Capítulo IX. La teoría del caos




Decía Heráclito, según creo recordar, que todo en el universo es un caos pero dentro de un orden. Y con reflexiones como éstas, siglos más tardes, se dio origen al neologismo de lo que conocemos hoy en día como entropía. Esta palabra me fascina desde siempre sin saber por qué, y siento mientras conduzco por inercia, cómo esa novela que tengo entre manos desde hace ya mucho merece titularse El origen de la entropía. Abstraída como estoy por estos pensamientos he perdido de vista el coche de Oriol durante unos minutos y me ha sorprendido la calma con que me lo he tomado, a pesar de que no me gusta nada conducir y de que no llevo puesto el Google Maps. Eso es buena señal. Me fastidia depender de estos bichos, prefiero intentar memorizar algunos trayectos si no son de mucha distancia o dejarme guiar por el copiloto, cuando lo llevo. Hoy vamos solas Mina y yo. Ella maúlla por momentos aunque ahora duerme en su trasportín bien colocado en la parte de atrás. Mi coche va lleno de bolsas perfectamente ordenadas entre los asientos traseros y el maletero. Delante, Oriol, María, su hija y la señora Paquita ruedan a una velocidad media, precisamente para que no perdamos el contacto, camino de la casa rural donde pasaremos las vacaciones de Navidad y Año Nuevo. Más tarde se incorporarán Cesc con su mujer y su hijo que estarán de forma intermitente, y a lo largo de los casi diez días de retiro, estaremos acompañados por otros amigos y familiares. Tengo buenas sensaciones y la impresión de que serán unos días divertidos y está claro que muy diferentes a otras navidades. Sólo recordar que las dos últimas la soledad fue mi mejor aliada me remueve el estómago. Pero la sensación de angustia pasa pronto, la idea de haber encontrado una nueva familia que me arrope como necesito me hace sonreír. Recibo un mensaje de voz de Oriol y tapo la boca de Pucho, de Vetusta Morla. Y me digo, sí, hay tanto idiota ahí fuera, pero Oriol no es uno de ellos
-          Minena, estamos a una media hora escasa pero la yaya necesita ir al baño. En cinco minutos más o menos nos desviamos, coge la salida 13, pararemos en el primer bar que veamos
-          Ok, babies, le respondo rápidamente en otro audio.
Soy un poco hombre cuando conduzco, muy poco hábil para realizar dos tareas a la vez. Continúa Vetusta, en su voz y en mi voz, viviendo la letra como si estuviese en uno de sus conciertos: Puedo pasar, Puedo fingir que me da igual, Puedo incidir, Puedo escapar, Puedo partirme y negociar la otra mitad. Y mis preocupaciones repiquetean. Cada vez me cuesta más esconder que estoy completamente enganchada de Oriol, que necesito de su presencia y de las noches que deja el olor de su pelo impregnado en mi almohada, mientras nos miramos embobados rozando casi con miedo nuestros cuerpos desnudos y hambrientos de caricias. Y a la vez que le deseo y le añoro, reconozco también que cada vez estoy más enamorada de Fernan. Espero cada día sus mensajes como una adolescente borracha de vida y cuento los minutos  que quedan para verlo entre cierre y cierre de persiana, una vez ¿cada cuánto? ¿Al mes? ¿Cómo puedo partirme y negociar la otra mitad? ¿Cómo puedo amar a dos hombres a la vez, cada uno con sus vidas y sus familias a cuestas, y sin remordimiento, sentir deseo por otros hombres que pasan por mi vida de refilón y algunos para quedarse? ¿Qué clase de caos gobierna mi mente, domina mi alma y me hace vulnerable, débil en muchas ocasiones y fuerte siempre que no queda remedio?
La llave del coche hace click, por fin puedo liberarme del cinturón y de mis pensamientos

La casa es preciosa. Hemos alquilado un palacete del siglo XVI completamente reformado pero que conserva el encanto señorial de lo que fue hace siglos. Se encuentra apartada del centro del pueblo y se llega a través de un camino mal asfaltado y un poco recóndito si no conoces la zona. Cuando bajo del coche siento la magia, las hojas de los árboles se balancean dándonos la bienvenida, se inclinan ante nuestra presencia con respeto, desperezándose en un baile tímido, para deshacerse de las gotas de agua caídas del cielo gris. Soy yo la que siento la necesidad de hacer una reverencia ante esa naturaleza indómita que rodea la casa. Respiro hondo, mis pulmones sienten el frío húmedo que entra por mi nariz y acaba cosquilleando todos mis órganos internos. Sólo abro mis ojos cuando Mina se encarga de recordarme que sigue atrapada en su jaula de oro porque ni siquiera soy capaz de escuchar el trajín de la silla de ruedas de la señora Paquita al sacarla del coche, ni las riñas de María para Melina por no colaborar, y cuando siento el aliento caliente de Oriol en mi nuca, que se acerca disimuladamente a mí, besándome con prisa y con el cosquilleo de sus labios me devuelve al momento presente.
Sigue nublado, llovió todo el camino. La tierra huele a tierra limpia y las piedras del palacio a la humedad de siglos  de historia mezclada con el aroma de un incienso dulce y cálido, como cálida es la estancia donde nos reciben los dueños y nos explican y enseñan las maravillas del lugar donde habitaremos  estos días. A menos de cien kilómetros de la escandalosa Barcelona, el universo se encarga de recordarnos que hay un cielo en la tierra. Pronto anochecerá y las estrellas vendrán a saludarnos aunque las nubes les restarán protagonismo. Ahora toca ubicarnos y situar todos nuestros enseres.
Una cena ligera, una chimenea que ilumina cada uno de los poros de nuestras caras, estamos cómodos. Mañana es Nochebuena
Mi  habitación está en la parte de arriba, muy cerquita de la de Oriol. Son espaciosas y muy luminosas. Las camas anchas con colchones gruesos, quizás un poco duros para hacernos recordar que la vida no es perfecta. Oriol y yo compartimos baño y como era de esperar, hemos dormido juntos pero no hemos hecho el amor, hasta ahora. Anoche se escapó a hurtadillas, como un niño travieso, de su cama y me rodeó con sus brazos fuertes para dormirme. Me despierta la poderosa luz que traspasa la ventana fría sin cortina, y el calor de sus manos acariciando mis pechos. Me giro y me encuentro con sus ojos azules implorando mi atención, como exige un bebé la ternura de una madre. Y no puedo resistirme, le beso y me dejo llevar por el deseo que siempre vive latente y renace en su presencia

Hemos salido a recibir a Cesc y a su familia a la puerta y la niebla que empieza a asomarse, cuando aún no son ni las cinco de la tarde, nos ha envuelto helándonos hasta el suspiro más íntimo. Mariona viene con buena cara, haciéndome errar mi apuesta, y a Gerard se le ha iluminado como un sol ardiente en cuanto ha visto la melena rizada de Melina. Pinta bien esta Nochebuena, distinta y fresca a muchas que forman parte de mi historia, aunque Cesc ha empezado a refunfuñar en cuanto ha visto a su abuela de pie recordando risueña aquella vez que bailó con Antonio Machín, simulando hacerlo de nuevo, mientras suena, al ritmo de las luces parpadeantes del árbol de Navidad que nos dejaron preparado, Dos gardenias para ti, en la voz de Ibrahim Ferrer. Una estupenda interpretación que deja un sabor dulce y nostálgico a esta tarde única y extraña.
-          Yaya, després et faran mal els genolls i plorarem….Fes el favor de seure a la cadira, yaya*. Le ordena Cesc intentando ser amoroso
Y le acerca la silla de ruedas cortándole el paso como un policía de tráfico amargado. Pero la Sra. Paquita lo ignora dándole la espalda y al tararear parsimoniosa la letra, “te adoro, mi vida, ponle toda tu atención que serán tu corazón y el mío” se le iluminan los ojos negros, ésos que la condenan a vivir en una eterna y maravillosa juventud, gesto que cabrea mucho más a Cesc que cogiendo la maleta como el niño que recoge trastos tras una regañina materna, sube por las escaleras sin decir nada más, apagado y tenso, seguido de Mariona que sonríe restándole importancia al mar humor de su marido, guiñando un ojo al aire
María, ya está en la cocina organizando todo lo que empezará a cocinar en breve, acompañada de Oriol. Ellos saben que detesto cocinar tanto como les quiero a ellos, por eso me liberan de ese peso
Melina baila vergonzosa con la Sra. Paquita a ritmo de bolero, mientras Gerard la mira de soslayo haciéndose el interesante, sentado en el sofá ojeando su móvil, al tiempo que el fuego de la chimenea disimula el calor interior que recorre su bello cuerpo de arriba a abajo. Mina se despereza de su sueño continuo mientras observa adormilada la escena con la desgana de quién presume saberlo todo.
Mi portátil parpadea llamando mi atención. La antigua mesa de comedor, vacía todavía, sostiene mi equipo solitario en una esquina majestuosamente tallada, pero yo prefiero seguir anotando a lápiz las ideas que pasan por mi
cabeza, para después incorporarlas a mi novela. Después, cuando sienta que ya no necesito vivir la vida, colocaré mis manos en su teclado usado, para volver a vivirla. Escribo mareada, con mis gafas casi en la punta de mi nariz: Y sin fuego ¿cómo prenden las ascuas impetuosas del amor? Invocaremos al viento, a gritos. Y continúo pensando, levantando la vista hacia el cielo y colocando mis gafas en su sitio, mientras escucho como Mariona me llama desde arriba

Poco antes de la cena ha llegado mi hermana con su pareja, Anaïs, seguida minutos después por la hermana de María, Manuella, que ha aterrizado glamurosa oliendo a fresas y saludando a todos cual princesa brasileña inventada, con su porte elegante y a la vez exótico y excitante desafiando a sus más de cincuenta años. Anaïs, sin embargo, es el polo opuesto. Es una argentina distinta, algo desgarbada y flaca. Parece una mujer tranquila y divertida que asimila con buen humor las excentricidades de mi desubicada hermana pequeña. Les doy mi bendición. Tenerlas juntas me pone contenta, hacía mucho que no coincidía con mi hermana en un evento de este calibre y me encanta verla feliz y aparentemente despreocupada junto a su nueva novia. Ojalá Anaïs sea capaz de sobrellevar el desasosiego crónico de su pareja.
Formamos una mesa de Nochebuena peculiar, mezcla de ingenuidad y experiencia, elegancia y gente corriente, pero nos respetamos con el esfuerzo natural y comprometido con el que se mueve el pez en su pecera, fluyendo sin escapatoria, y hablamos distendidos sin conversaciones transcendentes y dejándonos acompañar toda la velada con la música que le gusta a la Sra. Paquita, para hacerla brillar. Para ella es esta fiesta
Cercana ya a la media noche, suena Louis Amstrong, como una nana anestésica en su cabeza, And I think to myself, What a wonderful world, y Oriol y Cesc la acuestan devolviéndole con el gesto el cariño que han recibido de ella durante tantos años, y olvidando las diferencias que los convierten en niños mimados y arrogantes cuando les sale la vena de hermanos competitivos. Los chicos se han escapado con mi hermana y Anaïs a la piscina interior climatizada. Han hecho buenas migas ignorando la diferencia de edad. Mariona está recostada en un sillón apurando una última copa de cava, mientras presta atención al dibujo de la fastuosa silueta de Mina en contraposición con el fuego aún salvaje de la antigua chimenea. Y María, Manuella y yo apuramos un cigarro de marihuana entre risas sanas y tontas. Copas manchadas de carmín, algunas, vasos medio llenos de vino o de licor, ceniceros repletos, algún resto de dulce que ya nadie saboreará, inundan la mesa que hace horas vestía exquisita y perfecta. La partida de cartas terminó hace rato y en breve pulsaremos el botón de off apagando esta realidad y poniendo en marcha la de los sueños. La noche parece que termina bien propiciando el día de Navidad que deseamos. Los mayores nos retiramos prácticamente al unísono. Cesc y Mariona madrugan para marcharse de viaje cinco días a Florencia con unos amigos y los demás tenemos un mañana intensa para poner en marcha los preparatorios de la festiva comida

La luz del móvil me desvela, revelándome que son cerca de las tres de la madrugada. Me incorporo al oír varios golpes secos y voces nerviosas que provienen supuestamente de la habitación contigua. Oriol descansa al otro lado de mi cama, volvió a escaparse sin levantar sospechas y ahora duerme ajeno a los ruidos. Entreabro la puerta intentando pasar desapercibida y sin saber qué me encontraré al otro lado. De momento, vacío y un espacio de silencio. Salgo de puntillas sintiendo un ligero escalofrío por los hombros. La habitación de Cesc y Mariona está medio abierta y aparentemente a oscuras. Camino por el pasillo, alumbrándome con el móvil, y con un poco de miedo me fijo en la luz que sale por debajo de la puerta de uno de los lavabos de la planta. Al acercarme empiezo a distinguir las palabras de quienes están dentro. Algo cae al suelo, se oyen excitadas risas y jadeos. Tras unos segundos en los que sólo intento escuchar lo que pasa, alguien me habla y me toca la espalda haciendo que mi móvil caiga al suelo por el susto. Mariona está justo a mi lado. Silencio detrás de la puerta del baño. No, la noche no podía acabar bien. La portezuela chirría y se abre repartiendo la luz por todo el pasillo. Mariona enmudece y yo la acompaño, incrédula.

No son ni las ocho de la mañana y pongo la vieja cafetera en marcha a tope de agua. En cuanto he sentido el portazo de la antigua casona, me he levantado para desayunar y espabilar un poco. María no tarda ni un minuto en asomar tímidamente. A pesar de sus ojeras, la veo preciosa y con un brillo especial en la mirada.
-          Magalí, casi susurra
-          No digas nada y dímelo todo, la corto. La has liado parda y yo sin sospechar. Mis palabras son de entusiasmo, contra todo pronóstico
-          Tengo que levantar a la señora Paquita, me contesta ya un poco más relajada y dejando asomar media sonrisa
-          No, no, no. Déjala dormir un rato más. Suéltalo todo antes de que se levanten los demás
No ha acabado bien la noche, sin embargo, ha empezado algo maravilloso. La entropía no ha dejado de actuar y nosotros, en nuestra lucha por alcanzar un orden en nuestras vidas sólo contribuimos más a “caotizarla”, sometidos a su esencia, esclavos desesperados de ella, como hijos naturales de lo impredecible.




*Yaya, después te dolerán las rodillas y lloraremos...Haz el favor de sentarte en la silla, yaya.








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