Capítulo XII Siempre hay un corazón que rescatar

Siempre hay un corazón que rescatar








Me agarraba fuertemente la mano y sólo la soltaba al contar hasta tres, y corríamos sin una meta clara riendo a carcajadas cuando me alcanzaba y me hacía cosquillas con su barbilla al apretarme firme contra él. Entonces nos sentábamos exhaustos en el primer banco vacío que veíamos del parque, sacábamos las pipas y comíamos en silencio mientras observábamos a la gente pasar. Me encantaba cuando me guiñaba un ojo y seguía destripando con sus dientes la salada cáscara. De vez en cuando nos acompañaba mi hermana y entonces el silencio se convertía en cháchara con alguna historia mágica de las que ella se inventaba para sorprender a mi abuelo. Pero casi siempre íbamos solos. A esas horas de la tarde el lugar era un trajín continuo de pasos rápidos, madres con niños llorones y estudiantes adolescentes y escandalosos. Nosotros sólo mirábamos ese ir y venir de la vida sin más pretensión que la de pasar el rato justo antes de la cena. Cuando terminábamos nuestro paquete, mi abuelo miraba su reloj plateado, que resaltaba con su piel morena y decía: es hora de irnos. Tocaba su pierna mala, como si con ese gesto la pusiese a punto y consiguiese aliviar la molestia o el leve dolor que le ocasionaba la rodilla y volvía a darme la mano. Sentía su contacto, intenso, cálido y me hacía creer que era el niño más seguro, más grande y más fuerte del planeta.
La única vez que vi llorar a Pepe fue una tarde de inmenso calor, anuncio de un verano inminente. Recuerdo que me había comprado un enorme cucurucho con el que yo me peleaba para que no se derritiera y me empapara de dulce. Mi abuelo devoraba su cigarro y fijaba su mirada en un punto perdido en su cabeza. Aquella mujer alta y morena que pasaba casi cada tarde con dos niños más o menos de mi edad se cruzó agarrada de un despampanante tipo, quizás un poco más joven que ella. Ahora entiendo todo. Y Fernan hace una breve pausa, traga saliva y disimula como puede el amago de lloro que aparece en sus ojos. ¿Quieres una cerveza? Me pregunta. Y yo afirmo con la cabeza aunque él ya me ignora. Se sienta en la cama y se pone sus boxers. Durante unos segundos permanece dándome la espalda. No decimos nada ninguno de los dos y se incorpora para salir a la cocina. Yo me mantengo desnuda apoyada en la almohada, ninguna tela, ni la sábana, protege mi piel. Giro mi cabeza y observo como el aire que entra por la ventana hace mover la cortina en un armónico y romántico baile, dejando entrever el cielo azul cada tres segundos. En la calle se escuchan las voces de la chiquillada, el ruido del tráfico y algún valiente pájaro que se resiste a abandonar la ciudad, quizás porque sus alas están atrapadas en una claustrofóbica e injusta jaula.
Fernan me ofrece la bebida. Está tan fría que el primer sorbo me sienta de maravilla. Se ha quedado apoyado en el marco de la puerta. En una mano su botella y en la otra un pitillo recién liado. Nos admiramos fijamente. Me gusta estar desnuda ante él. Entonces, le digo continuando la conversación, esa mujer del parque es Paquita. Terminando su trago asiente contundente. Sí, ahora lo tengo y lo veo claro. Recuerdo esa tarde como si fuese hoy. Mi abuelo pisoteó su colilla. Se levantó nervioso del banco y por un momento imaginé que se echaría encima de la pareja como un loco, pero me miró con mucha pena y me alargó su mano como de costumbre. Fernando, me dijo con una voz temblorosa y desconocida para mí, nos vamos. Subiendo la cuesta que nos llevaba a casa de mis abuelos empezó a flaquear. Se paraba cada tanto mirándome con ese punto de dulzura que casi siempre escondía a los demás, y apretaba su rodilla y su pecho con sus ya ancianas manos dejando visible su debilidad. Yo me había separado e iba unos pasos detrás de él. Al alcanzarlo le toqué la pierna con cariño. Abuelo ¿qué te pasa?-Todavía siento su caricia en  la mejilla- Nada, Fernando. Y retomó el paso dejándome de nuevo atrás a pesar de su ligera cojera. Mi abuela nos abrió la puerta y al vernos le cambió la cara. Pepe se abalanzó a su cuello con toda desesperación y sin permitir que se moviera comenzó a llorar abrazado a ella como el niño que quizás no le dejaron ser. Un día más tarde sufrió su segundo infarto. A pesar de que se recuperó rápido, siempre fue fuerte como un toro, y al decir esto se le abre una sonrisa en la cara que me vuelve a enamorar, ya nunca le abandonó ese punto de amargura en su expresión. Dejó de ofrecerme su risa contagiosa y las collejas cariñosas que me daba como muestra de respeto hacia mí. Años después, todas las veces que volví a pasar por el parque, iba solo en mi rutina diaria al instituto. Nunca pensé en Paquita, ajeno a todo lo que significaba ese lugar, sin embargo recorrerlo cada día me encogía sin saberlo el corazón
No conocí a Pepe el Romano, ni siquiera Fernan me ha enseñado nunca una fotografía, pero ahora que miro a su nieto apoyado en ese marco viejo y mal pintado, en esa minúscula habitación de un piso al que le falta algo de color y magia, me hago una idea de lo atractivo que tuvo que ser. Imagino sus gestos en los de Fernan, la luz de su piel tostada. Ese pelo negro y desordenado cayendo por los lados. Fernan es fuerte. Observo su bello cuerpo aún joven, pronto cumplirá cuarenta y cinco, y esas pequeñas arrugas que el trabajo y el sol han marcado en su frente. Acabo de hacer el amor con un hombre muy guapo de mirada profunda y salvaje que disimula su sensibilidad. He visto muchas mujeres en el bar coquetear con él mientras sus sexos se excitan y se abren como flores sedientas de sol ¿Qué me está alejando de él? Cuando acuna mi cabeza entre sus varoniles brazos y su sexo empuja suave pero enérgico el mío, suelo contemplar sus grandes ojos hipnotizada y mordisqueo sus labios implorándole más. Grito por dentro que no acabe nunca el momento y el deseo que siento es tan poderoso que abrasa. Fernan es la primera y la última llama de la hoguera. La que miras maravillada pero inquieta por su belleza cuando prende y la que pretendes que nunca se apague cuando todo lo demás queda ya en ascuas. Creo que jamás un hombre ha apartado el pelo de mi cara con tanta dulzura a la vez que controla la poderosa embestida de su sexo para no lastimar. Es como el niño torpe que te derriba en un ataque cuando solo quiere jugar. Y te habla y te contempla con ese brillo probablemente infinito, mientras bebes la cerveza incapaz de aguantar su presencia animal y evitar caer al vacío que desprende su presencia.

Cuando mi abuelo tuvo que dejar el bar le quedó una pequeña pensión. Mi abuela trabajaba como una jabata, incansable. Todavía lo es, una luchadora nata. La única batalla que no ha conseguido ganar es el amor de Pepe. Mi abuelo la quería, lo sé, pero también sé ahora que Paquita no tenía rival. Mi abuela lo toleraba y lo ha aceptado siempre. Tiene un rostro duro pero un corazón abierto de par en par. Cantaba siempre, ya no lo hace, era su forma de no rebelarse y reconciliarse con la vida que le había tocado. Qué será, será....será lo que habrá de ser, el futuro te hará saber, qué será, será. Y Fernan se sonroja mientras tararea esa canción que tantas veces escuchó en la radio y en la voz de su abuela.
Recuerdo que mi abuelo me obligaba a traerle las zapatillas cuando volvíamos de la calle y me decía, no estorbes a la yaya, cuando ella se levantaba de la máquina de coser para prepararme un vaso de leche y empezar a preparar la cena para mis tíos, que entraban y salían de casa a su antojo y lo único positivo que aportaban era parte de su sueldo. Mi hermana se entretenía con su colacao interminable y su barbie de imitación, inventando escenas increíbles para una niña de su edad y fastidiaba el descanso de mi abuelo que abatido en el desgastado sillón, veía una y otra vez películas de John Wayne en un cascado reproductor de vídeo de segunda mano que le habían regalado sus hijos, deseando que el tiempo se parara y se le permitiera rebobinarlo hacia atrás. Ahora me acuerdo de una de sus frases favoritas. Cuando me veía angustiado por cualquier motivo, me decía que si alguna vez la vida se ponía fea no desistiera de vivir, porque siempre hay un corazón que rescatar.Y Fernan se pone solemne queriendo imitar a su abuelo, mientras prosigue. Y ya con la cena lista en la mesa, el timbre de abajo sonaba rabioso y a los minutos mi padre nos recogía esperando apoyado en su nuevo Ford. Pocas veces subía a ver a sus padres, como pocas veces ha venido a ver a mi hermana y a mí desde que se marchó al pueblo.
Te estoy aburriendo ¿verdad? Me dice entre guasón y melancólico mientras cierra la puerta de la habitación con una pierna y deja su botella vacía en la mesita, ahogando el tabaco en el cenicero. Para nada Fernan, le contesto con mi mejor sonrisa, y él roba la cerveza que sostengo, dejándola caer al suelo y me besa, todo su cuerpo recogiendo el mío en una expresión de ternura inesperada.
Nos enredamos de nuevo, caricia tras caricia, gemido tras suspiro, sentados en el austero catre, uno frente al otro. Al poco, pero sin urgencia, su sexo se mueve dentro de mí en un rítmico ciclo de deseo, instante y pausa entre besos hambrientos, con un ligero deje a amargo alcohol

La portezuela del lavabo está abierta al igual que la mampara. Las gotas de agua recorren mi cuerpo engullendo los grumos de espuma que el jabón dibuja con gracia. Fernan me observa recostado en la puerta con un nuevo pitillo entre sus labios. Me encanta tener su atención y aunque tímida, mis manos acarician mi cuerpo en comunión con la lluvia que me baña y salpica el suelo sin compasión. Le doy la espalda y entonces sigo el juego imaginando como se enciende de nuevo su necesidad de mí
El pelo deja de ser castaño para ser negro. La mujer de la ducha ha ganado unos centímetros. Estamos en plena posguerra. Paquita se gira y abre su boca como si quisiera beberse el mundo mientras su cabello empapado huele a manzana y cubre sus mejillas cayendo por sus hombros. Pepe el Romano aparta el canuto de sus labios y se acerca a la pequeña bañera de un blanco algo oxidado  saboreando los pechos de esa mujer a la que anhela con locura cada tarde de su contradictoria vida. Ella ríe a carcajadas y se deja tocar mientras su corazón vuelve a latir a mil por hora. Los ojos oscuros de Pepe el Romano se clavan en los suyos haciéndola enmudecer de placer al tiempo que sus manos rozan su cara y cuello mojados, sus labios continúan entreabiertos deseosos de ser comidos a bocados. Los roces bajan hasta el ombligo dejando como protagonista a los tentadores escalofríos. Pero Paquita aparta dulcemente la cara de Pepe. Ha dejado a su bebé de dos años a la espera, en los brazos de la niñera con la excusa de necesarios recados
Cuando abro mis ojos es Fernan quien lame enamorado el centro de mi abdomen, a la vez que me acerca la toalla que impedirá una nueva explosión de desordenado capricho
La luz de la farola entra en la habitación ya oscura y el fresco me atrapa al ir a cerrar la ventana. Fernan charla en el comedor con Martín que acaba de llegar de trabajar. He traído pizzas Magalí, me grita con su acento uruguayo, como si estuviera a kilómetros. Yo salgo a la sala con la camiseta prestada que huele a madera y a naranja y que casi no deja ver la estrecha minifalda y disimula mis pechos liberados del cruel sostén.
El vino está rico, y acabamos la botella. Es domingo y aunque han querido agasajarme, he preferido complacerles yo y en la tele nos cuentan que el equipo empató en casa después de los grandes paradones del portero rival. Yo apoyo mi cabeza, ya rendida, en el pecho de Fernan, y subo los pies desnudos al sofá, lo que hace que Martín se coloque pegadito a la esquina para que no lo roce. Y parece que la nostalgia de la tarde se disipa al oler el pelo de Fernan y sintiendo su respiración mezclada con sus voces, me abandono al sueño insistiendo en creer que quizás esto es lo que quiero ser

© Noelia Terrón


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