31 mayo 2020

Aquella tarde


Sabíamos que igual no íbamos a tener más oportunidades. Como que era tiempo de tenerlas todas. Corrimos entre las piedras uno detrás de otro, siendo conscientes que podríamos caer. Lo intuíamos. La caída estaba en nuestros planes, como lo está el ser felices y nunca conseguirlo.
Paramos cerca del acantilado buscando un hueco dónde ubicar nuestros cuerpos para formar parte de un paisaje que no nos pertenecería nunca, que nos rechazaba por perecederos, como el ave ignora al que no tiene alas. Ella recostó su cabeza en mi ya prominente barriga de cincuentón. Entre mis piernas parecía una sirena pequeña y dorada por el sol. No hablamos de nada, nos comunicamos con el fuerte viento que conducía perplejo nuestras emociones. Sólo veíamos azul entre nubes espesas que pasaban. Nuestras cabezas imaginaban el mar brotando del oscuro vacío, alimentando con su rugir suicida las ideas del desesperado, del que quiere ser roca empapada por la sal infinita, ésa que escuece la herida que te arrancan. Cayeron las primeras gotas rotundas mientras acariciaba su pelo. Apretó mi mano con dulzura. Parece que va a llover fuerte, dijo. Y se incorporó acercando su cara a mi mejilla. Sólo con el roce me electrificó y con la ayuda de la irrespetuosa lluvia, todo en mí se estremeció. Ya un torrente empapaba nuestra piel de verano, su pelo encrespado se pegaba a sus pómulos blancos. Y comenzamos a reír como dos locos que han abandonado su cansado peso en el desierto ingrato ante la inesperada fuente. Nos incorporamos ayudándonos con la fuerza de nuestras risas tontas. Y volvimos a correr hasta la casa. Tropezando, agarrados por el abrazo del gigante, que dispara nuestros pasos con un impulso inhumano. El suelo del pasillo se empapó. Andamos descalzos como el furtivo inocente que no quiere ser descubierto. Ve tú a la ducha, no cojas frío, me dijo con una sonrisa sabia. Yo iré a recoger la ropa de la terraza. No escuchó mi invitación a quedarse para compartir el abrazo de otro agua más amable.
A su regreso, yo ya estaba seco y reconfortado. Se desnudó ante mí, fría y casi temblorosa. Únicamente quería admirarla. Escuché correr el agua y la canción que cantaba desde su alma. Esperé paciente. Y tapé su silueta con mi toalla enorme y vieja, al tiempo que ella recogía su pelo con aquélla que compramos una tarde de hacía poco, de mercadillo y vinos. Ella sujetó mi cara entre sus manos y me besó. Volvió a quedarse desnuda, todavía húmeda. La aupé con mis fornidos brazos entre risas y frases que no oía. Cedió también la toalla que secaba su rizado cabello, quedando inerte a las puertas de la habitación. La dejé con cuidado en la cama y la observé sin mediar palabra. El silencio lo decía todo, además de las miradas, que brillaban tanto como su pelo húmedo.
Deseo ese cuerpo. Era el único pensamiento que flotaba en mi cabeza. Mis manos dejaron caer el calzoncillo, apartándolo con desprecio. Me acosté sobre ella. Mi metro noventa ocultaba su pequeño cuerpo de mujer imperfecta. Ella abrió sus piernas de forma natural, como la flor que quiere compartir su néctar. Sin rechistar, aceptando la embestida. Sus labios mojados, hinchados por la excitación, favorecieron el empuje y un baile jamás ensayado acopló el ritmo de nuestros sexos. Nos besamos todo el rato hasta que no pudimos más y liberamos nuestras bocas para el gemido sano y extenuado. Me recosté a su lado. Nuestras respiraciones seguían acompasadas. Ella unió nuestras manos. El cielo que nos acogía era blanco.
El ventilador de techo sobraba. Nos arropamos a la vez con la sábana, divertidos y alegres. Mordisqueé su hombro ligeramente tostado y continuamos mirando hacia la nada. Nos durmió el sonido hipnótico de las hélices de desgastada madera junto con el plácido caer de la lluvia después de la tormenta.

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