Capítulo X. El cubo de Rubik





El agua está tan congelada que me hace estremecer cuando la rozo con mis dedos. Hemos parado a observar el curso del riachuelo y el brillo de sol, que queda reflejado en las piedras redondas y perfectas que delimitan la orilla, dibujando estrellas en su contorno. Las viejas bicis descansan cansadas un poco más atrás y Oriol aprovecha para rodearme la cintura por detrás y besarme delicadamente en la nuca, como si  tuviera entre manos a una pequeña y escurridiza muñeca de porcelana antigua y resquebradiza, de un valor incalculable. Me hace cosquillas con su frondoso bigote y con su barba pero es más poderoso el sonido enigmático de la naturaleza y continuo mirando embobada el solitario paisaje. Oriol sigue inquieto y enseguida se separa de mí recogiendo su bici del empapado camino. Minena, farem tard, me dice en un tono más exigente que amable. Y yo me giro hacia él obediente y despertando de ese encuentro inesperado conmigo misma. La vuelta no se hace pesada a pesar de la desagradable sensación de humedad y de que la única comunicación entre Oriol y yo es el mecánico sonido de las ruedas vacilantes ante el rugoso sendero

A pocos metros de la casa ya se escucha la música y reconocemos las risas inmaduras de Melina y Gerard que juguetean, como los críos que son, en el porche. Parece que la vida esté parada estos últimos días del año y solo recupero la conciencia de que sigue girando, cuando huelo desde la entrada la comida que María tiene casi preparada hace rato. Me reconcilio entonces con mi estado de ánimo y me digo a mí misma que cualquiera puede tener un día jodido, Oriol incluido.

La sra. Paquita está frente a la tele, hipnotizada con la ñoña voz de Marisol que canta entre lágrimas y ni contesta a mi saludo. María me mira guasona al levantar la vista de la revista que lee en la cocina mientras custodia la comida.
Me pregunta por Oriol mientras me acerco a ella para robarle un sorbo de su cerveza. Elegiste al hermano correcto, le digo enfadada. Anda boba, me contesta. Veremos cómo acaba la historia con éste. Esta mañana llamó a Gerard para confirmar que el 31 estarán en la cena. De los nervios es poco. No sé qué haré cuando vea aparecer a Mariona

Yo no me sorprendo. Ni de que sigan juntos ni de que vengan a la cena de fin de año como estaba previsto. En determinadas situaciones es más fácil vivir de las apariencias, pero vivir, dejando que el destino tome las decisiones en los momentos en que no somos capaces de resolver el cubo de rubik en el que convertimos nuestras vidas

La sobremesa transcurre demasiado tranquila y divertida. Incluso Oriol ha estado contando chistes y rozándome la pierna por debajo de la mesa, aun a riesgo de que en más de una y más de dos ocasiones la pierna acariciada haya sido la de su sobrino que ha disimulado, como buen heredero de su tío, su alegre cara de sorpresa. Me ha hecho reír a carcajadas. Bueno, quizás más el vino que sus bromas pero siento que he recuperado esa conexión tan fuerte que tenemos.
Mi hermana y Anaïs han vuelto a Barcelona después del café y la sra. Paquita está disfrutando  de su siesta, al igual que los “niños” que quizás han decidido imitarla porque han desaparecido

Manuella, María, Oriol y yo hemos decidido pegarnos un baño en la piscina. Fumamos y continuamos bebiendo mientras estamos en remojo como garbanzos tiernos en contacto con el agua. Desvariamos mientras miramos las estrellas y la luna que ha empezado a asomar iluminando vagamente las montañas enormes y enigmáticas, cuando las nubes lo permiten. Es una sensación magnifíca observar tras los cristales la naturaleza oscura que reflejamos en el cielo. El agua caliente y burbujeante, en contraste con los gintonics de color helado, y los roces de Oriol hacen que me sienta la mujer más afortunada del planeta.

Sin darnos cuenta nos encontramos solos, parte de las risas que hace nada poblaban la piscina climatizada ahora se han trasladado arrastradas por el viento a las habitaciones de la masía. Oriol y yo nos besamos, la luz artificial de la piscina pinta nuestros cuerpos de un azul cielo brillante y majestuoso. Siento escalofríos como el día que sus manos rozaron mi espalda por primera vez empapados nuestros labios en dulce vino carmesí y mi cuerpo se abre preparado para recibir.
Minena, tenemos que hablar, me dice Oriol mientras separa su boca de la mía, levantando mi barbilla con su mano en un gesto cariñoso. Oriol, le digo, acercándome de nuevo a sus labios, a la vez que éstos me rechazan incrementando la distancia. Sin darme opción, me dice: Me marcho a Madrid. Pongo fin a la excedencia y el único lugar en el que pueden reubicarme ahora mismo es allí. Ahora el escalofrío se convierte en temblor, algo dentro de mí me sacude, me espabila, me devuelve a la vida como el bofetón mal dado del padre autoritario cuando menos te lo esperas, pillándote fuera de juego. Me aparto furiosa de su lado sentándome en el borde de la piscina sin mediar palabra. Oriol se sienta junto a mí y su calor me reconforta. Con su largo pelo mojado cosquillea mi hombro desnudo intentando hacerme reír, mientras yo admiro quieta y con la paciencia previa al estallido, los vaivenes de la luna que aparece y desapare tras las nubes tintadas de dolor. Así ha sido Oriol desde que lo conozco, una luna agazapada entre sombra y sombra esperando el momento para brillar y hacerse visible cuando mis ojos lo extrañaban. Sé que fuera ruge el viento en consonancia y solidario con mi respiración. Reprimo mi llanto pero mi rabia sale y no lo entiendo. Cómo puedo reprocharle que sea libre cuando la libertad ha sido la moneda de cambio de nuestra relación
  
Mi cama es incómoda esta noche. A oscuras, concentrada en el portátil, intento escribir algo para combatir mi insomnio y mi rabia, Mi alma baila el tango de la desesperación junto a la soledad, escribo.
Pero se me ha roto algo dentro y no consigo llenar el vacío que deja Oriol en la almohada. Decido levantarme para ir a buscarlo, negarme su compañía no ha sido buena idea . No quiero estar jodida y la única forma de evitarlo es teniéndolo a mi lado cuando puedo.
Me abre la puerta de su cuarto y sin pensarlo me agarra la cintura y mirándome fíjamente  me besa con la pasión de un adolescente. No me deja hablar, me lleva hasta su cama y allí tumbados como niños ingenuos hacemos el amor hasta que los ojos pican y las pieles nos huelen y nos duelen. No tiene por qué cambiar nada, minena. El puente aereo no es un problema e intentaré venir a ver a la yaya con la misma asiduidad como hasta ahora. Además, es temporal, optaré de nuevo en cuanto salga una plaza en El Prat. Con su voz pegada a mis oidos y sus caricias en mi pelo me duermo por fin tranquila y confiada

El sol se adueña tímidamente de la oscuridad, parece que toda su energía se concentra en la luz parpadeante de mi móvil que dejé tirado con desdén a los pies de la cama de Oriol. Éste duerme mientras yo leo todos los mensajes recibidos de Fernan, que ha estado intentando contactar conmigo desde las cuatro de la madrugada. Recojo mi ropa con la torpeza silenciosa del ladrón recién desvirgado y tras una ducha exprés conduzco somnolienta hasta el único hostal que hay en el pueblo, Fernan está allí. Una especie de desaliento y alegria gobierna mi corazón. Es 31 de diciembre



Tomamos un café y unas tostadas en el bar del hostal tras un largo abrazo y un cohibido beso por lo inesperado del encuentro. El frío se ha adueñado de mi interior y necesito más café y la caricia continua de sus grandes manos cálidas sobre las mías. Fernan lleva dos días solo en Barcelona. Su mujer y sus hijas se marcharon a Huesca para celebrar con la familia de ella el año nuevo, con amenaza incluida. Si no iba con ellas la relación estaba finiquitada. Anoche, desesperado ya, cogió el coche para venir a verme y contármelo todo.

Pasamos la mañana juntos. Su habitación es tan pulcra como limpios sus ojos aunque a mí el frío me ha calado tanto el alma que la inquietud  me impide estar relajada y disfrutar de esa mirada traducida, ahora sí, en largos y también consternados besos

María está avisada. Un plato más para la comida y la cena, pero también con una condición: depende de cómo reaccione la sra. Paquita podrá quedarse o no. Creo que lo entiende pero en su cara también brilla la decepción

Cómo está Oriol, le pregunto por whatsapp a María. Ni Fernan ni Oriol saben de la relación que me une a ellos y menos de mis sentimientos hacia ambos. Tranquilo, ahora que sabe dónde estás, me contesta. No vengas tarde y aprovecha para comprar todo lo que dijimos ayer que faltaba. Necesito que me eches un cable, Magalí. Tranqui María, que en un rato estoy ahí contigo. El día promete para todos, le contesto

El día promete para todos. Se cierra un ciclo y adivino cuál es la nueva puerta que se abrirá, de entre todas las posibles, sin que ninguno haya accionado su pomo voluntariamente sino forzándolo con la resistencia que provoca la novedad


Melina y Oriol recogen la cocina sin rechistar y los adultos apuramos las copas con intenso licor al lado de la chimenea. Suena La vie en rose, cantada por Zaz. La cena está en el horno y muchos de los canapés ya preparados en la nevera.
Han llegado hace un rato Ricard con varios de sus mejores amigos y de Oriol. Tonia y Patricia con su pareja, Gabi y los hijos de ambos, Martina y Guillem y el revoltoso Srek. Decidimos esperar a Francesc y Mariona en la piscina. La Sra Paquita, descansa en su cama, tras haberse pasado toda la comida con una sonrisa nostálgica en los labios observando a Fernan
No hay tensión, ni agobios, a pesar de ser tantos ya y tan diferentes.
Oriol ha querido besarme de soslayo, para no llamar la atención de todos y para llamar, en exclusiva, la de alguien. Fernan observa todas las jugadas desde la distancia. No conoce el juego explícitamente pero intuye quiénes son los únicos participantes de la tirada. Y yo, me mantengo serena cantando la única canción que se sabe mi corazón, mientras la tararea uno de los muchos altavoces que hay por toda la casa

¿Qué más le puedo pedir a la vida? A pocas horas de que comience un nuevo año, un grupo de amigos nos bañamos en dulce agua templada dentro de una cucada de piscina climatizada decorada como si de un baño romano se tratase. Bebiendo y hablando con personas a las que amo y actuando como si el único mundo que existiera fuera el de las estrellas que nos observan en secreto y nos custodian tras la cúpula de cristal, protectora de los míticos terrores que nos grabaron en la infancia y de los miedos insulsos que posiblemente nos quitan el sueño en estos momentos
Mina maúlla. Sonarán las doce dentro de poco más de cuatro horas y decidimos ponernos manos a la obra para prepararnos y organizar la mesa con todos los detalles que harán que la noche sea, para siempre, especial

Escuchamos las campanadas por la radio, que transmiten desde la Torre Agbar de Barcelona, imaginándola preciosa y llena de armoniosas luces, aunque en casa las únicas que alumbran el salón son las de las velas que hemos colocado por todos los rincones de la estancia y las pequeñas lámparas de papel que sólo adornan sin apenas resplandecer. Entre risas ahogadas en uvas nos dejamos llevar, mientras fuera el sonido de una ligera lluvia nos acompaña. Enfrente de mí Oriol. A su lado y a mi izquierda, Fernan. Un estremecimiento recorre mi espalda, de la misma forma que a veces el aliento de Yolanda Ivanova consigue reanimarme. Con la última campanada cierro los ojos y pido un deseo y con escasos 2 segundos corridos del recién nacido, vislumbro mi copa de cava que ya choca ruidosa con el resto, mientras nos felicitamos unos con otros entre besos bañados en alcohol, ésos que aunque traicionen siempre dicen la verdad


Me despiertan algunos gritos alegres en el pasillo y los ladridos del grandullón Srek, al unísono con la vieja cafetera que chirría quejosa enfrentándose a la llama tenue del sol de enero. No reconozco mi cama, ni está Mina examinando mi estado y juzgando mis decisiones con su altiva estampa de sabiduría. Llega una ligera melodía desde la cocina que, mezclándose con el olor a café, hace que reconozca que mi despertar es real y no parte de un sueño. Como en un puzzle inmenso, las piezas están tan desperdigadas por mi alma en este momento que siento que recuperar las más valiosas y colocarlas en el lugar que defina la perfección, es tarea hoy imposible
Él observa la montaña nevada, a través del remojado ventanal en forma de pequeñas gotitas de pura agua, vestido con un grueso jersey de lana azul oscuro y unos tejanos ajustados en un tono más claro, mientras deja caer distraído la ceniza de su cigarro en el oscuro y gastado parqué, rozando sus bonitos pies desnudos. Su pelo mojado desprende un sabroso aroma que penetra hasta en el último rincón de la olvidada buhardilla. Como adivinando que he vuelto a la vida se gira contento hacia mí, dejando que pueda observar los hoyuelos de su morena tez y sus labios carnosos y atractivamente agrietados por el invierno. No te importa ¿verdad, princesa?, me dice señalándome el cigarro casi caduco entre sus dedos. Apartando el enredado pelo de mi cara e incorporándome para sentarme entre los grandes almohadones miro su boca sin hablar a la vez que dejo, en lugar de apartarme, que un débil rayo de luz ponga al descubierto mi ya inexistente maquillaje y refleje el color miel de mis ojos en los ojos de Ricard, mientras el silencio entre los dos solo es consentidamente invadido por la música

El sol se fue y yo cantando tu canción, la soledad se adueña de toda emoción.......Perdóname si el miedo robó mi ilusión....





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