Capítulo XIV "Uno más uno nunca es demasiado"


De espaldas al mar.  Uno más uno nunca es demasiado



La habitación está muy sombría, a pesar de que la persiana está prácticamente abierta. Enciendo la luz y observo, mientras respiro profundamente, cerrando los ojos sin saber por qué. Pasado y presente. Su cachimba, su Play, sus numerosos libros, vinilos y CDs colocados al azar en extraña armonía. Lo imagino como un adolescente entre ingenuo y chulesco, luciendo sus pelos de estética punk o quizás desaliñados, colocando discos desordenados en la anticuada estantería. Su viejo tocadiscos está impoluto. Toda su adolescencia limpia, gracias al trabajo que realiza María. Sé que la casa de su abuela es el refugio perfecto para sus noches oscuras y los atardeceres imperfectos de su madurez. Todo huele a él, o eso me parece. Recojo los enseres que me han pedido y conduzco hasta el hospital escuchando la radio sin oír nada. María  y Cesc custodian la habitación de la Sra. Paquita que sigue convaleciente y muy débil después de la operación a corazón abierto que le realizaron ayer de emergencia. No tiene buen pronóstico y estamos todos destrozados

Al final del largo pasillo, desinfectado e impersonal del moderno hospital, descubro la figura de Oriol hablando con María. No por previsible su presencia evito que mi corazón se descoloque y se descuelgue haciendo que sienta el peso de su forma en la planta de mis pies, que tiemblan acompañando a mis piernas.
Oriol dejó de hablarme la mañana de año nuevo en la que descubrió que su querido amigo, Ricard, también se perdía en el abismo rozándome la piel. Lo toleraba todo, me dijo, pero nunca el compartirme con su mejor amigo. Ni si quiera se despidió de nosotros la madrugada que se trasladó a Madrid. Lo último que supe a través de él fue por aquel email que me escribió hace ya. Hasta hoy.
Se gira al adivinar mi presencia, y yo avanzo torpe como una autómata enamorada sin dejar de mirarle fíjamente. María entra en la habitación sin mediar palabra, dejándonos solos. Oriol ni se lo piensa y me abraza tan fuerte que siento como arrastra de nuevo mi corazón a su lugar, activando su latido y conectándolo con el dolor del suyo, mientras llora como aquél que acabo de dejar en su ya lejana y eterna habitación

No pasan los minutos en la noche triste. Oriol se desnuda con lentitud suplicando que me quede sin decir nada, mientras miro sus movimientos apoyada en la fría pared estucada. De nuevo su habitación como escenario de nuestra historia. Sus cosas nos observan y dirigen sus pasos cautelosos pero firmes hacia mí, que le ofrezco mi boca y mi lengua con tanto deseo que se me desprenden, desdoblándome y convirtiéndome en la mujer que quiero ser, mientras la otra vigila inquieta con los ojos de la decadencia. Me toca, me besa, me hace daño con sus dientes y siento su rabia e impotencia, su añoranza de mí. Me castiga de cara a la pared apartando la melena de mi cuello, que muerde y lame con urgencia animal. Y no aguanta más. Con dificultad pero implacable deja caer, a la altura de mis tobillos, mis tejanos y arranca con toda su furia mi tanga, enrojeciendo la parte izquierda de mis caderas. Siento su sexo duro, sin piedad y sin aviso dentro de mí. Me estremece ese dolor que me provoca. Su simple presencia desencaja mis cinco sentidos y mis pezones reclaman enajenados su caricia tibia. Pronto todo se transforma en la carga sobre mis hombros que proyecta su vacío y que hago mío.

Amanecemos juntos en la cama. Dejamos de dormir a pesar de que todavía no ha abierto los ojos el sol y escuchamos a nuestros pulmones respirar roncos y cansados. Él me rodea con su abrazo. La hinchazón de mis ojos me recuerda que, tal vez, sólo tal vez, nos lamentamos y lastimamos al unísono.
Ninguna noticia del hospital. Oriol se viste tranquilo tras la ducha. Desayunamos juntos en mi casa, entre el olor de los cigarrillos y el humo del café que revolotea despertándonos a fondo, mientras Mina coquetea sin freno con sus piernas reclamando su atención. Y callado conduce mi coche todo el trayecto hasta el hospital. Cuando aparcamos, me coge la mano y la acerca a sus labios, oliéndola como si fuera una rosa con gotas de rocío, recién cortada. Ven aquí, minena, me dice con una sonrisa sincera. Y con la inercia que arrastra su voz, me acerco dulcemente y llena de melancolía. Nos besamos tan conscientes de lo que sentimos que ahora sí es necesario el silencio para zanjar lo evidente. Cruzamos la puerta del imponente ascensor agarrados, ignorantes del resto de pasajeros y deseando, cómplices, que Paquita haya despertado de ese sueño opaco por el que está viajando




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