me hizo un gesto con la mano para que saliera de la habitación.
Apenas cené y no dormí en toda la noche. Acurrucado en una esquina del corral me limité a observar como el cielo cambiaba de color mientras alguna estrella caía sobre mi cabeza dibujando el infinito.

Sofía está tensa cuando entra en casa con su mochila a cuestas y su mechón ondulado tapándole media cara. La puerta del ascensor suena estrepitosa e imagino a Alicia con su cara roja a punto de estallar por vete a saber qué rabia no controlada. Le acabo de prometer a Sofía que veremos una peli después de cenar si me ayuda a preparar la mesa. Sofía está inquieta y aunque con pocas ganas de colaborar lo hace. Durante la cena le he pedido que me cuente su versión sobre lo ocurrido días atrás en el colegio, ya que no le habían dado la oportunidad de expresarse delante de nosotros. Enseguida ha empezado a llorar y no sé cómo tranquilizarla, sólo la abrazo. Cuando está más calmada, le pido que sin prisa, me cuente de qué se trata y para qué sirve ese ritual entre ella y sus amigas. Papi, sólo es un juego, me explica. Somos hermanas, nos queremos y nos damos todo. Todo es de todas. Si intercambiamos nuestras cosas de alguna manera, cada vez más somos solamente una. Así nos sentimos, no hacemos nada malo.
Mi hija, con cuatro o cinco amigas de clase había cogido la costumbre  a la hora del recreo de esconderse en un rincón oscuro de la biblioteca.
Papi, nos ponemos en círculo sentadas en el suelo y nos damos las manos. Nos hacemos así fuertes como mujeres y nos sentimos únicas y unidas.
Alucino con la madurez de esa niña. Sé que en breve el brillo de sus ojos lucirá por otras cosas, pero ahora es la luz de la inocencia y la coherencia la que atraviesa esos ojazos.
Se sentaban en círculo sin su ropa interior, desnudas de cintura para abajo. Se acariciaban, besaban, olían sus sexos, las unas a las otras. Sentían sus cuerpos, los amaban y cuando terminaban intercambiaban sus braguitas de forma aleatoria. A veces antes de volver a casa se volvían a poner cada una las suyas, a veces no. Mi ex mujer no ha notado nada. La amargada, la sin fuerzas para vivir,  tiene quien le haga las lavadoras pero ella sólo sabe quejarse de la mierda de vida que tiene como madre soltera.
El martes las pillaron in fraganti y ardió la tragedia.
No voy a reprocharle su actitud ni voy a enjuiciarla. Si pudiera transmitirle y expresarle cuánto la entiendo.

Sofía se ha quedado dormida en el sofá a media película. Yo he abierto el portátil, contesto algún whatsapp y algún correo pendiente de trabajo. En Facebook no hay demasiado movimiento y la curiosidad y el aburrimiento me lleva de nuevo a ella, Pilar Torres. En su fotografía de perfil aparece sonriente con un gatito entre los brazos y con una adolescente que es su hija, Carol. Hace un par de años que hemos recuperado el contacto gracias a esto de las redes sociales. Está  extremadamente guapa en esa foto. No hablamos habitualmente, la verdad, pero lo suficiente para ponernos al día de nuestras cosas y para prometernos volver a vernos pronto. 
Cotilleo una por una todas sus fotos, como no he hecho hasta ahora. Casi de las últimas, aparece una foto, medio borrosa, ella en el centro con su pelo negro tieso y su cigarro en la mano derecha junto a  Fran y Miquel, con sus indumentarias extremas, que rodean con sus brazos su cintura. Se me dibuja una sonrisa al pensar en el hecho de que la sacaron de la capital para evitar las malas compañías y en el pueblo se encuentra con dos especímenes de los bajos fondos de la Barcelona de los 80. A lo lejos distingo la puerta principal del cortijo de mi abuela y a ella, con su mano por visera mirando hacia el fotógrafo. Me da un vuelco el corazón al verla y siento unas ganas enormes de llorar al sentir todo el cariño que me inspira esa mujer valiente. Recuerdo aquella foto. Fue el día que Pilar se marchó del pueblo aquel verano de hace tanto. Mi tío Antonio había llegado hacía unos días para recogerla a ella y a mis primos de vuelta a Madrid. A mí aún me quedaría más de una semana en el pueblo hasta que llegasen mis padres. Mi abuela ese día estaba triste como nunca la he visto. Hago memoria de lo que hablamos durante la cena, ya solos, y siento el mismo dolor que sentía ella cuando me hablaba de sus hijos y de lo sola que se sentía a veces. A mi abuela se le había metido en la cabeza que sus hijos eran infelices por estar con las mujeres equivocadas, mujeres que los separaban de ella con toda su mala intención y habían truncado sus sueños. Yo la escuchaba y solo sentía deseos de consolarla con besos sonoros en sus mejillas pero no estaba de acuerdo con lo que decía, yo vivía otra realidad en mi casa y era tan feliz con mis padres como cuando estaba con ella. Cuando mi padre emigró a Barcelona lo hizo con la intención de entrar en la universidad, iba recomendado con las mejores notas de su quinta y mi abuela había depositado todas sus ilusiones en él, segura de su éxito. Se instaló en casa del hermano de mi abuela, Felipe, que durante muchos años también hizo de abuelo para mí. Felipe vivía con su mujer en el barrio de Sants. Había emigrado de muy joven y enseguida empezó a trabajar en la carpintería del que acabaría siendo su suegro. Hacía más de un año que su hijo mayor había muerto de un accidente de moto, dicen que iba de droga hasta las cejas, y su hija Esther ya estaba casada hacía tiempo y tenía su propia familia. Felipe y Anna acogieron a mi padre con los brazos abiertos. Mi padre compaginaba sus estudios de arquitectura con el trabajo en la carpintería por las tardes ayudando al tío Felipe. Siempre me contó que aquella época de su vida fue maravillosa hasta que tuvo que dejarlo todo para ir a la mili. En ese tiempo de reclutamiento en Reus conoció a mi madre, Conxita y la dejó preñada. Ahí se acabaron parte de sus sueños, pero surgieron otros. En 1970 nací yo y mi padre siguió trabajando con Felipe hasta que éste se jubiló y heredó la carpintería, que creció rápido pasando a convertirse también en una carpintería de aluminio enorme. Los beneficios fueron tales que mis padres pudieron invertir en el negocio de la construcción y puedo decir, a día de hoy, que vivimos de una forma muy acomodada. Aunque tuve mis momentos grises y mi relación con el mundo de las drogas pendía de un delgadísimo hilo, el ambiente que me rodeaba pudo con la dejadez existencial y mi capricho de ser rebelde y poco a poco pude seguir los pasos de mi padre.  Ahora tengo mi pequeño estudio de arquitectura que me da para permitirme más de un lujo. Mi abuela nunca pudo llegar a verme con mi carrera terminada y mi vida establecida. Mejor, hubiera conocido a Alicia y esta vez sí tendría un motivo real para odiar. Murió sintiendo que había perdido a sus hijos a los que nunca pudo dar el amor que merecían. Y ahora que la veo, a lo lejos, en esa vieja fotografía siento que tengo que decirle que sí dio su amor, lo recibimos sus nietos que fuimos criados por madres maravillosas que hicieron felices a sus maridos e hijos y por ella, una abuela que lo fue todo, por lo menos para mí.
Estoy llorando.
Mi prima sí pasó unos años terribles con las drogas, hasta que en uno de los centros de rehabilitación conoció a su ex marido que la ayudó a salir de todo eso. Se sacó el título de auxiliar de enfermería y desde entonces trabaja en una asociación privada de ayuda contra la drogadicción. Su Facebook está lleno de eventos y actividades relacionados con el tema. Noto su alegría en las fotos y siento la necesidad de verla para abrazarla y decirle cuánto representa para mí. Tres mujeres forman parte de mi esencia, cada una por una razón particular, pues han marcado momentos muy concretos de mi existencia,  Pilar, mi abuela y mi hija Sofía

Pilar, me digo mentalmente mientras sigo viendo sus fotos. Apenas hay de su juventud, salvo la que acabo de encontrar y una que me llama poderosamente la atención. Se la ve haciendo el tonto con mis primos y los catalanes a la orilla de un pequeño riachuelo. Es del mismo verano que la fotografía anterior, en una excursión que hicieron con otros del pueblo y a la que yo no pude asistir porque me había torcido el tobillo jugando en la plaza y tenía que reposar. A pie de foto hay una nota en la que ha escrito: Faltas tú. No tengo la certeza de que esa nota vaya dirigida a mí pero una punzada en el corazón me dice que sí y mi cabeza empieza a rememorar y a pensar a mil por hora.

Se habían ido todos de excursión y sólo estábamos en casa mi abuela y yo. Cuando empezó a aflojar el sol mi abuela subió a la plaza a charlatanear con sus amigas y yo me quedé aburrido y desganado. Decidí pasar por la habitación de mi prima para cogerle el casette y escuchar su música que ya empezaba a fliparme. La puerta de su cuarto estaba de par en par y en penumbra como casi siempre. Encendí la luz y me encontré el panorama de costumbre, su ropa tirada por el suelo, el olor a tabaco impregnado en las paredes, discos y cintas de música desordenados y tirados por todos los muebles de la habitación. En el centro del suelo unas bragas marrones con pequeñas florecitas. Me acerqué y las recogí  y espontáneamente me las llevé a la nariz absorbiendo su aroma profundamente, como si fuera la última inspiración que estaba dispuesto a hacer en este mundo. Observé que estaban ligeramente manchadas de algo ya seco y blanquecino y empecé a excitarme sin pretenderlo. Las dejé a los pies de la cama y abrí el cajón de su mesita de noche. Colonia, pintalabios y diversas pinturas, su tabaco y una caja de cerillas medio vacía. Me encendí un cigarrillo y me recosté en la pared sintiendo el olor de su almohada. Aunque tosí varias veces seguidas y el sabor me pareció de lo más desagradable seguí fumando sintiéndome y creyéndome un hombre. Desde ese día no he dejado de fumar. Cuando terminé, el cosquilleo de mi entrepierna no me dejaba pensar en otra cosa y miraba de reojo las braguitas de Pilar que había dejado a pie de cama. Hasta que me incorporé para cogerlas y al mismo tiempo que volvía a olerlas mi sexo se agrandaba de tal manera que pensaba que me iba a reventar. Me masturbé varias veces seguidas hasta perder la cuenta y la noción del tiempo, con sus braguitas entre mis manos, aplastadas contra mi nariz o rozando mi polla dura y encarnada. Estaba como loco. Mi semen se mezcló con su flujo seco, ya no se podía distinguir. Sabía que aquello me podía costar caro pero no podía parar, toda mi sangre y mi deseo hacia Pilar se concentraba en esa cabeza alargada que no quería controlar. No recuerdo en que momento me dormí, sólo recuerdo el gesto de Pilar pidiendo silencio y acostándose a mi lado  mientras me acariciaba  la frente.
A la mañana siguiente me levanté en mi cama desorientado, pegajoso de sudor y muerto de vergüenza. Mis manos olían a rancio. No me veía capaz de aparecer por la cocina para saludar. Llegué a la puerta de la misma silencioso como si quisiera ser invisible. Mis primos se peleaban y mi abuela pedía calma con toda la mala leche acumulada de años. Pilar tenía una sonrisa pícara en la cara pero tampoco me miraba, mientras untaba su enorme tostada con mantequilla. Buenos días, dije. Mis primos me miraron un segundo y siguieron peleando sin contestar. Mi abuela se giró y me guiñó un ojo. Me dijo, te caliento la leche. Pilar levantó la vista de su desayuno y me guiñó un ojo también mientras me sacaba su sonrosada lengua. Por la ventana abierta llegaba el sonido de los pájaros cantando, el cacarear de las gallinas a lo lejos y el gruñido de los cerdos, la luz de un sol resplandeciente. El aire paseaba por la cocina el aroma del detergente de la ropa acabada de lavar que se mezclaba con el olor a café recién hecho. Como mirándome, a la misma altura que mi vista, junto con otras piezas, aparecieron colgadas las braguitas de Pilar, húmedas y limpias de nuevo y sentí cómo se paralizaba el cuerpo del hombre en el que me estaba convirtiendo.

He trasladado a Sofía a la cama antes de que coja frío, la primavera está entrando tarde este año. Observo su carita, siento su inocencia a pesar de que empiecen a rondarle descubrimientos que aunque complejos ella asume con ingenuidad y desde la naturalidad más absoluta  y deseo mientras la miro que tenga la misma infancia plena que tuve yo, la adolescencia ya hará su papel cuando le toque. No voy a castigar a mi hija por sentir, ni a limitarla con condicionamientos sociales obsoletos. Entiendo a mi hija, vaya si la entiendo. Ese querer fundirse en otro a través del contacto y el placer para acabar siendo sólo una pieza. Está llena de amor. Mi princesa será una gran mujer, un ser precioso. La arropo y ella entreabre sus ojos y me rodea con sus brazos para besarme. Buenas noches Papi. Buenas noches amor.

Vuelvo al portátil y escribo a Pilar a través del Messenger, sin pensármelo dos veces. Me contesta a los pocos minutos. También está sola en casa, sus hijos han salido y ella mañana tiene lío en la asociación. Me pasa una foto con su gato. Yo le paso una foto de Sofía de cuando miraba la película ¿Has visto David las vueltas que da la vida?, me dice enviándome el emoticono de un guiño. En un mes tengo la presentación de un proyecto en Madrid, ¿Pilar, te apetece que nos veamos?, le digo. Siiiiiiiii, me contesta. Y su respuesta hace que me sienta como hace años que no hago y aflora en mí el mismo sentimiento que cuando la conocí aquel verano del 83. Algo especial está por llegar. O será que ya llegó hace mucho y siempre ha estado ahí, esperando.

©Noelia Terrón Torres








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