Capítulo XI Pero ¿y si duele?


Pero ¿y si duele?


Yolanda me despertó al poco de dormirme. No dijo nada, sólo señaló mi portátil y continuó observando la calle mojada desde la ventana  del balcón. Sentí esa bocanada de aire frío que se instala en mi espalda cuando tengo miedo y que se queda clavada entre mis costillas con la misma sensación que deja el cristal roto ensangrentado, insertado en el apagado cuerpo de aquél que muere en el marchito suelo de un puerto sin nombre ni ubicación. Fernan duerme a mi lado ignorante y plácido, tapado hasta las orejas. Me acerco a él y me acurruco a su lado pidiendo prestado su calor con el abrazo y contemplo la luz parpadeante del pc y el vago recuerdo del perfil de Yolanda mirando el infinito
Me desperezo y pongo la tetera en marcha con toda sutileza posible para no despertar el vacío que reina a las cuatro de la madrugada. En mi gmail un único correo sin leer desde las doce de la noche
“Añoro al mar como te añoro a ti
Pero siento la agresión de la traición resonando en todos los movimientos de mi corazón
El dolo se transformó en dolor
Resentimiento, rechazo, rabia
Con una letra se cambia todo, como un segundo cambia este instante
Muéstrate sin egoísmo
El silencio se ha apropiado de todas las emociones que despertabas en mí y no me deja volver a sentirte
A pesar de todo
Y por todo
Siento ausencia de ti”

Me acomodo con el té en la vieja butaca mientras busco desesperada ver a Oriol en línea en el whatsapp, un mensaje reciente, una sonrisa dulce en forma de emoticono. Pero, nada. Mina se ha hecho un hueco entre mis muslos y dormita a mi lado saltándose todas sus reglas de independencia.
Ausencia de ti, escribo en mi Samsung Notes y releo su email tantas veces que desespero, hasta quedarme dormida como el bebé que transmuta el shock de nacer en calma al sentir la caricia de la madre.

“Mi hermosa Yolanda, estas son las últimas palabras que te escribo antes de volver a vernos, aunque sé que no las leerás. Por lo menos todavía. Aquí son las 2 de la madrugada y mi mujer y mis hijos duermen. Hoy he tenido un día jodido entre familia y trabajo, pero estoy feliz porque por fin he podido cerrar el trato con mis antiguos “socios”, lo que significa que ya dispondré del dinero suficiente para que estemos juntos. Te dije que te tendría, que nos tendríamos el uno al otro, costase lo que costase. Es cuestión de horas el que nos abracemos de nuevo
Mis últimos días en Barcelona fueron terribles, aunque tú no lo sepas. La angustia todavía recorre mi pecho al recordarlo. Jamás imaginé que fuera tan duro amar a alguien, amarte a ti. Pero valdrá la pena. De hecho todo vale la pena desde que apareciste
Quiero que sepas, que desaparecí para salvarnos. Pero sólo el tiempo justo para reunir todo lo necesario y poder saldar la deuda que contraje con El Rojo. No fue buena idea liberarte de ese mal parido mediante el juego y la estafa y el alcohol
A pesar de todo, no me arrepiento de nada. Ni de las decisiones pasadas ni de las venideras. Volvería a dejarme pegar una y mil veces aun sabiendo que con ello podría perder la vida, pero no a ti. Hipotecar a mi familia, mis negocios y mi status no significa nada en comparación con el amor y el deseo de tenerte cada noche entre mis sábanas
No puedo vivir sin ti, Yolanda
En breve estaré a tu lado. Mi familia se conforma con quedarse en Buenos Aires y retomar sus vidas de antaño. Esto duele pero nada que ver con el sufrimiento que me provoca tener ausencia de ti. No ver tus ojos, ni oler tu pelo, ni explorar tu sexo nunca más
Y si amanece por fin, espérame. Te quiero, amada mía
Jairo Daniel Pekarovich”

Me despiertan los interminables lamentos de Mina en la cocina y la música lejana de algún vecino nostálgico “Amado mío, love me forever and let forever, begin tonight. Amado mío, when we´re together, I´m in a dream world, of sweet delight”. Estoy desorientada y todavía retumban en mi cabeza las palabras de Jairo Daniel. Unas palabras que yo leía y a veces escribía en un frágil papel y que parecían familiares para mí, en ese sueño espeso de oscuridad y sollozos.  Mi móvil en el suelo. Una manta delgada cubre mi dolorido cuerpo en el sillón, señal, junto con mi cama vacía bañada por el sol, que Fernan hace mucho que me besó y se marchó para el bar. Son casi las doce del mediodía
Mina no tiene comida, ni agua y refunfuña con razón. Pero yo me miro en el espejo y la riño pidiendo que me deje un momento más para entender. Mis ojeras no dicen nada bueno y la tez de mi cara me invita a reflexionar, pero yo me olvido pronto de mi aspecto y sólo pienso en la carta, en las cartas del sueño.
En ausencia de ti, en ausencia de ti. La cantinela se repite en mi cabeza mientras a la vez la voz de María me llama y golpea la puerta sin parar. Magalí, magalí, abre la puerta ¿Estás bien?
Cuando le abro ni siquiera la saludo. Parece asustada y sé que me habla pero no la escucho. María, llevo toda la noche soñando. Con Yolanda, con Jairo. Él le escribía cartas, no sé cuándo ni por qué, pero esas cartas existen. María ya no se asombra de mis rarezas y conoce a Yolanda como si fuera una vecina más de la casa por lo que, aunque no me ve en mi mejor momento, se tranquiliza e ignora mi palabrería y empieza a pegarme su pequeña bronca diaria de que tengo que cuidarme, comer, dormir, salir a la calle y bla, bla, bla y mientras me regaña, va recogiendo la ropa del suelo, acaricia a Mina, le cambia su agua y repone su comida, pone una cafetera. ¿Te apetecen unas tostadas? ¡Magalí! ¿Te apetecen unas tostadas? Me dice un poco enfadada. María, ayúdame a mover la cama. Ni se inmuta y se acerca sin vacilar para ayudarme con el peso. Con el espacio vacío, ando entre las baldosas, pisando con fuerza una por una. Necesito barrer por aquí, pienso, mientras continuo observando y testeando hasta que doy con la que parece que flojea. María no me hace ni caso, sigue con su retahíla de reproches como si estuviera hablando con su hija Melina, mientras prepara mi desayuno-vermú-comida y recoge los platos. Me estorba en la cocina mientras busco algo lo suficientemente fuerte para que me haga de palanca en la baldosa. Con la espátula de hierro y un poco de paciencia me dedico a presionarla, no tengo otra cosa. Y justo antes de que María pierda los nervios por mi indiferencia, voilà, la baldosa cede y un enorme hueco se presenta ante mis ojos en forma de caja mágica.
Son casi las cuatro de la tarde y María se marcha de casa. Me ha dejado comida, duchada y relajada por lo que, por fin, se va confiada sin dramas brasileños. Hemos leído juntas un total de doce cartas que estaban casi impolutas en sus respectivos sobres, escritas por Jairo Daniel. Junto a las cartas, alguna tarjeta de visita, recortes de prensa argentina, fotografías de sus hijos y muchas de Yolanda, tanto de joven en Kiev como de su época en Barcelona ya con Jairo y además, una especie de diario escrito casi hasta las últimas páginas por Yolanda, no sabemos si en ruso o ucraniano.
Duermo una intensa siesta y sobre las seis de la tarde salgo a dar un largo paseo por el mar. Lo necesitaba aunque no lo supiera. Andando entre la gente y sumida en mis pensamientos, con toda la información que dispongo ahora en mi cabeza llego casi hasta el bar de Fernan pero doy media vuelta y regreso ya agotada. Son casi las ocho. Fernan me ha escrito. Es viernes y cerrará tarde. Me dice que prefiere pasar la noche en casa de Martín. Siento alivio. Desde que se separó pasa más noches conmigo que con su amigo, quien supuestamente le ha alquilado una de sus habitaciones. Decido llamarlo. Es la primera vez que hablamos en todo el día. Ni un minuto, el bar está a tope y hay mucho ruido de fondo. También en nuestros corazones. Que pases una buena noche, le digo. Tú también, me contesta algo triste.

Apago el móvil insatisfecha ante su incapacidad por materializar mis deseos y lo siento como lo que es, un inútil y desagradable estorbo sin sentimientos
Y escribo, escribo, escribo. No hay tormenta mental que me impida teclear y vomitar todo lo que me cuentan mis sueños y esas cartas de amor y de desesperanza, mientras en la penumbra de la sala, su mirada en mi espalda, siento como el aliento de Yolanda me reconforta. Y la describo risueña, sentada en su sillón con sus gafas de pasta y su eterna e impermeable tristeza




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