De espaldas al mar. Capítulo XIII "Una vez más"




El despacho es demasiado frío. El blanco lo empalaga todo y la ausencia de color en paredes o estanterías ensombrece un lugar donde se supone que la creatividad tiene que ser el leitmotiv. En contraste con esta presentación en exceso minimalista, Bea y Quim se comportan como si me conocieran de toda la vida y me hablan entusiasmados de todas las tareas que tendré que realizar a partir de ahora. No es una entrevista de trabajo al uso, me contratan aún sin conocerme sólo porque vengo recomendada por Ricard y casi hablan más ellos que yo, cosa que agradezco infinitamente pues mi noche ha sido de todo menos plácida. Mi ángel Ricard me salva del desorden de mi vida, es el ancla que evita cualquier naufragio en lo profesional, aunque en lo personal su personaje como extra condiciona el estado del barco en el que navegamos, restando protagonismo al que hoy siento como actor principal.
El nuevo trabajo me permitirá seguir teniendo autonomía y tiempo, aunque mucho menos que ahora, para continuar con mi novela. La oficina la pisaré una vez por semana o dos, como mucho, y ganaré experiencia y confianza como escritora porque a partir de ahora me dedicaré a realizar informes para esta cada vez más reconocida editorial. Empezaré con los relatos y novelas que se presentan a sus muchos concursos literarios y me encargaré de esta rama de su editorial coordinando y supervisando todo los proyectos por desarrollar. Alguna vez está previsto algún viaje con motivo de alguna feria o presentación, pero mi vida cambiará posiblemente poco en ese sentido y mucho en mi experiencia como lectora y escritora. Siento que despliego mis alas. Mis manos sellan el pacto con las manos de Bea y Quim y empiezo a volar.

Ricard no puede venir hoy a la cena a la que quiero invitarle para agradecerle lo que ha hecho para ayudarme a conseguir este trabajo,  pero me promete venir a tomar unas copas tanto si salgo a celebrarlo con mi gente como si quiero compartir el momento sólo con él. Quedamos en que le vuelvo a llamar para confirmar qué hacemos esta noche
María tampoco puede salir y Fernan cerrará tarde el bar, así que quedamos en vernos en casa pasada medianoche y compartir una copa y una sábana suave enredada en las piernas. Mejor así, sin ruidos. Con Ricard ya quedaré en otro momento. Cojo el metro con la intención de bajar dos paradas antes de casa para pasear y beberme el sol del mediodía y parar en la mini pizzería de mi amiga Berta para recoger una pequeña porción de piadina que llevarme a la boca antes de descansar.  Me distraigo observando a la gente que viaja conmigo en el desangelado vagón, inventando sus vidas, igual que todavía hoy hago con la mía. Mi estómago empieza a dar guerra y al mirar el móvil veo que no son ni las dos. Las puertas del metro vuelven a cerrarse en su rutinaria tarea y al levantar la vista, con su ropa de trabajo vieja y su pelo apagado me sorprende la sonrisa de Martín que me mira tan fijamente que siento como si pudiera leer mi pensamiento, y me sonrojo a la vez que nos acercamos para besarnos, alegres de la coincidencia

La vida no se cansa de sorprenderme. Mi corazón late inquieto tras subir cuatro pisos casi sin tregua, después ya de varios minutos de haber llegado al piso compartido con Fernan. La anticuada cocina huele a mandarina y a la salsa de tomate que Martín está calentando para los macarrones. Mientras se hervía la pasta, ha mojado sus despeinados cabellos por el polvo de la obra, y el agua de la ducha le ha devuelto el brillo y la vida a su morena piel. El diminuto comedor está lleno de fotografías de Colonia y del Río de la Plata y artesanías de su ciudad que ahora ya exhibe en las vitrinas como delicados recuerdos. Las imágenes me transportan a esas calles empedradas y añejas por donde camino distraída entre sus casas bajas, y el colorido de sus bares y farolas me atraen inspirándome historias mientras ruedo por esos paisajes por mí desconocidos.
En un rincón, el bajo de Martín esperando ser tocado y sobre la mesa, facturas por abrir y abiertas, navegando entre los vasos del desayuno de la mañana. Martín no me deja que le ayude ni a poner la mesa. Su torso está desnudo y no puedo evitar fijarme en su espectacular cuerpo, modelado por su trabajo tan físico. Su pelo es castaño, al igual que sus ojos. Una casi imperceptible cicatriz recorre parte de su frente hasta su ceja derecha. Él va haciendo ligero y con gracia, vestido sólo con el tejano, sus pies huérfanos de zapatos, firmes en el desgastado e insípido terrazo, y de vez en cuando, levanta la vista y me sonríe mientras continua contándome su día en Barcelona, su vida en Barcelona y la enorme nostalgia que siente de su tierra.
No añoro mi ración de pizza artesanal ni el silencio de mi casa durante la sobremesa. Estoy descubriendo a un tipo interesante del que sólo conocía su parte más superficial, además de a un excelente cocinero. El café lo regamos con whisky y ya empiezo a sentir ese vacío interno que hace que me separe de mi cuerpo, de manera que es otra y no yo la que actúa en la función. Consigo aparcar la máscara, olvidarla en un rincón de la sala y brota ese ser tan eterno como efímero que manifiesta lo que hay verdaderamente en mí. Martín hace que me sienta feliz y cómoda, atractiva y me olvido de excusas para huir de alguien como él, que ya luce una camiseta del Peñarol y me castiga sin las vistas de su perfecto torso. Nuestros pies estirados a lo largo de la mesita de centro se miran, pero no se tocan. Ya no me preocupa el volver a casa para ponerme guapa y para alimentar mi soledad.

Martín toca el bajo para mí, de fondo Angel of Death de Thin Lizzy para acompañarlo. Me gusta ver cómo siente la música porque me recuerda a mí cuando las palabras fluyen y pueblan mi página en blanco. Sin embargo le digo que mi oído es demasiado virgen y que me apetece escuchar algo más pausado para acostumbrarme. Durante unos segundos lo observo de espaldas mientras busca ese ritmo tranquilo que le estoy pidiendo. Mi mente recorre su cuerpo sin ropa a través de la imaginación. Su textura es suave y fuerte a la vez. Huelo su espalda y la siento cálida, como toda su presencia

I think I'll  fall to piecesIf I don't find something else to doThis sadness never ceasesI'm still in love with you

Se gira y me extiende el brazo. Venga, me dice. No! Contesto entre tímida y sorprendida. Y se acerca tanto a mí que su mano agarra ya la mía con toda la energía que fluye por sus poros, de manera que conectan imposible de separarse. Me levanto avergonzada y él me agarra la cintura divertido pero serio a la vez. Me abraza tan fuerte que su carne y la mía se atraen como poderosos y potentes imanes

You know some people out there are saying time has a way of healingIt can dry all the tears from your eyesBut darling, they don´t tell you about this empty feelingYou know I can't disguise it

Mi cabeza queda a la altura de su corazón y escucho sus latidos siguiendo el dulce vaivén de los latidos del mío. Percibo el calor que desprende todo su ser y que me hace estremecer y cerrando los ojos deseo que esta sensación no acabe nunca

Still in love with you….. La música va cogiendo fuerza, bajo, guitarra, batería alcanzan protagonismo y poco a poco nos separamos sin dejar de tocarnos ni de sentirnos electrizados con el tacto de nuestros dedos, mirándonos como si en realidad estuviéramos enamorados

¿Qué hacemos ahora? Creo que debería ir a casa a despejarme, hemos bebido un poco- Medio sonrío- y a ducharme mientras llega Fernan, le digo alejándome sin saber a qué lugar mirar. Podemos hacer otro café si te apetece o dormir la siestaAquí puedes ducharte y después bajamos a picar algo y a hacer tiempo mientras él llega, me replica. ¿Y salir con la misma ropa? Perderé mi gran encanto si no me pongo guapa, bromeo. Martín vuelve a acercarse, sigue sonando una guitarra lejana por algún altavoz de la casa, repitiendo la misma canción. No quiero que te vayas. Me pongo muy nerviosa, me siento pequeña con su cercanía. Consigue romper esa barrera que siempre construyo para no caer en situaciones de las que luego puedo arrepentirme. Nunca lo imaginé ni percibí tan hermoso, aunque algo sospechaba interiormente. Y aquí estoy yo, como una adolescente tímida e insegura ante su primera vez. Su mano atrae mi cuello hacia él. Me abandono

Oooooh, darling, darling, darling, darling, darling

A pesar de estar ya muy cansada aquí estoy, riendo, empapada en sudor. Ricard y Francesca están en la apelotonada barra intentando pedir otra copa. A Fernan hace rato que le perdí de vista. En la pista abarrotada bailamos Martín y yo conectando nuestros cuerpos con la música que brillaba hace casi veinte años. Suena One more time y saltamos recordando la locura juvenil de hace tanto. Francesca discute con Ricard y sale encabronada e irascible de la sala. Desde su ángulo, Ricard observa nuestros perfiles, desdibujados e imprecisos entre los de tanta gente, ignorando las últimas palabras de su acompañante esta noche. Nosotros dejamos de movernos, petrificando en varios instantes nuestras siluetas y asumiendo impasibles los roces y empujones de los que pierden el control junto al alcohol y la música. Nuestros ojos no pueden parar de mirarse, es algo animal e irracional lo que nos atrae. Por el otro lado de la sala se abre paso Fernan entre luces y sombra. Cuando consigue distinguirnos y sentirnos, a pesar de lo estruendoso del momento, para en seco para intentar entender. Pero no pierde el tiempo, ni el juego. Se acerca por detrás de mí y agarra con fuerza mi cintura mientras roza con sus labios mi cuello mojado, mirando desafiante pero tranquilo el rostro de Martín que es rodeado por mis brazos, sellando su cuello. Él también me agarra y sus brazos rozan los de Fernan. Me besa en los labios y un fuego se prende en mis entrañas, mientras mi mano viaja acariciando el pelo de Fernan, ordenándole que siga allí. Me empapo de ellos, no quiero que me abandonen

Son casi las seis de la mañana y el rostro adormilado de Oriol asoma la cabeza del taxi que lo trae del aeropuerto. Con los pies en tierra mira hacia arriba. Observando los balcones enciende un cigarrillo, aspirando enérgico a la vez que despide al aburrido taxista.
El ascensor rompe el silencio de la noche y me ha despertado pero no puedo moverme. Fernan y Martín descansan desnudos protegiéndome de las esquinas y los vacíos de la vida. Permanezco espectante escuchando el recorrido de la vieja máquina. Se para en el ático. Oigo cómo se despliegan sus puertas y un llavero se remueve probablemente en un bolsillo. Deshago los nudos que me atan a mis amantes, mientras la ausencia de ruido vuelve a ser la protagonista.
Oriol se acerca a mi puerta, lo intuyo, y durante unos segundos la toca con toda su palma abierta, pero no se atreve a golpearla, sólo se apoya y siente. Camina, dándole la espalda al espacio que ocupo y las llaves penetran sin remordimiento en la cerradura del piso de su abuela. Su puerta se abre y se cierra solemne entre la oscuridad. Mi puerta recibe mi presencia, escucho entre su dura madera intentando percibir algún sonido que me lleve hasta Oriol. Por la mirilla sólo me llega oscuridad. Mi espalda desnuda se apoya en su impactante frialdad y me dejo caer en el suelo tan derrotada como asustada. Una vez más




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