OBSESIÓN




Creía que había conseguido todo lo que un hombre puede querer en esta vida y se sentía satisfecho y seguro de sí mismo. Incluso, a veces, aparecía altivo ante la mirada de quien no le conocía. Tenía cerca de cuarenta y cinco años, una mujer atractiva, Ana, de la misma edad, un hijo de casi nueve años, Hernán, al que adoraba, un trabajo estable, por el que se atrevió a abandonar Buenos Aires hacía ya cinco años y que le permitía viajar por medio mundo y un nervioso perro, Blas, al que quería como si de otro hijo se tratase. Vivía con su familia en un espacioso piso a las afueras de Barcelona, rodeado de naturaleza y cerca de una playa que visitaba para admirarla cada fin de semana cuando no estaba fuera por trabajo. Estaba orgulloso de su cuerpo y de su vida.
Sí, Fede lo tenía todo, familia modélica y feliz, grandes amigos argentinos, con los que se reunía habitualmente para añorar a la tierra, perfectos compañeros de trabajo, con los que también compartía reuniones y tertulias diferentes y agradables, y una buena y cordial relación con sus vecinos. O con casi todos.
En los bajos de su edificio vivía una pareja de treintañeros que siempre estaba discutiendo, a cualquier hora del día o de la noche. Fede vivía en el piso  de encima y tanto  él como su mujer estaban habituados a escuchar las frecuentes discusiones y las posteriores reconciliaciones de la pareja. Al principio se sentían molestos ante tales acontecimientos pero al poco tiempo, se convirtió en una más de las muchas rutinas que formaban parte de su vida y se dormían prácticamente anestesiados con el sonido que provocaba tanto la cabecera, como los muelles de la cama ante los movimientos de los apasionados vecinos, Alejandra y Miquel, tras hacer las paces después de alguna de sus ya aburridas peleas.
Acostumbraba  a ver a la vecina cuando ésta regresaba de su trabajo. Casi siempre coincidía con ella al volver del paseo de la tarde con Blas. Fede, casi nunca la miraba a la cara, se mostraba distante ante ella, mostrándole una falsa timidez. Ella, seria y educada siempre le saludaba dirigiéndose al perro, al que sí le mostraba la mejor de sus sonrisas. Empezó a sentir por ella una especie de rabia incontrolada. Esa chica le gustaba y le hacía sentir que algo empezaba a fallarle en la vida perfecta que se había construido. A veces imaginaba que la encontraba en el rellano, por la noche y agarrándola de su frondoso cabello moreno la abofeteaba descargando la ira que sentía hacia ella por haberle despertado el deseo de querer tener algo que no le pertenecía. Él, que controlaba cada paso que daba, se veía atrapado por ser incapaz de paralizar un sentimiento que había adormecido a base de ignorarlo.
Una mañana de domingo, pasaban unos minutos de las diez, la música alta de su vecina le despertó del sueño que tanto le había costado conciliar. Se sentía fuera de sí, estaba como loco y ni siquiera Ana fue capaz de convencerle y tranquilizarle alegando que no era para tanto y que ya eran las diez de la mañana. Pero esa noche, había conseguido dormirse pensando sólo en Alejandra. Había soñado sin dormir que era él quien esa madrugada penetraba furioso el sexo de esa mujer que con sus grandes ojos se había adueñado de su cabeza. Había sudado, mientras daba la espalda a su mujer, intentando controlar la erección que le había provocado el pensamiento de ver a la vecina moverse sin pausa mientras su pareja se dejaba hacer por ella. El ruido de la cama rechinando y de los gemidos habían despertado sus ansias de pasión. Y no consentía que, tras la borrachera de imágenes imaginando cómo amarla, fuese ella de nuevo la que le devolviese su triste realidad de fingida formalidad. Casi sin pensarlo, llamó a su puerta con los ojos excitados y furiosos. Alejandra le abrió risueña, con sus labios color fresa, medio tarareando la canción que disfrutaba. Le cambió la expresión al descubrir la cara desencajada de Fede. Él se fijó sin remedio en los pezones que se marcaban en la ajustada camiseta de tirantes y escupió su discurso intentando no tartamudear pues notó, que, de nuevo, una ligera erección se apoderaba de él. La riñó  como a una niña, largo y tendido. Ella se disculpó sin resultado, una y otra vez, por haberle molestado, pero viendo que Fede había perdido los papeles se puso a su misma altura gritándole que no la tratase como a una cría, que ni su padre la reñía así y pidiendo de nuevo disculpas le cerró la puerta en las narices. Fede se mantuvo unos segundos tras la puerta, paralizado, la actitud de Alejandra le gustó. Aún seguía viendo los pezones pidiéndole a gritos que los tocase.
Tras el incidente de la música se habían topado más de una vez en la escalera siempre acompañados por alguna de sus parejas y se habían saludado con toda la educación posible, pero siempre mirando hacia otro lado.
De repente, un día Fede y Ana dejaron de escuchar discusiones, dejaron de sufrir las reconciliaciones de sus vecinos. Las noches se volvieron mudas. La calma se instaló con ellos, o por lo menos con Ana, porque para él esa calma se convirtió en un infierno ya que se había vuelto adicto a los gemidos de su vecina. Pronto descubrieron que los vecinos se habían separado. Miquel se había marchado de casa, y de eso hacía más de una semana. Fede quiso respirar hondo porque no sabía por qué sentía como un triunfo esa separación
Una tarde, mientras su hijo jugaba con Blas a la pelota, éste la coló sin querer en la terraza de Alejandra. Haciendo de tripas corazón bajó hasta su casa para pedirle el favor de devolverle el juguete. Le abrió la puerta con los ojos y la nariz roja de haber llorado, sorprendida de verlo a él. Fede fue lo más directo posible, pero también amable. Ella le invitó a pasar para poder cerrar la puerta y evitar que se escapase su inquieto gato. El comedor estaba en penumbra y había un intenso pero agradable olor a pachuli que lo hizo retroceder hasta su infancia vagando por los mercadillos de Buenos Aires. Ella llevaba una camiseta roja enorme y andaba descalza por la casa. Se acercó a la puerta de la terraza y subió la persiana el espacio suficiente para salir agachando ligeramente la cabeza, pero al recoger la pelota la camiseta subió los centímetros necesarios para dejar entrever su trasero, pequeño, redondo, respingón, vestido por un hilo negro terminado en un discreto lazo que decoraba su tanga. Fede lo veía todo en cámara lenta, impresionado por lo que observaba. Se quedó ensimismado con la imagen y sólo reaccionó torpemente cuando tuvo delante la pelota que Alejandra le devolvía con una triste pero sincera sonrisa. Casi sin dar las gracias se precipitó hasta la puerta, que cerró bruscamente tras de sí. Pero no podía olvidarse de lo que había visto. Alejandra era una mujer joven y hermosa que vagaba triste por su casa, recordando el aroma de su pareja al tener su camiseta pegada a ella, con un tanga minúsculo protegiendo su sexo y unos bonitos pies desnudos que la mantenían firme en la tierra. Fede quería desnudarla y besarle todo el cuerpo sin cansarse, hasta que los sorprendiese la luz del amanecer. Se inventó una excusa para Ana y su hijo y  sin demora ni extenso argumento se vio de nuevo observando la cara de sorpresa de Alejandra cuando le abrió la puerta. Dio un paso hacia adelante mientras la cerraba precipitadamente y cogiéndola con firmeza del cuello la empujó hacia el interior y le besó los rojos labios con los suyos hambrientos.  La vecina olía a coco y era dulce como la miel. Ella lo separó y lo miró fijamente intentando comprender lo que pasaba pero tras unos segundos se dejó besar de nuevo con el fuego reflejado en sus ojos. Después, todo pasó muy rápido. Los besos furiosos fueron los protagonistas mientras se descubrió ya sin ropa, sentado en el sofá con Alejandra encima, meneándose libre y  rozando sus grandes pechos, con la boca sedienta del hombre al que ahora pertenecía. Con una mano recogía su largo pelo en una coleta, evitando que el sudor lo mojase un poco más, con la otra acariciaba el sexo de Fede multiplicando por mil el placer, mientras el vaivén hacía que sus pechos asemejasen barcas amarradas al puerto bailando a la deriva, al compás del intenso oleaje en una noche de tormenta.
El sexo terminó y los nuevos amantes se separaron sin dirigirse la palabra. Ella le acercó papel para que él se limpiase y se marchó hasta el baño dejándolo solo. Sólo se oía el rumor de la ducha mientras el agua caliente se escapaba sin resistencia.
Habían pasado varios días y no la había vuelto a ver y ya tramaba con su retorcida mente la ocasión y la excusa para volver a verla. Pero sí que la escuchaba. Cuando entraba, cuando salía, cuando dormía. Y anhelaba ver sus ojos profundos y el sabor de sus besos. Una noche se quería morir al escuchar espantado el roce de la cabecera de la cama de Alejandra sobre la pared, el ruido de los muelles defectuosos irritando sus oídos. Ana, somnolienta en la cama, sonreía y quería entablar conversación con su marido, curiosear, criticar a la atractiva vecina, pero Fede sólo pensaba en llamar a la puerta y asesinar con sus manos al hombre sin escrúpulos que la hacía disfrutar. No podía ser Miquel, no había visto su coche en el párking ¿Quién había usurpado su papel de amante? ¿Quién había osado satisfacerla sin su permiso? Los nervios le corroían y un fuerte dolor de cabeza le imposibilitaba dormir. El traqueteo de la cama se le había metido en sus sienes que palpitaban sin piedad y él quería matar con sufrimiento a quien en ese momento la poseía.
Tras un deficiente descanso, ojeroso, sin ningún poder de concentración en su trabajo, antes de llegar a su casa se presentó en casa de su vecina, llamando a la puerta extasiado y fuera de sí. Eran pasadas las nueve de la noche y Alejandra le abrió la puerta en un camisón de seda azul oscuro y de nuevo descalza. Se miraron a la cara unos segundos sin decir una palabra. Alejandra retrocedió pues su instinto le indicaba que  Fede entraría sin pedir permiso. Éste cerró la puerta sin violencia pero con firmeza acercándose ensimismado a la vecina, a la que empezaba a acorralar y agarrándola por la cintura la guió hasta el comedor mientras comenzaba a besarla. Ella lo separó, pero sin oponer resistencia, lo agarró de la mano y se dirigió hacia su cuarto, espacioso, de acogedores y originales colores. Se besaron largamente, ella apoyada en la pared mientras Fede desnudaba sus muslos al subir con sus manos el suave camisón, buscando el trasero prieto de Alejandra. La cama los acogió como una protectora madre resguardándoles del mundo que los acosaba ahí fuera. Hicieron el amor, con rabia, con intensidad, sin pausa, descubriendo las verdades y mentiras que ambos cuerpos habían acumulado a lo largo de sus años. Y disfrutaron. Y la cabecera chirrió quejosa pero complaciente a los oídos de Fede que escuchaba el sonido imaginando el jadeo de un animal en celo.
Se vieron todos los días de esa semana. Hacían el amor sin mediar palabra. Compartían un cigarrillo acompañados por el silencio que triunfaba tras el sexo. Luego ella se levantaba y se encerraba en el baño, dejando correr el agua de la ducha hasta calentarse. Entonces Fede se vestía, todavía tembloroso, recordando el sexo caliente de Alejandra y se marchaba sin despedirse.
El lunes le abrió la puerta Miquel. Ninguno de los dos disimuló su asombro. Pero Fede supo salir bien del paso con la excusa más tonta, mientras su corazón latía enojado al preguntarse cómo el coche de Miquel no estaba aparcado o no lo había visto.
Esa noche no pudo dormir mientras escuchaba con la angustia de un niño miedoso cómo los vecinos hacían salvajemente el amor.
Al día siguiente a la vuelta del trabajo sí vio el coche de Miquel en el párking y la historia se repitió toda la semana. Ana, ajena a los pensamientos y sentimientos de su marido, le confirmó la peor de sus sospechas. Miquel había vuelto a casa y para quedarse, así se lo había confirmado con la mejor de sus sonrisas el mismo vecino.
Fede dejó de comer, de dormir, de concentrarse. Se olvidó de su mujer, de su hijo, de su perro y Ana empezó a preocuparse verdaderamente ante el mutismo de su marido, que llegaba siempre cabizbajo. Éste maldijo a Murphy, pues dejó de encontrarse con Alejandra cuando más la necesitaba, para empezar a ver en cada esquina y cada día a Miquel. Quería estrangularlo, descuartizarlo y tirarlo al mar para hacerlo desaparecer para siempre. Le había arrebatado a su amante y no estaba dispuesto a consentirlo porque Alejandra era suya. Era la pieza que le faltaba al puzzle de su vida para tenerla completa y no dejaría que nada ni nadie le robase una posesión tan preciada como ésa.
Cada noche, en la oscuridad de su habitación, sin prestar atención a Ana, mientras escuchaba los ligeros gemidos y susurros que le llegaban del piso de abajo, planeaba el momento que le daría la victoria. Lo tenía todo estudiado con un horario milimetrado, una estrategia bien planificada. Sabría cómo sorprenderlo por la espalda. Ya tenía guardado el machete y el maletero de su coche estaba vacío y listo para transportar al usurpador e inoportuno cuerpo del vecino para arrojarlo al mar.
Entonces sí, sólo entonces, Alejandra sería de nuevo de él y para él y acabaría de una vez por todas con su angustiosa perturbación.
©Noelia Terrón


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